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De Carlos Pérez Soto
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II. Para una crítica del poder burocrático

1. Introducción

Me importa en esta sección enunciar un conjunto de tesis en torno a los grandes cambios sociales ocurridos en la segunda mitad del siglo XX. Enunciar, enumerar, enfatizar, la mayor parte de las veces de manera polémica, para presentar con el conjunto una postura definida para la discusión. Me interesa más proponer que probar o documentar. Espero del conjunto una visión de trazos gruesos coherente, que pueda ser discutida, que pueda ser respaldada formulando fundamentos adecuados, más que los detalles, las precisiones empíricas, los datos puntuales. Un marco de referencia desde el cual proceder a investigaciones concretas, más que el resultado de investigaciones ya hechas y acabadas. Un marco para trazar los lineamientos de la acción política, más que un tratado de Sociología. Ideas para avanzar, más que para detenerse en las meras ideas.


La convicción metodológica previa es que un conjunto incompleto, pero sugerente, de ideas puede contribuir a discutir más eficazmente que un conjunto de conclusiones que se presentan como probadas. Una teoría imperfecta que permite pensar es preferible a una teoría que se detiene en buscar su perfección antes de abrirse a las discusiones posibles. Un riesgo, en suma, que sólo se puede justificar si es cierto que contiene las ideas sugerentes que pretende, o si es cierto que se pueden seguir de aquí las discusiones que se buscan.


Los tres grandes aspectos, difícilmente separables, que me importa desarrollar son: a) la crítica de la realidad de las sociedades que se llamaron socialistas; b) una estimación de la dirección del desarrollo general del capitalismo tardío, tecnológicamente avanzado; y c) la postulación, como marco explicativo de estas evaluaciones, de la emergencia de un poder de clase de nuevo tipo, el dominio burocrático.


En cada una de estas series de tesis ya estoy operando desde el marco teórico al que he llamado tanto un marxismo ortodoxo, como un marxismo de nuevo tipo, dependiendo de la polémica en que se quiera incluir este intento. Pero sólo en la sección III, que sigue, explicitaré los principios que podrían considerarse sus fundamentos. Al poner las cosas en este orden lo que me importa es presentar primero los argumentos que se prestan más directa y políticamente a la discusión, y sólo en segundo término la discusión, mucho más erudita, de los fundamentos de los que se seguirían.


Como es obvio, esta opción busca poner siempre primero la política, que es el verdadero objetivo de todo este texto, que la discusión académica.


Las dos grandes tesis que recorren todas estas estimaciones son: a) que las sociedades socialistas y las sociedades capitalistas del siglo XX son, a pesar de sus visibles diferencias políticas, regímenes estructuralmente del mismo tipo, dos variantes políticas de la misma sociedad industrial; b) que en virtud de su esencial congruencia estructural derivan ambas, por diferentes vías políticas, a una misma sociedad de nuevo tipo, la sociedad burocrática.


La consecuencia más importante de estas tesis es que para comprender el desarrollo de la sociedad contemporánea en sus dimensiones más profundas es necesario ir más allá de la consciencia de sus propios actores, desde una perspectiva que de cuenta no sólo de su situación, sino también de la relación entre esas consciencias empíricas y la situación profunda desde la que se constituyen.


En el caso del marxismo estas tesis son particularmente delicadas porque implican algo que las vanguardias marxistas del siglo XX difícilmente podrían aceptar: la posibilidad de una consciencia revolucionaria enajenada, es decir, una iniciativa histórica cuya consciencia de sí no corresponde al significado histórico real de su acción. Y esto es, justamente, lo que postulo sobre la consciencia revolucionaria marxista que dirigió los procesos de industrialización forzosa que se llamaron socialismos.


Pero, por otro lado, esta tesis de la esencial congruencia entre estos sistemas, formalmente distintos desde un punto de vista político, implica que la emergencia del poder burocrático no está solamente, ni siquiera principalmente, representada por la evolución política de la dictadura soviética. A diferencia de la crítica trotskista clásica, me interesa sostener que la burocracia soviética antes, y rusa ahora, no es ni el modelo, ni siquiera el mejor ejemplo, de poder burocrático.


Esto significa que quiero criticar el poder burocrático no sólo como manera de salvar al marxismo de las muchas críticas que se han hecho contra el socialismo real sino, sobre todo, como manera de abordar la situación del mundo industrial tecnológicamente avanzado. Lo que me interesa defender primariamente no es que los soviéticos eran unos burócratas, aunque lo fueran, sino que el capitalismo avanzado, en virtud de su propia lógica interna, ha devenido en una sociedad burocrática.


Respecto de la experiencia soviética me importa, desde un punto de vista político, defender básicamente dos ideas. Una es que se trató de una sociedad de clases en que se constituyó un conflicto antagónico, - y no simplemente “no antagónico”, como pretendía la ideología oficial, - que sólo podía tener salida de manera revolucionaria. La otra es que la caída de esos sistemas políticos no puede ser considerada ni una revolución, en sentido marxista, ni un triunfo del capitalismo, sino el cambio de una lógica burocrática nacional y de baja tecnología a otra transnacional y de alta tecnología.


El criterio general, por cierto, que ya he formulado, es que es más relevante la preocupación por el futuro posible que los interminables, y ya a estas alturas algo masoquistas, ajustes de cuentas con el pasado culpable.


2. El socialismo real

A pesar de todo, ¡cómo no!, es necesario decir aún algo sobre el estalinismo, ya que, como marxistas, hemos caído en la trampa liberal de aceptar como demostrado que todo marxismo posible conducirá a un régimen totalitario.


Aunque a estas alturas sea obvio, aún es necesario reiterar que la esencia del estalinismo no puede estar en un hombre, ni en una doctrina, ni en un sistema de gestión - como el sistema de “orden y mando” - , ni en un conjunto de errores políticos o ideológicos. No puede ser ya interpretado como una locura de Stalin o una desviación de la jerarquía partidaria de esa época. No puede sostenerse ya una explicación que se mueva en el marco de las voluntades y de las consciencias, en el marco de responsabilidades personales que, aunque sea legítimo desde un punto de vista jurídico, no es riguroso invocar como explicaciones históricas. Los análisis centrados en estos factores son todos, aunque describan la situación con fidelidad, pre marxistas. Para el marxismo el estalinismo debe ser explicado materialmente, es decir, desde las relaciones sociales que lo hicieron posible y efectivo. Desde luego es extraña una lógica para la cual el estalinismo fue un error. Eso significaría que la realidad se equivoca, mientras la teoría permanece intacta, a pesar de haber sido distorsionada en la práctica por la grosería de actores políticos poco hábiles. Aún en el caso de que quisiéramos presentarlo como un error lo interesante sería qué explicaciones damos acerca de por qué ese error fue posible, más que el hecho mismo de que lo sea.


Sostengo que la esencia del estalinismo es ser la consciencia y la práctica política de un proceso de industrialización forzada dirigido por una vanguardia burocrática revolucionaria. El totalitarismo político, dirigido especialmente en contra del voluntarismo utopista de los viejos bolcheviques, estuvo relacionado con el intento de obtener la disciplina social necesaria para la industrialización forzosa. El totalitarismo ideológico correspondiente estuvo relacionado con el esfuerzo de modernizar la consciencia de un pueblo campesino.


En la mayor parte de los países que llegaron al socialismo, que provenían de sociedades atrasadas o dependientes, la lógica de la revolución industrial se impuso con extraordinaria violencia. El peso equivalente a 300 años de desgracias en el capitalismo se dejó caer, por la imposición del voluntarismo revolucionario, sobre un par de generaciones. En realidad la violencia que implica una revolución industrial forzada tiene un componente físico de exterminio, destrucción de medios de producción, miseria general, como lo que se vivió en la colectivización forzada del campo en la URSS entre 1929 y 1932. Sin embargo, un proceso de esta especie sólo es posible en el marco, además, de una enorme violencia política e ideológica. En la historia del capitalismo nunca se resalta suficientemente la violencia de lo que con cierta elegancia maligna se llama "acumulación primitiva del capital", que no es sino el brutal exterminio de la población pre hispánica en América, la miseria obrera europea de los siglos 18 y 19, la violencia política de las guerras en que se expresan las crisis mundiales del capital. La lejanía, en el espacio o en el tiempo, la abundancia presente, que permite mirar con buena voluntad el pasado, o la simple mala fe teórica, contribuyen eficientemente a ocultar los profundos dramas que TODO proceso de industrialización implica en la consciencia y la vida cotidiana de la gente común. En la construcción del socialismo esa violencia se llamó estalinismo.


Este fue el modo en que se logró llevar gigantescos contingentes humanos desde el atraso semifeudal a la modernidad. La violencia política, ejercida, como lo muestra la reconstrucción histórica, en su mayor parte contra el propio Partido dirigente, buscó y logró apartar a la vanguardia bolchevique del utopismo consejista que predicó la construcción inmediata de la democracia y las libertades comunistas, para concentrarla en las tareas inmediatas y eminentemente pragmáticas del desarrollo de las fuerzas productivas y la defensa ante la amenaza exterior. Las purgas masivas en la URSS en los años 30 y las censuras masivas en los años 50 tienen en este contenido una similitud extraordinaria con las largas y fatigosas luchas que la burocracia pragmática del estilo de Deng Tsiao Ping sostuvo en China contra el consejismo maoísta, y se repiten con diversas variantes, por los mismos motivos, en la mayor parte de los países que vivieron el socialismo.


La violencia extrema del proceso de industrialización estalinista es simplemente análoga a la violencia extrema de los procesos de industrialización en general, en Inglaterra, en Francia, en Japón, pero comprimiendo explícita y racionalmente en cincuenta años lo que la burguesía hizo al azar en trescientos años. El sujeto revolucionario de este proceso fue la vanguardia burocrática, no el conjunto del pueblo, que padeció más bien como objeto, como actor empujado, víctima y beneficiario a la vez.


Considerado históricamente, y de manera más cercana, en el principal de esos procesos, el de la URSS, es necesario reconocer que el carácter "forzado" del proceso de industrialización obedeció a una necesidad estructural. La sociedad rusa de 1917 muestra ya todos los signos de lo que en América Latina hemos aprendido a reconocer como dependencia. La situación rusa muestra estos signos no sólo en la estructura de la producción interna, en el atraso tecnológico, en el modo en que se inserta en el mercado mundial, en la importancia del capital extranjero y de los pequeños productores. La dependencia se expresa también en la falta de una ética generalizada de la productividad, en la falta de los niveles culturales adecuados a la gran producción moderna, en el gran sistema de pequeños privilegios que caracterizan la vida cotidiana de una sociedad dependiente, en la multitud de reivindicaciones locales que dificultan la racionalidad del conjunto.


Es necesario reconocer que las políticas de la NEP fracasaron por problemas internos, no sólo por el desvío de la voluntad. Los pequeños productores se opusieron a la racionalidad del plan central. Los productores agrícolas se opusieron al privilegio de la industrialización, a la primacía de la ciudad sobre el campo. Fue extraordinariamente difícil regular simultáneamente el crecimiento de las ciudades, los nuevos patrones de consumo, la industrialización del campo. Los grupos locales de presión reaccionaron de formas muy diferentes a las iniciativas de la centralización.


Es necesario reconocer también que la totalización de la vida política y cultural empezó en 1918, no en 1930; con Lenin, no con Stalin. La totalización afectó directamente no a la derecha, ya derrotada durante la guerra civil, y que, por lo demás, nunca tuvo un desarrollo realmente amplio en una sociedad que empezó a tener una vida política activa sólo unos 12 años antes de la revolución. Afectó, más bien, a la izquierda. A los eseristas y anarquistas, en primer lugar, a los bolcheviques de izquierda luego y, por último, al grueso del mismo Partido bolchevique.


En los primeros años el Proletkult, denigrado hoy, por unos y por otros, tuvo un programa consistente y ambicioso de creación de una cultura nueva, de creación del "hombre nuevo", de ruptura revolucionaria con el pasado. La "oposición obrera", dentro del mismo Partido bolchevique defendió un programa de efectiva democratización de la gestión económica, política y cultural. En contra de estas tendencias, en contra de su falta de realismo, se impuso el pragmatismo de los grandes constructores de la revolución real: Lenin, Bujarín, Stalin. Es contra ese utopismo, y sobre la base del fracaso efectivo de las políticas de la NEP, que el conjunto de la dirección partidaria que realmente estaba al frente de la producción empezó el giro hacia la marcha forzada en lo económico y hacia la totalización en lo político. En este giro la industrialización tuvo el sentido de buscar la base material sin la que cualquier sueño revolucionario era imposible.


La colectivización forzada fue vista como manera de garantizar la eficacia que la base cultural y los intereses locales dificultaban. La centralización fue vista como la manera de asegurar el crecimiento racional del conjunto. La totalización política tuvo el significado de asegurar una dirección "de confianza" para cada aspecto del proceso. La imposición totalitaria del materialismo dialéctico a través de la educación, los medios de comunicación, la vida partidaria, ha tenido el significado de llevar a la consciencia campesina a la lógica de la modernidad. El materialismo dialéctico fue el medio por el cual la racionalidad científica fue implantada en el curso de unas pocas generaciones en cerca de un tercio de la población mundial: una revolución cultural sin paralelo en la historia humana.


El estalinismo triunfó. Ganó la guerra civil, industrializó el país, ganó la Segunda Guerra Mundial, reconstruyó e incrementó la industrialización, convirtió a la URSS, en unas pocas décadas en una potencia mundial. Fue un camino de desarrollo dramático, como todos, pero consistente. Operó sobre el nacionalismo ideológico, (que muy pronto reemplazó a los temas clásicos de la cultura revolucionaria de los bolcheviques), operó sobre el materialismo dialéctico como ideología cienticista y modernizante, sobre el centralismo democrático como mecanismo de legitimación interna del poder, sobre la identificación Estado-Partido y la totalización de la vida política, cultural, económica y civil. Operó sobre la centralización económica forzada y extrema: Y TRIUNFO. Toda crítica al estalinismo debe hacerse cargo de esta doble verdad: su éxito y su arraigo en las necesidades estructurales de la construcción del socialismo.


Aunque políticamente pueda parecer preferible, no es un buen criterio teórico juzgar al estalinismo desde el marco de un ideal que no se habría cumplido. Esta crítica puede y debe aplicarse como un motor de la voluntad política hacia el futuro, pero no contribuye a entender el pasado. En lugar de facilitar el estudio de la realidad lo llena de nuestras frustraciones, y tendemos a buscar responsables personales en quienes descargar nuestro ánimo crítico, nuestro deseo de rectificar, olvidando los procesos estructurales que podrían permitirnos conocer mejor para transformar con mayor eficacia. En el estalinismo no hay una esencia traicionada, ese es simplemente el socialismo, el que realmente existió, el único que la humanidad ha sido capaz de construir.


Si consideramos la línea general del razonamiento de Marx, el capitalismo, al universalizar auténticamente la producción y al llevar al grado extremo la contradicción entre explotados y explotadores se convierte, potencialmente, en la última sociedad de clases en la historia humana. Marx diagnostica que bajo el capitalismo se logrará la completa articulación del mercado mundial, la total interdependencia, en la abundancia, entre los productores, que hará insoportable la contradicción entre los que ejercen el trabajo y los que los dominan y usufructúan de el. Es desde esta completa articulación, y desde la abundancia que Marx considera posible la revolución que traerá el comunismo.


Hoy estas condiciones que el análisis original de Marx pone para el comunismo son extraordinariamente relevantes. El punto es que justamente NO son esas las condiciones que han formado el marco de la construcción del socialismo. Es en esa diferencia donde, contra la idea del propio Marx de que el socialismo es una simple etapa previa de crecimiento de las fuerzas productivas, es posible empezar a pensar en el verdadero carácter de las sociedades que se han construido en su nombre. Es perfectamente pensable que la "pre historia" de la humanidad conozca un par de vueltas más antes de conseguir terminar con las contradicciones de clase. Este es un hecho que debe verificarse en la realidad. La simple voluntad revolucionaria no es suficiente para garantizarlo.


Por eso es necesario, para volver a ponernos en contacto con la realidad, distinguir entre socialismo y socialización.


Socialismo es un concepto lleno de valores: igualdad, justicia, gobierno del pueblo, vanguardia obrera. Socialización es el proceso objetivo, independiente de la voluntad revolucionaria, por el que la Sociedad Industrial deviene en Sociedad Burocrática, ya sea por la vía del desarrollo interior del capitalismo avanzado, o por la vía de la enajenación de la voluntad bolchevique.


El socialismo real siempre fue una sociedad de clases: la burocracia dominó y usufructuó de la División Social del Trabajo. La propiedad social, el centralismo democrático, el materialismo dialéctico son expresiones (no causas) legitimadoras y homogenizadoras (y también encubridoras) de ese dominio, en los planos jurídico, político e ideológico.


Hoy no hay, nunca hubo, sociedades socialistas. Sí hay, en cambio, socialización y poder burocrático. Esto sólo puede llamarse enajenación: creíamos que podíamos inaugurar la época de construcción de la libertad; lo que se ha conseguido, en cambio, es construir de manera eficaz una nueva forma de dominio. Se ha conseguido de manera eficaz y brutal lo que la sociedad burguesa ha conseguido de manera aún más brutal pero difusa.


El estalinismo fue un camino de desarrollo completamente exitoso en su propia lógica. Este éxito es muy visible hasta mediados de los años 60. Pero en los años 60 y 70 en los países capitalistas ocurre un gran salto en la base técnica del capital que los países socialistas son incapaces de reproducir. Es respecto de ese salto que el socialismo entra en crisis, la que, por cierto, es agravada por los costos internos acumulados.


La crisis del socialismo real obedece y sigue las mismas características que las grandes crisis capitalistas. Es necesario, sin embargo, distinguir entre "crisis cíclicas" y "crisis históricas". Las crisis cíclicas descritas por Marx sólo se cumplen en el capitalismo industrial ideal, al que la sociedad capitalista se aproximó en el siglo XIX. Antes la protección, y después la regulación, estatales, pudieron compensarlas, y hacer viable la gestión social en general. Las crisis históricas tienen que ver con los procesos de recambio global en la base técnica del capital, y su mecanismo tiene que ver con la relación entre la dinámica económica del capital y las formas políticas e ideológicas en que se institucionaliza. No ocurren en la "base económica", como las primeras, sino en el conjunto de la formación social. Son, en el sentido del Prólogo de 1859, revoluciones estructurales.


La caída del socialismo real fue una crisis histórica, una revolución, en este último sentido. Y el que lo sea muestra hasta qué punto las sociedades socializadas y las sociedades capitalistas obedecieron siempre a una lógica global común.


Hay una razón filosófica profunda para llamar "históricas" a estas crisis. Es el hecho de que en ellas aparece el carácter de la burguesía como sujeto histórico. Es decir, los modos y razones de fondo por las que ocurren no son expresión de leyes naturales de ningún tipo, no son expresión de alguna forma natural de la condición humana. Las leyes que rigen estas revoluciones son leyes históricas en el sentido de que expresan un modo de la subjetividad humana, que es expresión de un modo peculiar de producir la vida. En la realidad y modalidad de sus revoluciones la burguesía aparece como sujeto histórico, por mucho que la enajenación la haga aparecer como objeto de ciertas leyes naturales.


Esto es importante porque el mecanismo de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, descrito por Marx en 1859, puede ser relativizado históricamente. Resulta característico de las formas del trabajo humano que se dan en la sociedad moderna. En las sociedades tradicionales el desarrollo "ciego" y espontáneo de las fuerzas productivas "arrastró" lenta y penosamente a la forma de las relaciones sociales. En la sociedad burocrática asistimos a los primeros intentos explícitos en la historia humana de "arrastrar" el desarrollo de las fuerzas productivas desde un impulso consciente en las formas de relación social. En la sociedad moderna capitalista clásica, en cambio, asistimos a la contradicción "ciega", espontánea, entre la consciencia ya ganada para las fuerzas productivas y la espontaneidad de las relaciones sociales, que se ven aún como dominadas por la naturaleza.


En el "salvajismo" naturalista de la libertad burguesa, y en el "terror" totalitario de la regulación burocrática, dos sujetos históricos expresan sus características, que no son sino las de sus respectivos modos de auto producirse. El catastrofismo llamativo y estridente del desarrollo económico burgués, y la eficacia asfixiante del desarrollismo burocrático, son también dos modos de esta diferencia.


El "socialismo real", un intento burocrático ligado a formas de industrialización hoy superadas, ha caído bajo la ofensiva del dinamismo burgués. La ironía de estos tiempos, sin embargo, es que este salto revolucionario al viejo estilo burgués está internamente marcado por su derrota ante la regulación burocrática de nuevo tipo. Para decirlo clara y llanamente: no sólo los rusos han sido derrotados por los norteamericanos, también los norteamericanos han sido derrotados por los japoneses.


Agreguemos, sin embargo, que estas identificaciones nacionales son cada vez más extemporáneas. La globalización creciente de la regulación, y sus largas raíces históricas, hacen necesario que hablemos más bien de un estilo soviético de industrialización, que fue derrotado dentro y fuera de la Unión Soviética, cuestión que puede verse en la larga crisis de la industria inglesa, o en la quiebra masiva de las industrias tradicionales en USA. Frente a esto es cada vez más claro que puede hablarse de un estilo japonés de industrialización, que triunfa hoy dentro y fuera de Japón, como puede verse en las industrias de alta tecnología en USA, o en Alemania o, también, en las formas de industrialización periférica, dependiente y parasitaria, que ha aparecido en los nuevos "tigres" económicos del Tercer Mundo.


Cuando se quiere hacer una evaluación de las perspectivas de los socialismos, tal como se han dado realmente, o las de las posibles políticas socialistas que intenten de una u otra forma rescatarlos, es importante reconsiderar el significado de sus triunfos aparentes. El siglo XX, que empieza liberal, y supone que termina liberal es, en realidad, el siglo del socialismo. Resulta cada vez más notorio que los estatismos estalinistas y los estatismos keynesianos tienen mucho más en común, que lo que sus diferencias de estilo político podrían indicar. En uno y otro lado, el factor común hay que buscarlo, de manera ortodoxamente marxista, en las formas en que es dominada la división social del trabajo. La base común de ambos sistemas no es sino el poder burocrático, en su momento industrializador.


Desde un punto de vista político, las diferencias entre los socialismos marxistas y los socialismos socialdemócratas tampoco es decisiva. Bajo la fórmula de la propiedad social, o bajo las variadas fórmulas de limitación social de la propiedad, lo que se juega es un mismo objetivo, disputar el arbitrio de la propiedad burguesa. La existencia de un suelo común de ambas políticas queda evidenciada en la facilidad con que es pensable, en ese esquema, un camino de transición pacífica al socialismo, que parte de las premisas socialdemócratas para irlas radicalizando progresivamente hasta lograr una hegemonía de los intereses sociales por sobre los intereses privados. Las diferencias entre las iniciativas puramente democráticas y las iniciativas armadas, dictadas más bien por la resistencia burguesa, o por el atraso relativo de la situación social que se trataba de enfrentar eran, consideradas a la distancia, menores, en comparación con esa perspectiva común. No hay ningún auténtico leninista que no aceptara hacer por la vía socialdemócrata lo que prometía el camino de las armas si las condiciones parecían favorables. La combinación oportunista entre una y otra vía formó parte central de la política leninista a lo largo de todo el siglo.


Frente a esta política profundamente común, las vanguardias estético políticas siempre sospecharon del principio de totalización que contenían. Pero, sin lograr nunca articular realmente una política, fueron reducidas una y otra vez, como antes lo habían sido los romanticismos, de los que provienen, al sacrificio heroico, testimonial, pero improductivo, o a la enajenación puramente testimonial, meramente estética, de la marginación individual, plenamente reeducable. Esta enajenación, sin embargo, con su sospecha permanente de un más allá radical, que rompe el continuo de la homogeneidad industrializadora, es la que ha conservado mejor el espíritu y la voluntad comunista, que ahora es necesario reinventar.


Pero hoy el fundamento productivo de todas estas alternativas ha sido radicalmente alterado por la capacidad tecnológica de producir y dominar las diferencias. En un sistema que ya no necesita homogeneizar para dominar, tanto la utopía de la homogeneidad consumada, como la porfía de la diferencia simple pierden sentido. Se hace posible, por un lado, un rostro más humano para la dominación, bajo formas más sofisticadas de enajenación, desde las cuales los ideales igualitaristas de los socialismos aparecen como totalitarios. Se hace posible, por otro lado, una vasta administración de las diferencias, ante la cual las rupturas que se protagonizan en el contexto testimonial de experiencias estético - políticas, o incluso las que provienen de la violencia política o estética fragmentadora, están siempre al borde de no ser más que partes de la industria del espectáculo.


Tal como el poder burgués no es contradictorio con economías estatales fuertes, en las que, de hecho, siempre se apoyó, así también, el poder burocrático no es contradictorio con la existencia y reproducción permanente de la diferencia. Que el capitalismo es pura propiedad privada, y que el burocratismo es pura inercia funcionaria, son dos ideologismos falsos y nocivos, que impiden captar las complejidades reales de los procesos reales.


El poder burocrático no sólo ha promovido y encabezado la revolución de las nuevas formas de la producción a nivel mundial, sino que se siente plenamente cómodo en ellas, ya sea manteniendo los ideologismos socialistas, o irrumpiendo con los nuevos ideologismos neoliberales. No es, una vez más, en el discurso de los mismos actores de un proceso histórico donde se puede encontrar su coherencia profunda y su verdad. Tanto el neoliberalismo, que nos habla de iniciativa privada, de desarrollo del individuo, de reducir el poder del Estado, como los nuevos socialismos, liberalizantes, neokeynesianos, hablan en nombre de un poder común, cuyas diferencias tienen que ver más con el folclore local en que se desarrollan las nuevas formas de la producción, que con el contenido de su acción histórica.


Frente al poder burocrático de nuevo tipo las viejas perspectivas socialistas no sólo son administrables sino que llegan a ser perfectamente funcionales. El discurso de la equidad, se cumpla o no, el del desarrollo sustentable, se cumpla o no, el de la responsabilidad social de la empresa, el de la importancia de la capacitación educativa para integrarse al mundo del trabajo, se cumplan o no, son todos perfectamente funcionales al poder de una administración más o menos paternalista, que tiene la capacidad tecnológica para llevar adelante un dominio interactivo, en que puede haber una situación de interdependencia respecto de los dominados, siempre que se mantenga un diferencial de poder sobre los poderes que le permita administrarlos.


No basta pues con reformar las perspectivas socialistas, democráticas o armadas, keynesianas o estalinianas, para ir más allá de este nuevo dominio. Tal como la oposición obrera incipiente, en la revolución francesa, en las revoluciones democrático burguesas de 1848, no hizo sino vehiculizar el dominio político emergente de la burguesía, hoy la integración de los nuevos trabajadores a las políticas socialistas no hará sino vehiculizar la emergencia del poder burocrático. Tal como el revolucionarismo de los artesanos de 1848, que contribuyó a promover el dominio justamente del poder que los barrió completamente, hoy la integración de los sectores obreros de antiguo tipo a las políticas socialistas no hará sino promover el tipo de dominio que, justamente, los está barriendo del mundo.


3. El capitalismo avanzado

Tan necesaria como una reevaluación del socialismo es una reconsideración del significado profundo de los grandes cambios ocurridos en los últimos treinta años en el campo capitalista. Es necesario alejarse de los ideologismos sembrados por el interés político inmediato tanto de los neoliberales y de los socialistas renovados por un lado, como del amplio espectro del pensamiento de la derrota, por otro.


Lo relevante aquí es intentar una estimación de fondo, de largo alcance, más que detenerse en los fenómenos políticos o económicos en la recurrente actitud de cantar victorias o llorar derrotas al ritmo de la política cotidiana. Recoger los hechos es importante, pero lo es más aún el ver en ellos el significado, a la luz de una teoría que les de sentido, que proyectar sin más, a partir de indicios de corto plazo.


Se han indicado muchas veces las características generales de estos movimientos: desplazamiento de la industria pesada, e incluso de la electrónica, hacia la periferia; desplazamiento de la capacidad científica y tecnológica hacia el centro; racionalización a gran escala del uso de la energía y aparición de nuevos y poderosos medios de tratamiento de datos; revolución en las técnicas de montaje a partir de la automatización y robotización crecientes; cambios cuantitativos y cualitativos en el nivel de preparación técnica y en el ambiente laboral de los trabajadores, lo que implica un desplazamiento del tipo clásico de obrero de los sectores más dinámicos de la economía.


Estos profundos cambios hacen que muchas de las críticas que se dirigían contra los procesos de industrialización que imperaron en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX pierdan su actualidad, sobre todo cuando estaban dirigidas, con razón, aunque con bastante mala voluntad política, contra los procesos de desarrollo socialistas. En conjunto lo que ocurre con esas críticas es, en primer lugar, que centra en los socialismos reales, en particular en la industrialización estalinista, características que son comunes a todos los procesos en que la industrialización se hizo sobre esa misma base tecnológica, presentando como críticas al socialismo lo que en rigor son críticas a todo un modelo industrializador, más allá de sus apariencias políticas. Pero también, en segundo lugar, las críticas se niegan a ver la continuidad profunda que significa la permanencia de la dominación y la explotación, presentando frecuentemente la superación de los rasgos más duros de la industrialización clásica como garantías de que la nueva sociedad está a punto de realizar la libertad humana, sin detenerse en la formas en que la diversidad, la interactividad, la recalificación de partes importantes de la mano de obra, la revolución en las comunicaciones, pueden ser medios de nuevas formas de totalización.


La industrialización que hoy día se puede llamar clásica, o de desarrollo tecnológico medio, está ejemplarmente expresada en las líneas de montaje fordistas, que producen grandes cantidades de productos uniformes, con normas relativamente bajas de calidad, y con una integración del trabajo humano mecánica, de baja calificación. Este sistema industrial tiende a la homogeneización, y requiere, en el plano político, de la homogeneización para dominar. La idea de normalidad, el ideal de un acceso igual a un consumo igual o, en el plano filosófico, lo que ha sido criticado como reduccionismo a la mismidad, le son consustanciales. El dominio vertical, autoritario, normativo, centralizado es, para este sistema, una necesidad que proviene de su estructura productiva misma.


Control, disciplinamiento, normalidad y represión son aquí figuras correspondientes, que se requieren e implican mutuamente. Este igualitarismo homogeneizador y autoritario, que fue criticado por las vanguardias artísticas de los años veinte respecto del capitalismo, ha llegado a ser la caricatura recurrente de la vida en los países socialistas, contra la que se rebelan tanto los nuevos liberales como las izquierdas renovadas.


Las nuevas tecnologías de la administración, sin embargo, hacen perfectamente posible un nuevo tipo de control, ahora interactivo, manteniendo, e incluso incrementando enormemente la centralización a través del control de la información. Curiosamente hoy la planificación central es más posible que nunca. No es cierto que las nuevas técnicas comporten una "democratización" de la gestión. El control interactivo requiere de las capacidades operativas e intelectuales de los controlados para funcionar. Implica una interdependencia, o un giro hacia la horizontalidad en las cadenas de dirección y mando que, por mucho que confundan a los optimistas tecnológicos, no hace sino instaurar un modo de dominación nuevo, sustancialmente superior al clásico, que puede presentar de manera verosímil su apariencia liberadora sólo porque sigue siendo evaluado a la luz de tecnologías que ya ha superado.


Ni los procesos de recalificación del trabajo, ni los procesos de interactividad horizontal del mando, significan por sí mismos un avance sustantivo hacia la democratización de la gestión productiva. No sólo el problema de la gestión democrática implica más una opción política que técnica, también en el carácter tecnológico mismo de los nuevos medios está el sello de su origen, fueron creados para vehiculizar un sistema de dominación. Técnicamente es posible, en la realidad lo que ocurre es exactamente lo contrario: nunca como hoy el monopolio de la información y de la capacidad de administración global ha implicado una centralización tan grande de la gestión económica.


En el fondo han ocurrido profundos cambios en los modos del trabajo mismo, que han sido caracterizados también muchas veces. Entre los rasgos concretos de este trabajo altamente tecnológico se pueden enumerar:


  • la segmentación y modularización de la cadena de montaje fordista, y su deslocalización a nivel nacional o internacional, en un estilo de desagregación y modularización general de los procesos productivos;


  • el uso masivo de tecnologías informáticas en la ejecución y control de los procesos productivos, cuya expresión más importante es la introducción de interfaces computacionales entre el trabajador y la máquina que ejecuta el trabajo directo, interfases que hacen posible la ejecución de enormes cantidades de trabajo físico desde el accionar simple y “suave” de comandos electrónicos;


  • el enorme incremento de la intensidad del trabajo en cada módulo de producción que, coordinado en un sistema de oferta y demanda competitiva entre módulos, reduce el tiempo vacío de trabajo globalmente a cero, aunque localmente este o aquel otro módulo esté momentáneamente en reposo, o no siendo requerido;


  • el reemplazo general de la producción en línea por un sistema productivo paralelo, local y en red, en que el producto terminado puede obtenerse por muchas vías, o circuitos de trabajo, asegurando de manera redundante, y a través de la competencia entre módulos, su disponibilidad y calidad;


  • el traslado del control de calidad desde el producto terminado hasta cada uno de los módulos que producen sus partes, lo que permite incrementar de manera revolucionaria la calidad y confiabilidad del producto final;


  • la modularización de los productos mismos (el computador personal es el ejemplo sobresaliente), lo que permite que una red productiva, ya de por sí flexible, que puede ofrecer productos terminados muy diversos, pueda ofrecerlos además como artefactos a componer, diversificando de manera revolucionaria las posibilidades de consumo, y de atender las necesidades particulares de cada consumidor. Cuestión que se refuerza notablemente con una organización de la producción desde la demanda, por contraposición a la producción clásica, organizada desde la oferta;


  • el uso intensivo de nuevas formas de energía, y de ahorro de energía, y de materiales altamente especializados, “construidos” de manera ad hoc para los procesos productivos más complejos. Los trenes de alta velocidad de suspensión magnética, los chips electrónicos, y los superconductores de alta temperatura son los ejemplos más notables;


  • la convergencia general de las actividades de investigación científica y de desarrollo tecnológico, y su difusión hacia los módulos productivos de mayor importancia tecnológica, y la consiguiente recalificación de la mano de obra en las áreas productivas estratégicas. Al respecto debe indicarse que ni la difusión de la Investigación y Desarrollo, ni la recalificación, son procesos generales. No lo son ni necesitan serlo. En una red productiva desagregada, paralela, local, una gran parte del trabajo es simplemente repetitivo y extensivo, y cabe para él, de manera adecuada, un nuevo taylorismo, con más atención a las variables subjetivas que el original. Todos los sueños sobre recalificación general, y obreros “conscientes” haciendo Investigación y Desarrollo junto a su trabajo, se reducen en la práctica sólo a los segmentos integradores de partes modulares, que asumen por esto un carácter estratégico y son, correspondientemente, desde luego, controlados de manera especial, a través de particulares estímulos materiales e ideológicos.


Estos cambios han implicado un aumento revolucionario en la masividad de los productos de consumo habitual, de sus estándares de calidad, de su disponibilidad para enormes sectores de la población mundial. Han implicado un revolucionario cambio en las formas de circulación de las mercancías, en la variedad, ilusoria o no, de sus formas y contenidos, en la atención, ahora diversificada, al consumidor potencial, grupo por grupo, interés por interés, incluso hasta el nivel individual. Y han implicado sobre todo un revolucionario cambio en la consciencia de los trabajadores integrados al sistema de la producción moderna respecto de los mundos posibles que pueden dar sentido y futuro a sus vidas.


Nunca el cálculo político cotidiano se hace sólo sobre la base de la pobreza o el malestar presente, siempre las opiniones están guiadas, en una medida muy importante por los futuros posibles y sus riesgos relativos. La producción altamente tecnológica se caracteriza por su enorme capacidad para producir y manipular las expectativas. Como ningún otro sistema ideológico en la historia de la humanidad, no sólo es capaz de producir fuertes impresiones de bienestar actual, apoyadas en importantes avances objetivos, sino que es capaz también de ofrecer y manejar futuros mejores, futuros de bienestar y agrado al alcance de la mano, impresionantes promesas de poder y consumo de realización inminente. Poco importa que esta especulación con el futuro sea ficticia, o que el bienestar presente sea incompleto, y dramáticamente sectorial, lo relevante, en términos políticos, es el impacto real, eficiente, operante, en las consciencias cotidianas no sólo de los que consumen, sino incluso de los que no consumen.


Hay tres verdaderos paradigmas del nuevo trabajo distribuido que pueden pasar desapercibidos si se insiste en la ilusión de mantener a la empresa capitalista, con un propietario individual, como modelo central de la gestión económica actual. Uno es el sistema de la comunicación social, otro es la red de redes, que es Internet, otro es el trabajo de la comunidad científica, considerada globalmente. En estos tres casos, con matices diversos, tenemos los nuevos modelos sobre los que es necesario empezar a imaginar lo que podría ser un mundo en que el poder burocrático ha impuesto su hegemonía sobre el propietario privado.


Son sistemas que no tienen dueños únicos. Sistemas que, aunque tengan dueños locales, y la competencia y la propiedad sigan cumpliendo funciones en su gestión, poseen una lógica de conjunto que trasciende completamente la determinación desde la propiedad privada. Cuando se habla de monopolio de la información noticiosa en el sistema de comunicación social, por ejemplo, ya no es suficiente con demostrar la estructura monopólica de la propiedad de los medios, aunque en gran medida sea real. Es necesario explicar además por qué aún habiendo varios polos propietarios la pauta general siga siendo la misma, aún en su diversificación. Para explicar un efecto de coordinación tal, que se hace presente incluso en la red, donde la estructura de propiedad está muy lejos de ser monopólica, habría que recurrir a la hipótesis de una conspiración general en contra de los oprimidos, que suele estar presente en las argumentaciones más simples de la izquierda, pero que es desgraciadamente inverosímil.


El que no haya propietarios únicos está relacionado también con el que los centros de decisión son múltiples, y la propiedad es menos importante en ellos que el juicio experto, o el interés local. No hay en estos sistemas un centro localizable, lo que no implica, sin embargo, que no haya centro en absoluto. Es necesario pensar, más bien, en una función centro, que opera de manera distribuida, y que constituye un poder de segundo orden, que proporciona la coordinación para la acción local y paralela de los muchos núcleos que operan en red. Una lógica común, que opera de manera distribuida, en que la influencia no se propaga, como en los sistemas clásicos, sino que se regenera en cada lugar de acuerdo a la interacción entre la función centro, que proporciona lo común, y las circunstancias locales que la vehiculizan.


Esta interacción desigual entre un centro que opera de manera distribuida y las circunstancias locales hace que estas redes puedan producir diversidad. Que recojan y resignifiquen la diversidad existente, ligándola al espíritu común sin homogeneizarla, o que generen diversidad local, normalidades locales, que no requieren de la normalidad clásica, única, para legitimarse y operar. Una operación de la diversidad, sin embargo, en que casi no es relevante, para la vida común, que esa diversidad sea real y sustantiva, o sólo una apariencia, una cuestión de formas, dada la enorme capacidad tecnológica para producir y manejar objetos y vivencias por su valor simbólico, antes que por su contenido clásicamente objetivo.


Son sistemas en que la función social excede al lucro, o en que el lucro se desarrolla como un efecto derivado, parasitario, de un engranaje que podría funcionar perfectamente sin él, financiado simplemente por los consumidores directos en intercambios directos en la misma red. Por cierto su funcionamiento supone enormes movimientos de capital, lo relevante, sin embargo, es que el lucro no es ni el origen de esos movimientos, ni su función social principal. El caso de Internet es, desde luego, en este plano, el más claro. Pero lo que postulo es que esta es una lógica profunda, que tiene que ver con la emergencia de un modo de dominación en que los propietarios privados se convierten en sólo una parte de un dominio más amplio, de nuevo tipo.


Por supuesto ni la comunicación social, ni Internet, ni la comunidad científica global obedecen, en ningún sentido, a la lógica de las fronteras nacionales. Y es muy importante el hecho de que esto incluso sea percibido como legítimo y lógico, salvo por los sectores en que la consciencia de la autonomía clásica se mantiene con más fuerza, en particular, en las burguesías nacionales a la defensiva, que resisten su aplastamiento por el capital transnacional. La lógica de estos sistemas parece regularse desde un mercado que ya no es ningún mercado local. Hay aquí, sin embargo, una nueva ilusión posible: no es el mercado en sentido clásico el que actúa como regulador. En cada uno de estos casos, y en la gestión económica actual en general, la figura del mercado es altamente tautológica. Los burócratas, de las empresas o no, forman las corrientes del mercado a través del sistema de comunicación social, y luego se auto legitiman sosteniendo que sus decisiones están reguladas por el mercado que ellos mismos pre formatearon.


Tanto el mercado, como la democracia, resultan, en el sistema de producción altamente tecnológico, más bien sistemas de legitimación que de gestión y regulación. Legitiman lo que ya ha sido producido desde un nuevo poder, desde el poder global que opera de manera distribuida en cada uno de los poderes locales, desde lo que he llamado poder burocrático.


Nadie duda ya que todo esto signifique que estamos en presencia de una nueva fase de desarrollo de la sociedad moderna. La propia lógica clásica del capitalismo lo ha llevado a transformarse interiormente, lo ha llevado, en el proceso de completa articulación del mercado mundial, a cambiar su esencia. Si consideramos estos cambios tecnológicos hacia atrás, hacia sus raíces, y reevaluamos el conflicto entre los dos grandes bloques políticos del siglo XX, éste también resulta sustancialmente resignificado. Hoy es posible ver que la coexistencia, obligada por la paridad nuclear, había transformado también el carácter del socialismo, al menos respecto de las viejas utopías de los viejos bolcheviques. Tanto el capitalismo avanzado como el socialismo real no son hoy lo que parecían ser, tanto para la consciencia keynesiana clásica, como para la consciencia marxista leninista. Mirar desde la lógica de un poder burocrático emergente permite reevaluar de manera profunda el conjunto de la historia del capitalismo.


Pero aún considerando las cosas según la manera de mirar del marxismo clásico, es posible ver en la historia del capitalismo una tendencia cíclica en que cada nueva fase va acompañada de un gran reordenamiento de su base tecnológica, de la división internacional del trabajo, de sus infraestructuras productivas. En que cada nueva fase significa también un enorme proceso de acumulación, que implica un incremento en el saqueo global. La violencia de la acumulación y el acomodo al nuevo orden, que han significado cada vez dramáticas consecuencias para los modos de vida antiguos y periféricos, es seguida en cambio, de poderosos procesos de expansión, productos de la nueva lógica productiva, acompañados de períodos relativamente largos de estabilidad social y política.


Hoy estamos en presencia de procesos de este tipo. Se puede decir que entre 1880 y 1929 se vivió la fase de formación del imperialismo, cuya lógica incluye y explica las dos guerras mundiales. Desde 1930 a 1970 estamos en la fase de expansión y completa articulación de esa lógica estructural, que incluye y explica la gran estabilidad política del mundo europeo capitalista tras la Segunda Guerra. Los años 80 y 90 han significado, en cambio, una nueva fase de reordenamiento, por primera vez auténticamente mundial, en el capitalismo avanzado. Paralelamente se vive un reordenamiento político global correspondiente. Una profunda crisis no ya de un modelo político, como podría ser el socialismo soviético, sino de todo un modo de industrialización, ligado al armamentismo, a la confrontación ideológica, al derroche de recursos naturales, a la producción de infraestructura y maquinaria pesada.


El cambio en la orientación productiva, y la revolución tecnológica asociada, que ya se anuncian con la producción para el consumo masivo en USA, en los años 60 y 70, y que no pudo alcanzarse en la órbita soviética, terminó por hundir tanto al socialismo real como a la industria norteamericana tradicional, en beneficio de Japón y la Comunidad Europea o, más bien, de la economía trasnacionalizada, sin base geográfica sustancial. La caída política del socialismo, y el recurso masivo a la especulación financiera en el área norteamericana, deben ser vistos más bien como consecuencias de este reordenamiento productivo de fondo, que como causas.


Un cambio global en que la figura clásica del imperialismo norteamericano monopolar se ha desdibujado en una estrecha coordinación de las políticas económicas de USA, Japón y la Comunidad Europea, y en que las nuevas formas de industrialización, y sus modos de estratificación social asociados, han producido amplias áreas de consumo y desarrollo en todo el mundo e, inversamente, importantes enclaves de marginalidad en los países que se consideraban armónicamente desarrollados. Enclaves de primer mundo repartidos por el tercer mundo, zonas de tercer mundo en pleno primer mundo. La diferencia entre desarrollo y dependencia ha dejado de ser nítidamente geográfica. Lo que ha alterado también la nitidez de la misma noción de dependencia. De la dependencia unidireccional se ha pasado a la interdependencia desigual, que permite a la vez la existencia de poderes negociadores locales y la mantención de un flujo neto de bienes desde las áreas explotadas del mundo hacia los núcleos explotadores. El mito del mundo multipolar no hace sino encubrir el espíritu común del poder regulador global, que se impone sobre todo poder local sin necesitar aniquilarlo, requiriendo incluso de él como vehiculizador.


Pero este panorama permite también contradecir dos mitos neoliberales, de alguna manera contrapuestos, uno es el de la radical disminución del rol del Estado en la economía, y otro el de un renacimiento general de la democracia a partir de la caída de casi todas las dictaduras de estilo soviético, con la notable excepción de China, que promete ser un socio comercial demasiado bueno como para plantearle objeciones serias por cuestiones tan banales.


En el plano global, asistimos a un proceso de trasnacionalización y estatalización de la economía capitalista. Por un lado, las grandes compañías transnacionales han alcanzado un grado muy alto de coordinación entre sí y con los estados; han desarrollado su poder por sobre el poder de la mayoría de los estados nacionales; han extendido la lógica del mercado a todos los rincones del planeta de manera más efectiva y real que nunca. Por otro lado, a pesar del ideologismo fácil de los neoliberales de izquierda o de derecha, el Estado ha llegado a ocupar una función clave en la gestión global. Ya no se puede decir, como hasta 1929, que la gran empresa capitalista "usa" al Estado en su beneficio. En una época en que los Estados son los principales poderes compradores, en que, a través de la mantención de enormes burocracias, ejércitos y subsidios, forman gran parte de la capacidad de compra, en que manejan el crédito y el dinero, ya no se puede decir que están simplemente al servicio de algo. Quizás es más riguroso decir que se ha producido una profunda identificación entre empresas y Estados en un sistema cuyas características es mejor estudiar como un fenómeno cualitativamente nuevo.


Esto significa que simplemente no es cierto que los Estados nacionales han disminuido su importancia económica. Lo que ha ocurrido es que la propiedad privada ha sido desplazada por la administración global como mecanismo central en la coordinación de la división del trabajo, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. El Estado vende sus propiedades pero aumenta más que nunca su capacidad de intervención y regulación.


La masiva intervención estatal en la regulación de la economía, hecha posible por los nuevos medios técnicos de administración y control, muestra que el estatismo por sí mismo no sólo no es un defecto sino, exactamente al revés, es la única fuerza que ha podido racionalizar la producción y el intercambio en la era industrial, producir grandes revoluciones productivas (como en la época de Stalin, o en Japón), o producir grandes reordenamientos económicos (como en Chile, o en la USA de Reagan).


Esta intervención masiva muestra que la burocratización general de la economía, lejos de ser una característica de los países socialistas, es una tendencia central y esencial de la sociedad industrial. Tal como la producción agrícola sólo pudo sobrevivir bajo el capitalismo asociándose al capital, e integrando sus estilos, hoy la producción capitalista sólo es viable asociada y bajo el estilo del poder burocrático.


Pero a la vez, sin embargo, por otro lado, la regulación económica global, que opera de hecho tanto desde los grandes organismos como el Fondo Monetario, el Banco Mundial, o el Grupo de los Siete, como desde la operación efectiva de los grandes conglomerados transnacionales, ha reducido de manera radical la autonomía y, en muchos sentidos, la soberanía de los Estados nacionales, en un proceso de progresiva des sustancialización, que los va convirtiendo en poco más que vehiculizadores, gestores e incluso garantizadores de los intereses y las políticas de la globalización.


El gran indicio sobre el que se hace alarde es el del resurgimiento de los nacionalismos. Lo que se silencia, a pesar de que es casi imposible de obviar por su enorme impacto, son los muchos procesos de integración multiestatal a nivel económico, e incluso político y jurídico, de los cuales el más avanzado y notable es la Comunidad Europea.


Se enfatiza hasta el más mínimo detalle cómo los países derrotados y en vías de colonización se dividen y potencian su debilitamiento en guerras intestinas, y se silencia el que los países vencedores se encuentren en activos procesos de integración y regulación que potencian su poder. Se enfatizan hasta los más mínimos detalles de las diferencias locales tomando como unidad de análisis la realidad “país” y se silencia, o se reserva para la retórica demagógica, la realidad eficaz de lo global, que por primera vez se hace real y efectiva a nivel mundial.


Por supuesto el proceso en marcha no implica la desaparición de los Estados nacionales en entidades mayores, como ocurrió con las unidades alemana e italiana, alrededor de 1870. Esta diferencia es extraordinariamente significativa, y opera como símbolo de muchas otras. Mientras que para una base tecnológica que necesita homogeneizar para dominar era necesario un Estado, un territorio, una lengua, una cultura, para la actual base de alta tecnología, que puede dominar en la diversidad y a través de ella, la multitud de Estados nacionales no es un problema. Nunca había habido tantos países en el mundo, y nunca el mundo había estado tan unificado como hoy. Lo importante para el poder global es la construcción de entidades transnacionales que operen como poder sobre estos poderes locales diversos. Entidades múltiples, con grados de intervención diferentes, animadas por un espíritu común, que se constituye como diversidad.


No es lo mismo desaparición de los estados nacionales que des-sustancialización. Es la sustancia de autonomía, de soberanía, de libre arbitrio, lo que se pierde, no las formalidades de esas libertades posibles. Tal como las monarquías absolutas fueron des sustancializadas por el poder burgués, hasta el grado en que en muchos lugares ni siquiera fue necesario eliminarlas, así también los estados nacionales seguirán existiendo en una esfera de competencia que los dota aún de sentido: administradores locales de la regulación global. Tal como se dijo de los reyes: Estados que gobiernan pero que, en lo esencial, no mandan.


Un proceso análogo de pérdida esencial de sustancialidad ocurre con la democracia. El renacimiento de la democracia, su generalización y valoración general, no implican en absoluto que los pueblos hayan aumentado su participación real y efectiva en la determinación de los procesos que los afectan. Si la dictadura era no sólo la forma límite sino el modo recurrente de la política en la época de la industrialización de baja tecnología, la democracia como procedimiento es el espacio más conveniente para vehiculizar y legitimar un dominio que opera en y sobre lo diverso.


A la lucha, típicamente clásica, que oponía la democracia a la dictadura, ha seguido el desconcierto de qué hacer en un contexto en que la democracia es poco más que un recurso legitimador de la dictadura que se adivina más profunda en todos los espacios sociales.


Sin embargo, para que esta pérdida de sustancialidad de la democracia haya ocurrido, es necesario que hayan ocurrido también importantes cambios en la consciencia de los trabajadores, que de hecho operan como su sustrato masivo.


Las características de esta nueva manera de la producción moderna han producido cambios cualitativos en la consciencia de los trabajadores, en el carácter y las fronteras de la marginalidad, en el papel de la producción armamentista y la especulación financiera. El rasgo políticamente más significativo al respecto es su necesidad de la abundancia, de patrones muy elevados de consumo, y su capacidad para totalizar la sociedad que consigue sobre esta base.


Los cambios en el tipo de trabajo que se efectúa en los sectores más dinámicos de la economía implican ambientes laborales protegidos, relativamente confortables, con capacidad para ofrecer muy altos niveles de vida. El obrero en el sentido clásico se desplaza hacia la periferia. Los postergados del sistema ya no son los directamente explotados sino, más bien, los que no han sido integrados, los que permanecen en la marginalidad del empleo y el consumo.


Pero esta marginalidad, como está dicho más arriba, no está ya delimitada de manera geográfica. El violento reacomodo de las economías centrales ha creado una marginalidad casi permanente en el centro desarrollado. La poderosa extensión de la producción a nivel mundial ha creado, por otro lado, zonas de abundancia local en la periferia, directamente conectadas a los estilos productivos y de consumo del centro. Ahora nos relacionamos con el imperialismo ya no como un exterior. La completa apertura de los mercados ha hecho que el imperialismo se haya actualizado en cada uno de los países de manera real. Correspondientemente hay un proceso de desaparición de las burguesías auténticamente nacionales, es decir, una completa articulación del mercado capitalista transnacional. Aparecen también en el tercer mundo, enclaves de desarrollo interior en todos los países pobres. Esto último es dramáticamente importante para la política en países como el nuestro, en que es justamente ese sector integrado a la producción moderna el que, de hecho, hace la política, logrando mover tras sus intereses y aspiraciones al resto de la población, que vive en la postergación y la miseria.


La marginalidad no puede ser pensada, sin embargo, por su condición, como un sujeto revolucionario posible. Ciertamente es un sujeto "revolucionarista", capaz de desencadenar procesos de cambio político radical. Pero es necesario recordar que para Marx la característica esencial del sujeto revolucionario no tiene relación necesaria con su pobreza, sino con su vinculación con las fuerzas productivas, con los sectores más dinámicos de la producción. Y esta relegación progresiva, que confirma la impotencia de los sectores más pobres de la población para llevar adelante cambios globales en la sociedad, debe ser considerada un hecho político central. Sobre todo para la consciencia marxista clásica.


En cuanto al papel que la industria armamentista sobreviviente y la especulación financiera cumplen en esta nueva fase, creo que es preferible considerarlos como típicos de la etapa de acumulación. En rigor el capitalismo más desarrollado, como el socialismo, no requieren de la producción armamentista o de la especulación sino para restaurar las ganancias temporalmente afectadas por la crisis de rearticulación. Es perfectamente esperable que en un contexto de pacificación general de la política mundial los sistemas productivos se redefinan progresivamente en función del consumo masivo, de la elevación del nivel de vida.


Esto abre la posibilidad de una sociedad nueva, la más productiva, la más poderosa, la mejor administrada, en la historia de la humanidad, que puede ser, y de hecho es, una sociedad de la abundancia. Pero el punto esencial no es este. El hecho realmente esencial, el que debe ser meditado, es el que esta sea una sociedad que no requiere de la pobreza para funcionar. Incluso al revés, requiere compulsivamente de producir más y consumir más. Este es el hecho sobre el que quiero llamar la atención en el texto. Su enorme poder, su superioridad cultural, puede quedar demostrada en su capacidad para totalizar el empleo, el consumo, la comunicación, en su capacidad para administrar el tiempo libre, para ofrecer bienestar y enajenación, para administrar vidas y consciencias en y por la abundancia. La alteración producida por este poder en la consciencia crítica, ya diagnosticada por Marcuse, debe ser pensada con seriedad.


Los últimos quince años del siglo XX han estado llenos de acontecimientos políticos dramáticos, que el sistema de comunicación social se ha encargado de magnificar en la consciencia pública. Enormes esperanzas y profundas sensaciones de derrota han contaminado muy fuertemente nuestra capacidad para examinar los procesos estructurales que operan en la sombra de tanta exaltación. El nuevo milenio, sin embargo, empezará con una amarga y saludable sensación de desencanto. Muchas de las esperanzas sobre la democracia han sido reducidas en el curso de los hechos a su dimensión real. Las derrotas, a no ser que nos empecinemos en aferrarnos al masoquismo político, se pueden ver ya con colores diferentes.


Entre estos procesos es indudable que los que más impacto inmediato han causado en las izquierdas de nuestro continente son la esperanza de la Perestroika y la caída del socialismo que la siguió y, de manera más cercana, la vuelta a la democracia tras las dictaduras militares de los años 70. Ambos procesos se pueden ver ya, después de una década o más, de una manera esencialmente distinta a las euforias que produjeron en la epidermis de los análisis.


A pesar del mesianismo con que fue saludada, a pesar de las esperanzas que se tejieron en torno a ella, hoy es claro que la Perestroika no fue un choque entre la burocracia y el pueblo sino entre dos sectores de la burocracia, uno ligado a la industria pesada, al ideologismo, al armamentismo, y otro ligado a la tecnología avanzada, la ideología científica y las nuevas técnicas de administración. No solo Yeltsin, también los nuevos “comunistas”, lo demuestran.


Hoy es ya demasiado obvio que la caída del socialismo no fue un triunfo para la democracia, sino un triunfo, dentro de la burocracia progresista, del sector liberal por sobre los sectores nacionalistas ligados débilmente a la utopía socialista. Es obvio incluso que cuando se habla de "triunfo del sector liberal" no nos estamos refiriendo sino a la derrota masiva de esos pueblos a manos de sus propios líderes, y de sus propias esperanzas enajenadas. Hablamos del asalto masivo de las potencias occidentales sobre sus riquezas acumuladas, su mano de obra calificada, sus recursos naturales. El énfasis en la apertura democrática formal no hace sino ocultar la magnitud de la derrota. No hace más que presentar para nuestras falsas buenas consciencias lo que no es sino el inicio de un saqueo colonial masivo.


Tampoco la caída de las dictaduras en América Latina ha sido un triunfo de la democracia, ni de las luchas populares, sino la imposición de un marco que haga fluida la economía de mercado, y que puede volver a cerrarse si no es viable. Nuevamente aquí el énfasis en las formalidades democráticas, deteniéndose en el orgullo por las precariedades que se han ganado, oculta la magnitud de lo que se ha perdido. Desde luego toda esperanza de desarrollo autónomo, autosustentado. Desde luego toda esperanza de desarrollo equilibrado, con solidaridad y justicia. El éxito económico que se obtiene parasitariamente de aceptar un lugar dependiente en el mercado mundial, no hace sino sustentar el olvido y la indiferencia ante el drama de los millones de marginados de la prosperidad ilusoria.


En términos generales, la democracia está en plena decadencia en el mundo entero. Las altas abstenciones (USA, Polonia, Colombia), el viciamiento de los mecanismos de representación, la existencia de poderes fuera del control público (como los ejércitos, o los Bancos Centrales), la falta de diversidad efectiva en las propuestas políticas, la altísima capacidad de manipulación de la opinión pública, sobre todo de los sectores marginados, así lo muestran.


Ha habido en todo esto tanto enajenación burguesa como enajenación bolchevique.


Unos creían (y creen) que el liberalismo los liberaba del control estatal y hacía despegar la iniciativa individual creadora, libre. Los otros creían (y aún creen) que sus procesos de industrialización, promovidos y dominados por la burocracia, implicaban el gobierno del pueblo y para el pueblo.


Los nuevos burócratas del campo capitalista, con su nueva derecha prepotente y audaz, no creen en la bondad de la competencia ni en el valor real de la libre iniciativa; distinguen perfectamente la ilusión de la realidad: y usan la ilusión liberal para promover la regulación y la armonía burocrática.


Los nuevos burócratas del campo socialista no creen en la bondad de la propiedad social, ni en el valor real del gobierno del pueblo y para el pueblo, sabían distinguir la ilusión de la realidad: y usan la ilusión democrática para promover la nueva distribución del poder.


Ellos, en el concepto, no sufren la enajenación que viven. Los enajenados reales y actuales son los antiguos burgueses y los antiguos burócratas. Son ellos los que siguen contraponiendo capitalismo y socialismo como si estos entes abstractos fueran aún reales.


La nueva derecha y la Perestroika rompieron, a fines de los años 80, de manera profunda las alineaciones clásicas de la confrontación social.


El problema que estaba expresado en la Perestroika no era entre la burocracia y el pueblo: era entre antiguos burócratas, ligados al desarrollo industrial, y burócratas nuevos, que intentaban asumir el esencial salto ocurrido en la base técnica del capital moderno en los años 60 y 70.


El problema del liberalismo de la nueva derecha no es entre partidarios y adversarios de la intervención estatal: es entre formas de regulación asociadas a una fase superada y formas de regulación que buscan expresar la dinámica nueva del capital que surge del salto tecnológico.


Los antiguos burócratas y los antiguos capitalistas y sus burocracias asociadas crecieron bajo la lógica de la confrontación y la crisis, de la pobreza y el despliegue ideológico. Teodoro Roosevelt y Stalin, Franklin Delano Roosevelt y Gorbachov: la confrontación dura o la confrontación dinámica, pero los enemigos eran claros. Los nuevos burócratas y los nuevos capitalistas operan sobre la base de la convergencia económica, política e ideológica, sobre la base de la regulación, el incremento de los niveles de consumo y la des ideologización ilusoria. De la confrontación a la paz, de la anarquía a la armonía, de la pobreza al consumo, del ideologismo al examen científico, de la hostilidad al progreso: la Sociedad Burocrática podría ser perfectamente muy atractiva para los que se dejen colonizar con ventajas.


Vivimos una época nueva, el mundo ha cambiado de signo, han pasado cosas fundamentales que conmueven a la historia humana. Ninguno de estos cambios, en el nivel material, sin embargo, es evidente. Una de las características demoníacas del nuevo dominio es su capacidad de camuflaje. Ya no se trata sólo de una nueva clase que revoluciona el mundo de manera espontánea, casi sin saberlo, como la burguesía en su época heroica. El asunto es peor. Se trata de un dominio viejo, subrepticio, que ha estado constantemente a la sombra de la irracionalidad burguesa, esa sombra que es la razón moderna, y que tras varios siglos de enmendarle la plana a una cultura adolescente que vive en un mercado imperfecto, opaco, irracional, lentamente ha adquirido consciencia de su poder y empieza a ejercerlo conscientemente.


A diferencia del candoroso optimismo hegeliano o marxista la idea que tengo es que la autoconciencia no tiene porqué conducir a la libertad: puede conducir de hecho al dominio absoluto, a un dominio que sólo el cinismo más descarado puede llamar libertad.


El carácter real de la época nueva no es el auge de la democracia, ni las revolucionarias posibilidades de la técnica o de la abundancia, o de la iniciativa privada revalorada, o del valor redescubierto de "la diferencia". El carácter real es más bien el totalitarismo anestesiante, la manipulación consumada, la enajenación agradable, el cinismo universal, la luz que ciega, la abundancia que ahoga las consciencias, la estupidización progresiva, la demagogia galopante, la venta de los ideales al mejor postor, o su inhabilitación bajo excusas "realistas".


Los nuevos “comunistas”, rusos o polacos, con sus mitos nacionalistas y sus fórmulas cripto liberales no son sino la verdad profunda de lo que se llamó socialismo. La sociedad burocrática que antes fue ideológica, puede hoy “civilizarse”, volver a la “normalidad”, integrarse al progreso. En el caso de los rusos la disyuntiva dramática entre el saqueo propiciado por Yeltsin y el “honor” reivindicado por la oposición nacionalista, no hace sino mostrar lo lejos que se estuvo siempre del socialismo, y lo lejos que hemos estado, a lo largo de todo el siglo veinte, del sueño bolchevique.


Los rusos defienden la propiedad privada, las Naciones Unidas respaldan la invasión de Iraq, los norteamericanos protegen a los comunistas chinos, los alemanes se interesan por Europa, Europa se declara tercermundista, los presidentes democráticos pagan las deudas que contrajeron los dictadores, los socialistas prefieren la reconciliación a la justicia, los hindúes le mandan alimentos a los rusos, los rusos invierten en USA, USA se deja colonizar por Japón: una época realista, una época miserable.


4. El poder burocrático

a. Un nuevo poder, una nueva sociedad de clases

Vivimos ya la época de la completa articulación del mercado mundial. La dominación social altamente tecnológica se ha extendido hasta el último rincón del planeta. Pero no es el modo de producción capitalista el que ha llegado a hacer real este dominio mundial. La completa articulación de la dominación se ha alcanzado sólo en la época del dominio burocrático, es decir, en la época del capital trasnacionalizado y regulado. Hoy.


Hay sociedad industrial desde que los hombres descubren que ellos mismos son los productores de las fuerzas productivas y, ejerciendo esta autoconciencia, llevan adelante la tarea de su desarrollo consciente. Es a este desarrollo consciente al que se puede llamar revolución industrial y, en el concepto, éste es el desarrollo que hay en la base de lo que llamamos revolución en general. No hay una revolución industrial (ni dos, ni tres). La sociedad industrial vive en permanente revolución.


La burguesía ha sido la primera clase revolucionaria en la historia humana. La revolución forma parte de su lógica como clase. Pero revolucionar constantemente el modo de producir la vida no es un privilegio exclusivo, ni natural, ni mágico, de los propietarios privados de los medios de producción. Es más bien el conjunto de capacidades que caracteriza toda una época de la historia humana, que la clase capitalista inicia, para luego perder progresivamente.


Las funciones de propietarios privados y la de innovadores tecnológicos convergieron efectivamente durante los dos o tres primeros siglos del desarrollo de la burguesía, y luego coincidieron de hecho en ella como resultado de la reducción de la tarea de innovación a trabajo asalariado. Pero tanto la complejización de la gestión productiva, como la complejización del desarrollo tecnológico mismo, hacen que la burguesía pierda progresivamente el arbitrio, que le otorga en derecho la propiedad, sobre los momentos claves de la cadena de producción.


La socialización creciente de la producción social, que ya había sido señalada por Marx, y que se expresa como progresiva interdependencia de todos los productores, tiene una dimensión más profunda: ha alterado las formas de control de la división del trabajo y, a través de esto, las formas de acceso de los distintos sectores sociales al producto social. Esto implica a su vez un reordenamiento de las relaciones de clase en el cual deja de haber una sola forma de usufructo, la que está expresada en el contrato y el trabajo asalariado, que domina y va destruyendo a las demás, y aparece, en cambio, otra forma, que está expresada inicialmente en los poderes de la gestión y la innovación tecnológica, que se hace competitiva con la forma simple del trabajo asalariado.


Lo que sostengo es que el resultado de este proceso es que la socialización alcanza las características de un modo de producción, incubado dentro del modo de producción capitalista, y en virtud de su propia lógica de complejización. Sostengo que debemos ver a la dinámica entre capitalismo y socialización como la oscilación que constituye a ese conjunto de relaciones sociales de producción que llamamos genéricamente sociedad industrial. El “socialismo real” puede ser considerado, a la luz de esta perspectiva histórica, más bien como un epifenómeno político e ideológico de una dinámica que lo trasciende: la lenta formación, al interior del capitalismo, de la forma social que lo contradice y supera.


Cuando consideramos esta oscilación histórica mayor, de la que surge la confrontación actual de hegemonías en el bloque de las clases dominantes, vemos que el capitalismo ha basado su predominio en el desarrollo de la técnica, lo ha expresado en la propiedad privada y la ideología individualista, ha operado sobre la base de la iniciativa privada y la competencia, ha vivido en medio de la anarquía de la producción y la crisis cíclica, ha apostado alternativamente al liberalismo y a la protección estatal según los cambios, ocurridos a saltos, en la base técnica del capital.


La burguesía buscó su legitimidad en la ideología de la propiedad privada. La burocracia, como clase dominante, no requiere de ella: puede usufructuar del producto social, y prolongar la enajenación y la estupidización del trabajo humano, sobre la base de la figura, también ideológica, de la propiedad social.


La sociedad socializada basa su predominio en el control del desarrollo técnico más avanzado, de la información y de las comunicaciones. Ha expresado ese control bajo las figuras ideológicas de la responsabilidad y la propiedad social del capital. Opera sobre la base de la iniciativa tecnificada y la regulación general, puede controlar y manipular el mercado y regular las crisis, se mueve continuamente en dirección a la regulación creciente y la totalización de la vida. El capitalismo, por su clase revolucionaria, pudo ser llamado Sociedad Burguesa. La sociedad socializada, por la suya, puede ser llamada Sociedad Burocrática.


La relación entre capitalismo y socialización es una relación interna en el sentido de que la propia dinámica de la Sociedad Burguesa conduce a la Sociedad Burocrática, con o sin intervención de la voluntad revolucionaria. La sociedad capitalista, y las que se llamaron socialistas, convergen, ambas, hacia la socialización general y el dominio burocrático.


Hoy sabemos que el mercado capitalista nunca fue y, quizás, nunca podía ser, un mercado perfecto, regulado exclusivamente a través de la libre concurrencia. Por un lado las infraestructuras productivas básicas han trascendido siempre la capacidad económica y el interés de los capitalistas. Cuestiones tales como las redes viales, los primeros sistemas de navegación de altura, las grandes obras de regadío, las modernas fuentes gigantes de energía, o la educación masiva de la mano de obra y, en general, el fomento de cada nueva serie de medios de producción que son necesarios para emprender los grandes saltos en las base técnica del capital, han quedado entregadas, obligadamente y de hecho, a los Estados.


Por otro lado el mercado mismo ha requerido de una permanente y creciente intervención estatal. Cuestiones tales como el resguardo de la paz social, tan necesario en las épocas de acumulación de capital, en que el mercado del trabajo se convierte en una simple ficción bajo la dictadura real, visible, y PROTEGIDA, del capital, por cierto trascienden la capacidad económica y policial de los burgueses como tales. Las protecciones arancelarias y, en general, el fomento organizado de los capitalismos nacionales. La regulación de la competencia, la protección de la propiedad de la técnica, la regulación del contrato y, en general, de las relaciones entre el capital y el trabajo. La regulación moderna, por último, de las crisis cíclicas a través de la manipulación del dinero, del interés y del cambio, de los precios y de los empleos, de la capacidad de compra y los ritmos de crecimiento. La historia del capitalismo, en suma, es inseparable de la historia de la intervención creciente del Estado en la economía. En esta historia la etapa en que el Estado es un propietario directo de medios de producción es contingente y, en algunos sentidos, cíclica. Perfectamente puede el Estado privatizar sus bienes. No es la propiedad lo que le da poder, como tampoco la propiedad es el origen del poder capitalista.


El control burocrático de los Estados, que crece continuamente desde el siglo XIX, alcanza su explicitación doctrinaria en las políticas keynesianas y su culminación en la época del capital trasnacionalizado. Si el fordismo fue su precursor encubierto, el ohnismo es la forma de su nueva eficacia.


Los mismos grupos dominantes circulan de manera fluida y permanente en las direcciones de las grandes transnacionales, de los Estados, los ejércitos y la vida académica de más alto nivel. Los mismos están presentes en la diversidad ficticia de la política y las comunicaciones. La convergencia entre el gran capital industrial, tecnológico y financiero y los intereses de los Estados se hace completa: las transnacionales usan a los Estados, los Estados usan a las transnacionales. Estados y gran capital transnacional son progresivamente sólo dos caras de la misma moneda, cuestión que es reforzada de manera aún más profunda y efectiva por el progresivo aumento del poder de organismos de coordinación interestatal, como el Fondo Monetario, la Comunidad Europea, el Banco Mundial o las conferencias económicas y políticas entre los grandes países desarrollados.


La burocracia no requiere, hasta hoy, del poder político para ejercer su dominio de clase. Puede ejercerlo implícitamente a través de diversas formas de pacto con la burguesía industrial y financiera. Esta ha sido su manera concreta de ejercerlo hasta hoy, perfectamente podría seguir siéndolo durante muchísimo tiempo.


No hay nada en la lógica de la burocracia, ni en la de ninguna clase dominante, que la empuje al poder político. Las clases dominantes llegan al poder político empujadas exteriormente. Su poder no depende de él. Puede ser desarrollado desde allí, articulado de manera ideal, pero no forma parte de su lógica propia o, en concreto, no se es clase dominante porque se tenga el poder político sino, al revés, se puede llegar a tener este poder si se es clase dominante.


La irracionalidad creciente de las antiguas clases dominantes obliga a las nuevas a tomarse el poder político explícito a pesar de que ya tienen el poder material. Las antiguas clases dominantes no son irracionales en sí, se hacen progresivamente irracionales en la medida en que crece y se impone una nueva lógica de dominio. Perdido el poder material el poder político se convierte en su último bastión, intentan obtener desde allí la participación en el producto social que se les dificulta progresivamente: "se abre así una época de revolución social".


En general esta irracionalidad puede resolverse. Sólo su forma extrema requiere de la revolución violenta. Ni Alemania, ni Inglaterra, tuvieron revoluciones violentas. Ni USA, ni Italia, ni Suecia, ni Holanda, ni Japón, ni Australia. La revolución violenta, armada, explícita, política, es la excepción, no la regla. Las clases dominantes saben, en general, traspasar su poder de manera razonable, es decir con la violencia brutal de la Razón, sobre todo porque no pueden evitarlo. De esclavistas a señores, de señores a burgueses, de burgueses a burócratas: el proceso material tiene siempre algo de inexorable.


La burocracia no debería, en general, tener necesidad de hacer revoluciones políticas, explícitas, armadas. En USA, por ejemplo, el paso del dominio de la burguesía al dominio de la burocracia es y será tan "racional" y "pacífico" como fue el paso del dominio señorial al dominio burgués en Inglaterra.


En otros casos la burocracia se impone y se impondrá a través de conmociones violentas pero que pueden NO aparecer como revoluciones. Es el caso de las dictaduras latinoamericanas de los 70 y sus prolongaciones "democráticas" de los 80. Es el caso también de la aparente "vuelta al capitalismo" en Europa del Este. El reemplazo de formas clásicas de control burocrático por formas nuevas aparece como "contrarrevolución capitalista", espejismo análogo a la restauración "medieval" de la monarquía en la Francia postnapoleónica.


Hoy sabemos que cuando, desde el siglo 13 en adelante, se discutía de religión en Europa en realidad se discutían nuevos y muy nuevos problemas con palabras y símbolos antiguos.


El dominio burocrático apelará por muy largo tiempo a las dicotomías, ya hoy aparentes, ilusorias, entre iniciativa privada y regulación estatal, o al dilema entre democracia y dictadura, o a la tensión entre libertad individual e interés social, o entre propiedad privada y propiedad social, o a la diferencia entre rescatar lo particular o someterse a la homogeneización. En una época en que cada uno de los primeros términos de estas dicotomías es simplemente ficticio o ha sido ahogado por el segundo de maneras estructuralmente nuevas, estas dicotomías pierden sentido como tales.


La iniciativa privada sólo tiene factibilidad y sentido bajo el imperio de la regulación creciente. Las democracias manipuladas, con altísimas abstenciones, con rotativas de partidos idénticos son, en la práctica, dictaduras. La autonomía y la libertad personal y, en otro plano, local o nacional, pierden todo sentido ante la manipulación de la socialización primaria o la red de la interdependencia económica desigual. La propiedad social es un sofisma que encubre la propiedad directamente administrada por la burocracia y que, sin embargo, esta no requiere para ejercer su dominio sino en situaciones extremas: todo podría ser "privatizado" sin conmover al poder burocrático como conjunto. El rescate de lo local o lo particular, de "la diferencia", es irrisorio en una situación en que se cuenta con los medios técnicos suficientes como para manipular la diversidad y hacerla, por esa vía, ilusoria.


El dominio burocrático se ejerce en dos planos fundamentales: el de la gestión productiva inmediata y el de la gestión económica global. Durante siglos la burguesía logró a través del dominio de la técnica, que revolucionaba constantemente, determinar y usufructuar de la división social del trabajo. Este dominio de la técnica quedó expresado de manera jurídica, política e ideológica en la figura de la propiedad privada, y en la forma correspondiente del trabajo asalariado.


La creciente complejización de la gestión productiva, tanto en el plano técnico como administrativo, tanto en volumen como en intensidad, ha alejado progresivamente a los propietarios del control directo y efectivo de los medios de producción. El control burocrático aparece aquí como una necesidad objetiva a partir del desarrollo de las fuerzas productivas: el técnico, el científico, el administrador, el consejero, el experto, el gerente. Toda una capa social que va lentamente convirtiéndose de dominada en dominante. De manera inorgánica, desigual, sin consciencia efectiva de sí. Un proceso que no es muy diferente del ascenso de la burguesía al interior de la lógica feudal en los siglos XI y XII.


Los dos espacios del poder objetivo de la burocracia se encuentran en el nivel de la gestión productiva y en el de la gestión global. Pero la sociedad burocrática se reproduce más allá de sus espacios de origen o de poder. Hay más burocratismo que el de los tecnócratas de la empresa o del Estado. La dinámica del capitalismo, con sus continuos y revolucionarios aumentos en la productividad, ha reducido progresivamente la fuerza de trabajo social directamente ocupada en la producción de bienes materiales de consumo por un lado, y ha tratado de regular las crisis de sobre producción por la vía de aumentar los niveles de consumo por otro. Esto ha llevado a la necesidad, que cada vez más resulta de carácter estructural, de crear capacidad de compra "artificial", en el sentido de que no deriva ya sólo del juego entre el trabajo productivo, la retribución salario y el consumo consiguiente, sino que obedece directa y explícitamente a la necesidad de dar salida a la producción. La industria armamentista, los gigantescos sistemas de seguridad social, las enormes inversiones en investigación y desarrollo, pueden ser consideradas en esta perspectiva.


Pero, por otro lado, desde un punto de vista social, esto ha llevado al revolucionario aumento de la proporción de la población activa dedicada a lo que buenamente se llama "servicios", a la que hay que sumar otros contingentes enormes que son distraídos de la producción directa de bienes a través de diversos sistemas de subvención de su lugar económico en la sociedad. Enormes burocracias estatales, enormes ejércitos, gigantescas masas estudiantiles, enormes masas de jubilados, cesantes subvencionados o, incluso, sub empleados, a través de intrincados sistemas de subvención indirecta que operan de hecho, sin políticas conscientes que los apoyen.


Más allá del poder y del dominio, toda la sociedad se burocratiza en virtud de este tercer origen de la burocracia como clase. En la época feudal todo hombre emprendedor pudo ser "caballero" en alguna medida, desde el rey hasta el paje. En la sociedad burguesa todos pudieron ser "burgueses" en alguna medida, desde Rockefeller hasta el que vende diarios o el recolector de cartones (¡el micro empresario!). De la misma manera, en la sociedad burocrática todos pueden ser burócratas, desde el presidente del Banco Mundial hasta el inspector de un liceo nocturno. Burócratas grandes y pequeños, eficientes e ineficientes, poderosos e insignificantes, geniales o, en general, mediocres, con poder para alterar la vida de muchos o de muy pocos, reemplazables por computadoras o irremplazables.


Tres fuentes para la burocracia: el técnico, el gestor global, el burócrata endémico. Todos los aspectos de la sociedad moderna se llenan de las marcas características de la manera burocrática de gestión.


La pequeñez, el formalismo, los celos profesionales, la defensa de las pequeñas garantías, la estupidez de lo que funciona sólo porque tiene que funcionar, la ineficiencia crónica en el trabajo y la mentira disimulada en los informes de producción, la negligencia y la falsedad, inundan la vida académica, científica, estatal, militar, civil.


Pero casi nunca de manera catastrófica. La índole del sistema es tal que siempre las cosas deben funcionar en general: muchos podrían perder su trabajo si esto no ocurriera. El asunto no es el paro general y desastroso sino, más bien, la marcha lenta, inorgánica, irracional, que revienta de vez en cuando por aquí y por allá: una central nuclear que se funde, un avión de guerra último modelo que es derribado en su primer combate, un telescopio espacial que no funciona. Escándalos grandes pero breves que, así funciona todo, pueden ser tapados con rapidez.


Y, junto a esto, el pequeño drama de la negligencia y la ineficiencia cotidiana: el computador que cobra de más, las calles que se inundan con las lluvias, el trámite que se demora, el semáforo que no funciona. Y, junto a esto, el parasitismo general: falsos postgrados que sólo sirven para llenar currículum, militares que nunca van a la guerra (salvo contra sus propios pueblos), o que apenas van las pierden, funcionarios que justifican el trabajo de otros que los justifican a ellos, programas de ayuda para el desarrollo que se pierden en miles de bolsillos privados.


A pesar de lo que parece, no intento mostrar a la sociedad burocrática como especialmente peor que otras sociedades de clase. Podría enumerar las brutalidades inhumanas que la burguesía ha llamado libre iniciativa, o la humillación permanente de los sistemas señoriales, o el despotismo absoluto del monarca esclavista. Pero no es ese el punto. La cuestión es, más bien, indicar como la sociedad burocrática tiene miserias que le son específicas, y que derivan de manera natural de la forma en que ejerce y reproduce su dominio.


El que una sociedad de clase sea peor o mejor que otra no es un asunto subjetivo, no puede serlo, puesto que hasta las formas sociales que nos parecen más aberrantes han sido capaces de crear ideologías que las hagan comprensibles y aceptables para sus propios miembros. Es sólo desde la posibilidad de otra realidad que la realidad vivida se hace intolerable. Para decirlo de alguna forma: sólo desde "más allá".


La burguesía creó el fantasma de una sociedad medieval oscura, despótica e irracional. Sin considerar el hecho de que la burguesía ha atribuido una buena parte de sus propias monstruosidades al pasado (el ejemplo típico es la Inquisición), hay buenas razones para sospechar de esa imagen. (Y sin, por ello, salvar o exculpar a la época feudal). La época feudal es oscura respecto de la cultura burguesa, no respecto de sí misma. Es irracional respecto de la nueva lógica que la producción moderna inaugura. Es despótica para el burgués, o para el siervo visto por el burgués, pero no lo es tanto para el siervo que se mira a sí mismo.


El mismo problema se produce al comparar los méritos de la sociedad burguesa con la burocrática, salvo en un aspecto: la sociedad burocrática, como la medieval, resulta totalitaria en su pretensión de armonía universal. La sociedad burguesa, por contraste, exhibe sin pudor su carácter contradictorio y catastrófico.


Si hacemos esta salvedad, que a la hora de la consideración subjetiva resulta crítica, podemos entender las críticas del proteccionismo burocrático al salvajismo burgués. Esto es, prácticamente, muy relevante, puesto que allí tendremos la crítica real, de una formación social a otra, es decir, la crítica de lo burgués que puede hacerse no desde los principios o desde las utopías, sino desde la situación concreta que se ha establecido, voluntariamente o no.


Esto es relevante por que podremos entonces comparar la realidad del dominio burocrático con las críticas que hace, y con nuestras utopías, es decir, podremos preguntarnos si lo que dicen superar lo superan realmente y cómo, si lo que dicen lograr lo logran realmente, y cómo. Y, también, por otro lado, si nuestras propias utopías rompen realmente con el continuo represivo o son, meramente, extensiones populistas de las críticas que el control burocrático hace a la burguesía en el curso de sus pugnas de clase.


Quizás este punto pueda entenderse mejor si consideramos la analogía histórica que representa la posición del movimiento obrero respecto de la utopía burguesa. En la práctica el movimiento obrero no hace sino apropiarse de la utopía burguesa, es decir, no pide sino lo que la misma burguesía declara buscar, y que la irracionalidad, la espontaneidad de su práctica le impide. Al hacerlo de esta manera el movimiento obrero no hace sino integrarse a la lógica del dominio burgués: todas sus pretensiones podrían, en el límite, cumplirse bajo el mismo continuo represivo, en la medida en que es racionalizado, en que es obligado a cumplir con su propia lógica. Los obreros piden más consumo, para la burguesía el aumento de los niveles de consumo no hace sino confirmar su propia lógica. Esto no sólo explica la progresiva asimilación del movimiento obrero al sistema establecido, su progresiva asimilación a las políticas reformistas y parlamentaristas sino que, también, explica su alianza natural con el poder burocrático. Tal como la burguesía alguna vez armó a los campesinos contra los terratenientes, tal como los organizó bajo sus utopías, persiguiendo en el fondo sus propios intereses, así ahora la burocracia, sépalo o no, se pronuncia por los intereses del movimiento obrero, lo alinea bajo sus ideales de racionalidad, orden y progreso.


En lo que la sociedad burocrática critica a la burguesa se puede discernir la utopía real, es decir, la utopía que la anima de manera efectiva, más que la que declara en su discurso. A partir de allí podremos confrontar la utopía operante, es decir, el discurso real y la vida misma, la operación real. Y podremos confrontar, también, por otro lado, nuestra propia utopía real, nuestro modo de proceder, el orden y la dirección de nuestras reivindicaciones concretas, para comprobar si efectivamente estamos en la dirección del fin de la lucha de clases o, simplemente, estamos agregando aguas al molino del dominio burocrático, que aún sin nuestra ayuda, podrá ganar, tengámoslo por seguro, su propia guerra.


Estas confrontaciones pueden ser un buen principio para una crítica del nuevo poder y, sobre todo, para una crítica de la inconsciencia con que nuestro voluntarismo se enfrenta a él.


La sociedad burocrática es, sin embargo, la más poderosa y sutil de la historia. Su racionalidad abarcadora y abstracta es su poder. No sólo cuenta con ejércitos de militares, cuenta además con ejércitos de periodistas, ejércitos de psicólogos, ejércitos de publicistas, que la afirman de manera férrea al nivel más profundo de la vida cotidiana. El totalitarismo de la razón científica, el poder abrumador del hedonismo y el halago corporal, el absurdo monstruoso del dominio y la estupidización de todos por todos, alcanzan en ella su máxima expresión.


El poder de la sociedad burocrática alcanza su expresión más propia y eficaz en su capacidad tecnológica para manipular la diversidad, para generar diversidad ilusoria, para mantener una centralización interactiva del control, que considera las diferencias locales entre los diversos sectores que administra y domina. A diferencia de la dominación clásica, en la sociedad industrial, que ejercía la dominación a través de la homogeneización, de la nivelación de las diferencias, de la uniformación creciente de los productos, las conductas, las aspiraciones, la sociedad burocrática puede dominar en, y a través de, la diversidad. A través de ella disgrega a los actores sociales en individuos puros, indefensos ante el poder de la administración global, o en clases standardizadas de sujetos, funcionales a los patrones de la dominación.


Ante este poder la crítica opositora vuelve a repetir su enajenación clásica: no puede salir del horizonte utópico de la sociedad que pretende destruir. Cuando el capitalismo podía ofrecer homogeneización el movimiento popular pedía justamente igualdad, acceso uniforme al consumo, productos masivos, reivindicaciones materiales. Ahora, cuando las sociedades industriales avanzadas han adquirido la capacidad tecnológica suficiente como para manipular la diversidad, la crítica que se pretende radical pide justamente el reconocimiento de lo local, de lo diferente. Mientras la crítica se disgrega en lo local el poder sigue siendo uno. Uno que puede manipular la disgregación.


El espectáculo triste de la enajenación de los distintos segmentos del movimiento popular a lo largo del siglo XX debe servirnos de profunda lección. La sucesión se repite: frente popular, intento revolucionario, política de consensos; feminismo liberal, feminismo radical, feminismo de la otredad; teología modernizante, teología de la liberación, teología de la reconciliación; teoría crítica, teoría revolucionaria, racionalidad comunicativa; ecologismo liberal, ecologismo radical, ecologismo pragmático. Reconciliación, otredad, consenso, racionalidad comunicativa, pragmatismo, son hoy algunos de los nombres de la disgregación manipulada, de la nueva escena de la enajenación del pensamiento crítico.


El poder de la burocracia (como ninguno otro) no proviene de la política, sino del lugar que, como clase tiene en la división del trabajo. La política, en su sentido moderno, como ejercicio de la ciudadanía, o en cualquier otro, es un espacio de articulación de un poder que ya existe, (o que quiere existir). Desde esa articulación que, por lo demás, no es la única posible, las clases dominantes consolidan y ejercen formalmente el poder que han construido desde la base material de las relaciones sociales. El espacio de la política moderna es un resultado, no el origen, de las relaciones sociales modernas. ¿Necesita la burocracia este poder para construir su hegemonía? No. ¿Lo necesita para consolidarla, es decir, para legitimar su dominio, y ejercerlo formalmente? Sí.


En el fondo la vieja distinción que estoy usando es la diferencia gramsciana entre hegemonía y gobierno. Gramsci fue el primero en proponer que una clase dominante puede ser hegemónica sin ocupar aún el gobierno de la sociedad. En la construcción de las hegemonías modernas en general la batalla por el espacio de la política ha sido la última en explicitarse y en decidirse. Salvo, por cierto, en la voluntad revolucionaria, cuyo carácter y novedad consiste justamente en proponerse invertir este proceso. Pero una cosa es que la voluntad revolucionaria haya querido construir lo social conscientemente, desde el espacio de la política, y otra cosa es que esto efectivamente haya ocurrido así. Sostengo que esta voluntad ha sido permanentemente sobrepasada por la fuerza de la efectividad, y de no ver esta ineficacia de la política derivan una buena parte de sus enajenaciones.


En concreto sostengo que el poder burocrático ha construido su hegemonía a espaldas de la política burguesa, socavándola lentamente, y ha empezado de hecho a vaciarla completamente de contenido. Hay múltiples procesos que apoyan esta hipótesis. El primero es la decadencia general de los mecanismos de representación. El "desencanto" de la democracia, que no es sino la experiencia de su ineficacia. El clientelismo creciente, y los mecanismos de auto perpetuación de las élites políticas. La creciente manipulación de la ficción de representación. El conflicto del experto versus el ciudadano en todas las decisiones públicas relevantes. Pero, más allá, el segundo, es el proceso de decadencia de la ciudadanía misma. Los límites progresivos a la libertad individual. La disgregación y la manipulación de la autonomía de la consciencia. La decadencia de la experiencia de autonomía personal.


Como cualquier otro dominio moderno, la dictadura burocrática se puede ejercer bajo la forma de una dictadura o bajo la forma de una democracia. La experiencia muestra que esta segunda es más eficaz para consolidar el dominio, para revestirlo de la legitimidad que lo hace operativo. La base de esta eficacia en el ideal clásico de la modernidad es que haya un consenso social que la sustente. En el caso de la burocracia este consenso no tiene porqué ser real. Su legitimidad puede articularse desde su capacidad tecnológica para producir consenso social de manera ficticia, a través de la desmovilización política de hecho, a través de una fuerte ficción de diálogo social, que encubre la manipulación, la interdependencia desigual entre los actores políticos. El "consenso" actual sobre la política económica en Chile es una buena muestra de algo que puede llegar a ser general. El "consenso" que se logra construir a propósito del terrorismo, o a propósito de la ineficacia crónica del socialismo, son otros ejemplos. "Consensos" que tienen un profundo impacto político, pero que no están básicamente construidos, ni sustentados, en el espacio de la política.


b. Preguntas y objeciones mínimas

Se podría preguntar, al respecto, ¿pueden los políticos oponerse a la burocracia? Creo que esta pregunta es errónea en su fundamento. Los políticos son parte de la burocracia. Siempre la política ha estado dentro del juego de las legitimaciones del poder. Cuando los ciudadanos logran hacer política por sí mismos, organizados o no, aparecen simplemente como subversivos.


La pregunta ¿pueden los ciudadanos oponerse a la burocracia? debe responderse en dos planos muy distintos. Primero una cuestión empírica ¿existen los ciudadanos? Segundo una cuestión de voluntad: aunque no existan, deben existir. Es sólo desde esta segunda premisa que puede hacerse real la primera. En la sociedad burocrática el sujeto revolucionario posible debe ser construido. No existe de manera natural, ni aparece de manera espontánea. En realidad, si pensamos este asunto con profundidad, nunca un sujeto revolucionario puede aparecer de manera natural, ni menos de manera espontánea.


¿Se despliega el poder burocrático sin ninguna resistencia? Creo que para responder seriamente esto es necesario preguntarse de modo general por la manera en que un modo de vida global va reemplazando a otro. Cuando el análisis se detiene en la superficie de lo político se razona como si los sujetos de la resistencia existiesen como sujetos constituidos, autónomos y conscientes. Mi opinión es que esto sólo se da en un estado muy tardío, casi terminal, en el proceso de consolidación de un nuevo poder.


Los modos de vida se establecen en general a espalda de la consciencia de los individuos, incluso de sus propios actores. Es sólo en el ciclo de su culminación, cuando la hegemonía busca convertirse en gobierno, cuando aparece la "política" que le es propia. La burguesía desarrolló su hegemonía por lo menos durante cuatrocientos años antes de encontrar en la democracia moderna la forma política que le es propia, y antes de encontrar, en los obreros industriales, el sujeto de una resistencia posible.


Antes del advenimiento de la política en sentido propio lo que se suele llamar "resistencia" no es sino la historia dramática de la fragmentación, la pérdida de sentido, la locura y la delincuencia, de los sectores sociales avasallados por la nueva eficacia. Ocasionalmente consciente, ocasionalmente violenta, siempre precariamente organizada, esta "resistencia" no es sino la vida de la muerte de lo superado.


Suele haber en la crítica de izquierda, sobre todo en el campo de la historia, una curiosa nostalgia medievalista al respecto. Se han narrado una y otra vez, con exquisito detalle, las crónicas de los infinitos episodios de la derrota. Las comunidades en el campo inglés o en las ciudades medievales, la América del siglo XVI, la permanente derrota de las comunidades dependientes. Este pasado de solidaridad y lucha es considerado pedagógico, y se espera invariablemente su resurrección, o su reproducción por analogía. La nostalgia viste con el carácter de "política" a la crónica de la derrota. En contra, una vez más, del sentido común, yo creo que esta es una mala nostalgia y un mal concepto de la política. La única nostalgia útil es la nostalgia del futuro. La nostalgia que se dedica al pasado es hermosa, pero su esteticismo no alcanza a la belleza, que sólo puede dar la lucha real, y su aliento sólo lleva a la voluntad el mensaje oculto de la resignación.


Para una perspectiva no mesiánica, que no extraiga su fuerza de un pasado heroico que debe volver, es necesario otro concepto de resistencia. Es necesario reconocer que sólo se puede hablar genuinamente de resistencia cuando esta surge de la consciencia, es decir, cuando resistir y buscar un mundo nuevo coinciden. O, también, cuando el componente político de la resistencia se ha impuesto por sobre el componente existencial.


Puestas las cosas de esta manera, creo que el poder burocrático se ha ido imponiendo prácticamente sin resistencia. La tendencia general de la economía capitalista hacia la especulación financiera, y hacia el capital de gestión altamente tecnológica, muestra la escasa resistencia de la burguesía. Tal como la aristocracia terrateniente feudal pudo prolongar su dirigencia avasallada por la hegemonía burguesa a través de pactos políticos de sustentación mutua, así también, hoy, el pacto burocrático - burgués prolonga el gobierno, y la ilusión de gobierno, capitalista.


Desde luego podemos volver a contar las infinitas crónicas de la resistencia fragmentaria a la nueva industrialización global, con sus patrones de integración y marginación, y con sus invariables derrotas. Sugiero que en lugar de buscar en cada uno de esos espacios fragmentarios la comunidad mesiánica de nuestros sueños, exploremos seriamente las condiciones bajo las cuales la voluntad puede construir un sujeto revolucionario.


En cuanto a este asunto al menos puedo decir lo siguiente: si alguien puede hacer la revolución esos son los trabajadores. En concreto, y de manera material, aquellos que están en posición de dominar la división social del trabajo. Es necesario distinguir entre revolucionarismo y revolución. La ciudad sólo puede ser tomada desde dentro. Desde la marginación se puede iniciar una revolución, (cada vez menos) pero no hacerla.


Una pregunta, un poco más angustiosa, es si el poder burocrático tiene contradicciones internas que puedan llevarlo a su fin. De nuevo aquí el problema es la profundidad con que abordemos la pregunta.


En un sentido esencial, como todo, por supuesto que tiene contradicciones, y a través de ellas llegará a su fin. El que una formación social sea superada, sin embargo, no tiene porqué significar que se convierta en la que deseamos. El caso del capitalismo es el más evidente. Sostengo que la superación del capitalismo lleva de hecho a una nueva sociedad de clases. Esto no tiene, ni tenía, porqué ser así. La necesidad histórica no es determinista. Pero es un hecho. La pregunta entonces no es si la sociedad burocrática será superada (lo será), sino si podremos convertirla en la sociedad que queremos.


Al respecto vale la pena recordar qué clase de situaciones se entendían como contradicciones del capitalismo. Por un lado las de carácter estructural: la tendencia a la baja en la tasa de ganancia, la tendencia a la concentración monopólica del capital, la tendencia a las crisis cíclicas de sobre producción, todas asociadas entre sí. Por otro lado las de carácter político, o incluso ético: el empobrecimiento absoluto y relativo, la contradicción entre los intereses de la producción y las necesidades del consumo, la fetichización de la mercancía y del capital.


Hoy es obvio, y puede considerarse un resultado empírico, que ninguna de estas contradicciones llevó, ni llevará, desde el capitalismo a la sociedad comunista; aunque, desde luego, son mecanismos que operan en la construcción progresiva de la hegemonía burocrática. Es igualmente obvio que es sólo a partir de estas contradicciones que podía ponerse en juego la voluntad revolucionaria.


Hay, al respecto, una distinción clásica, en la tradición leninista, entre condiciones objetivas y subjetivas de la consciencia revolucionaria. Sugiero que es preferible cambiar los términos de esta distinción para enfatizar el poder de la efectividad sobre la consciencia. Es mejor distinguir entre las condiciones estructurales y las condiciones existenciales de la voluntad. Desde luego todas las condiciones son objetivas (también las subjetivas). Lo que quiero enfatizar es que es la voluntad la que convierte a una consciencia en revolucionaria.


Llamo condiciones estructurales de la voluntad a las contradicciones que un sistema tiene y bajo las cuales no puede alcanzar su concepto, quedando obligado a formaciones sustitutivas, y en posición de ser superado. En el caso del capitalismo, la intervención del Estado en la regulación del conflicto entre el capital y el trabajo es, claramente, una formación sustitutiva allí donde la supuesta transparencia y eficacia reguladora del mercado simplemente no funciona. En este caso la contradicción estructural que opera es la tendencia al desequilibrio que resulta del alto grado de planificación en la producción, enfrentado al desconocimiento y la anarquía del mercado.


Una crítica estructural del poder burocrático exigiría encontrar este tipo de contradicciones, aquellas que ponen en peligro internamente su factibilidad. Me atrevo a sugerir al menos la siguiente. La utopía burocrática requiere del conocimiento completo de las acciones sociales, de sus causas y consecuencias posibles. Sólo así el ideal de la regulación general podría alcanzar su concepto. Este conocimiento resulta, sin embargo, fuertemente afectado por la contingencia efectiva. Esto hace que la burocracia tenga que racionalizar a la fuerza su actuación en torno a explicaciones y legitimaciones sustitutivas, a través de las cuales conciliar la diferencia entre su saber y la realidad. Pero este marco de saber sustitutivo, cuya función es dar coherencia (ideológica) a la acción se vuelve justamente en contra de la aspiración de dominar la realidad a partir de la cual fue creado. La gestión burocrática se envuelve de esta forma en una espiral de ilusiones y auto engaños que la hacen vulnerable y propensa a la crisis.


Es importante, sin embargo, aclarar dos cuestiones. Primero, esta tendencia a la "crisis cíclica de sobre información" es incapaz, por sí misma, tal como las otras crisis clásicas, de derrumbar el sistema. Pero lo hacen vulnerable, sobre todo ante quienes puedan controlar democráticamente la destrucción del excedente informativo y distinguirlo de la realidad.


Segundo, cuando hablo de contingencia efectiva no me refiero a algún azar incontrolable, o a alguna mística de la libertad. En particular porque en la sociedad burocrática la ilusión de libertad y autonomía está fuertemente manipulada, y produce, y seguirá produciendo, toda clase de espejismos reformistas. Me refiero simplemente a que la sociedad burocrática se instala sobre un terreno histórico real caótico, que tendrá que "civilizar" a costa de grandes esfuerzos para obtener la claridad informativa que requiere, terreno que produce además, por sí mismo, efectos de sobre información y enajenación informativa. Es útil al respecto recordar la distorsión que implicó para la articulación del mercado capitalista su instalación real en un mundo histórico lleno de diferencias y desniveles. O, para decirlo de manera breve, recordar que el mercado capitalista nunca ha sido transparente, y que la libre circulación liberal sólo ha existido como modelo, en el papel.


Pero, aunque las condiciones estructurales sean el fundamento, son sólo las condiciones existenciales las que pueden mover a la voluntad.


Llamo condiciones existenciales de la voluntad a las que surgen de la situación de vida concreta que afecta a los individuos, o a los pequeños núcleos de la subjetividad social. En el capitalismo la condición esencial es la pobreza, y las múltiples secuelas de la postergación. Y entre los burgueses el sin sentido, y la falta de reconocimiento auténticamente humano. Sugiero que en la sociedad burocrática, entre los integrados, la principal condición que puede precipitar la voluntad revolucionaria es la mediocridad general de la vida. Y entre los marginados la experiencia del permanente engaño de la diversidad manipulada.


Tal como en la sociedad burguesa hay una contradicción entre enriquecimiento y empobrecimiento, en la sociedad burocrática, que funciona con altos patrones de consumo y marginación radical, hay una contradicción entre el contenido utópico que el consumo promete y la experiencia general de frustración, radical entre los marginados, solapada entre los integrados, manipulada en ambos casos.


Tal como en la sociedad burguesa la filantropía ofrecía un espacio para limpiar algo de culpas a través de su bondad interesada, en la sociedad burocrática la violencia y el despilfarro, fomentados y manejados a través de la industria del espectáculo, ofrecen un espacio de desahogo a la frustración general. Tal como la filantropía es una bondad interesada, en el caso de la sociedad postmoderna se trata de una violencia mediocre, que no cambia el mundo, que no destruye a gran escala, que permite una ficción microscópica, instantánea, pero eficiente, de omnipotencia y autonomía, una violencia vacía.


Sostengo que es en esta clase de problemas donde hay que buscar una nueva teoría de la enajenación, que amplíe y complete la teoría clásica de Marx, y que sirva como fundamento de una política posible. Creo que en esa teoría el papel de la fetichización de la subjetividad debe ser tan central como hasta ahora lo ha sido la idea de fetichismo de la mercancía.


La dominación burocrática ¿inexorablemente va a engendrar el nuevo sujeto revolucionario? No. Tampoco el capitalismo lo hizo. Una cosa es que haya condiciones estructurales y existenciales para la constitución de un sujeto revolucionario, otra muy distinta es que esas condiciones se encuentren con la consciencia. Un sujeto revolucionario no se da, se hace. Sólo puede surgir de un esfuerzo de la voluntad y de la consciencia. ¿Un esfuerzo respecto de qué?: de nuestra propia producción, que aparece ante nosotros como "lo dado" solamente porque no la dominamos.


Conviene, en este sentido, precisar qué es lo que debemos entender por revolucionario. Es conocida la afirmación de Marx de que "la burguesía es una clase altamente revolucionaria". Lo esencial en la idea de revolución no es que haya un cambio radical (debe haberlo), o que haya violencia política (podría no haberla), sino que lo afectado por ese cambio radical sea el modo de producir socialmente la vida. Y esto es, propiamente, lo que debe ser llamado "violencia", haya "toma del Palacio de Invierno" o no.


Además de la distinción entre revolucionarismo y revolución es necesario distinguir entre revolución estructural (en el mundo de la producción) y revolución política. En términos gramscianos la diferencia está entre lo que ocurre al nivel de la construcción de hegemonía, y lo que ocurre al nivel del gobierno.


La escalada social revolucionarista es capaz de cambiar gobiernos, pero no altera las relaciones hegemónicas en lo que tienen de esencial, es decir, no altera el mundo de la producción social, por mucho que pueda servir para iniciar este cambio. Un caso claro de esto es la relación entre la revolución 1910 - 1920 y la consolidación del capitalismo dependiente en México.


Una revolución estructural (en sí) es aquella que afecta básicamente al modo de producción, desencadenando desde allí los cambios en la esfera jurídica y política. Es claramente el caso del capitalismo, o del paso gramsciano de la hegemonía al gobierno. En mi opinión es también el caso de la revolución estalinista entre 1928 y 1938.


Una revolución política (en sí y para sí) debe desencadenar ambos procesos, político y estructural, desde el ejercicio de la voluntad consciente. Este fue el sueño (fallido) de la revolución bolchevique entre 1917 y 1927. Y este es, creo yo, el concepto de revolución comunista en que pensó Marx.


¿Es o no violenta la irrupción de la hegemonía burocrática? ¿Ha terminado la era de las revoluciones moderna?


La constitución de la hegemonía burocrática, como ya antes la de la hegemonía burguesa es, y seguirá siendo, extremadamente violenta, incluso en forma física. Otra cosa es que esta violencia se exprese o no como violencia política. Los radicales cambios ocurridos en Inglaterra en los siglos XVIII y XIX son una muestra del desarrollo burgués, los ocurridos en Japón desde 1868 son una muestra de esto en el caso de la burocracia.


En este sentido, creo que una buena parte de la tradición marxista ha vivido, y sigue viviendo, alrededor del espejismo de las revoluciones francesa y rusa. Se espera, casi mesiánicamente, una "toma de la Bastilla", o una "toma del Palacio de Invierno". Se adoran las fechas precisas y los lugares precisos: el 26 de Julio, la Plaza de la Revolución, etc.


Aún sintiendo un gran respeto, y cariño, por estas mitologías sagradas, la verdad es que la realidad es mucho más prosaica. Y también más conmovedora, profunda, densa, llena de contenido. La única revolución rusa que efectivamente resultó es la de Stalin, no la de Lenin. La verdad de la revolución francesa no son los jacobinos, ni el terror, sino la consolidación del capitalismo. Inglaterra no necesitó más que una cabeza de Rey, y Japón no más que un cambio dinástico, para que sus procesos políticos se adecuaran a la revolución profunda efectuada desde el mundo del trabajo. Estados Unidos no necesitó más que la idiotización progresiva de los ciudadanos para pasar de la hegemonía capitalista al dominio burocrático.


¿Ha terminado la era de las revoluciones modernas? No. Lo que debe terminar es la ilusión de que un golpe contra el gobierno es ya una revolución. Lo que debe ocurrir es que la voluntad revolucionaria se apodere de la revolución estructural y la convierta en revolución política.


Otra cuestión es si la burocracia, en la construcción de su hegemonía, apela al interés de toda la humanidad bajo la forma de un ideal emancipador. Yo creo que sí lo hace. Al respecto creo que el cinismo ecologista de las grandes corporaciones es más representativo de la ideología burocrática de nuevo tipo que el nihilismo oportunista de los filósofos postmodernos. Este sólo sirve para barrer con los ideales de la modernidad, el primero, en cambio, sirve para construir. Maturana y Flores son más útiles que Derrida y Boudrillard.


Lo que hay que entender, sin embargo, es que este ideal emancipador de nuevo tipo, este proyecto de "concluir el proyecto de la Ilustración", no opera bajo las claves clásicas del reduccionismo y la homogeneización, sino bajo los emblemas de la diversidad y el pluralismo discursivo. Esto es extremadamente importante, porque si se quiere criticar esta racionalización del nuevo dominio lo importante no es buscarle una vez más un principio reductor, o un ethos nivelador sino, al revés, buscar justamente las claves desde las que le resulta posible sostenerse como poder en la diversidad.


Este es un punto en que la crítica postmoderna de izquierda se equivoca de manera fundamental. Siguen intentando criticar al poder postmoderno como si fuese un poder moderno, meramente ilustrado. Es en este punto donde creo que ideas como tolerancia represiva, manipulación de la diversidad, interdependencia desigual, enajenación informativa, pueden ser más útiles que la eterna deconstrucción de una razón que ya no quiere aparecer como Una (aunque lo sea), y que se ufana de su diversidad.


¿Desde dónde se manipula la diversidad si no es desde el Estado? El problema aquí, relacionado con el anterior es la función que ocupa la política en la legitimación de la burocracia. He afirmado que el dominio de clase no se origina en la política y puede desarrollarse sin ella. ¿Significa esto que la política está destinada a desaparecer? Lo que creo es que todo este problema debe ser historizado. ¿Tenderá a desaparecer la política moderna? Sí. ¿Desaparecerá la política? No.


Es cierto, por un lado, que el Estado ha cumplido un papel importante en el desarrollo de la hegemonía burocrática. Y ha podido hacerlo justamente en la medida en que ha sido también el centro de la política burguesa. Pero en una sociedad capaz de manipular la diversidad esto no tendría por qué seguir siendo así. Creo que la política al estilo liberal seguirá existiendo por un buen tiempo, pero irá perdiendo progresivamente su contenido y poder. O, para decirlo más duramente, se irá convirtiendo progresivamente en una parte más de la industria del espectáculo.


Cuando nos preguntamos entonces desde dónde se manipula, debemos buscar la respuesta más en las corporaciones transnacionales, y en los organismos supra nacionales de regulación global, que en la política formal. Los políticos mandan cada vez menos. La legitimidad del poder pasa cada vez menos por ellos, como no sea en una función decorativa, como en las "grandes democracias occidentales".


Que estos sean los hechos no significa, por cierto, que sean deseables. Lejos de una concepción minimalista o instrumentalista de la política lo que propongo es, justamente al revés, recuperar las virtudes de la utopía política liberal... e ir más allá de ellas, en la dirección de la humanización y la autoconciencia.


Sin embargo, por otro lado, la pregunta misma debe ser analizada. ¿Desde dónde se manipula? Creo que hay algo básicamente erróneo en esta pregunta. Quizás para entender porqué se podría hacer otra, análoga: ¿desde dónde concurre la burguesía al mercado? Parece una pregunta extraña. Pero esa es la pregunta análoga. El problema es que estamos acostumbrados a pensar que hay burócratas en un solo lugar, en el Estado. En cambio sabemos fácilmente que hay burgueses en muchos lugares, digamos, en cada industria o cada banco. Sin embargo esta es una mala costumbre por dos razones básicas. Primero, porque confunde la función con el lugar. Segundo porque lo más relevante de la hegemonía burocrática no necesariamente está en el Estado, aunque ese pueda ser un caso históricamente real.


Desde luego hay lugares desde donde se ejerce la regulación, a la que, desde un punto de vista valórico, llamo manipulación. Como he afirmado más arriba, sobre todo en las grandes corporaciones transnacionales. Pero el asunto esencial no es ese. Lo relevante es que la función burocrática por excelencia es la regulación.


Quizás conviene explicitar un último aspecto de este problema. ¿Es desde los Estados nacionales que se manipula? Cada vez menos. Creo que la realidad de los Estados nacionales está en plena decadencia, como la democracia liberal y la autonomía del individuo. El nacionalismo, que parece estar en auge, no es más que una nostalgia del pasado, que encubre los procesos de globalización real. La Unión Soviética y Yugoslavia se dividen... para ser colonizados. La Comunidad Europea y el Nafta se integran... para mejorar la colonización interior. Separando o juntando, la globalización es el contenido real.


¿Es el Estado un epifenómeno de la actividad de los burócratas? No. El Estado es una tarea más dentro de esa actividad. Pero, aún en el caso de que sea sólo un epifenómeno, no veo por qué esto tenga que considerarse como una objeción. ¿Y si efectivamente lo fuera qué?, ¿estaría equivocada la realidad? ¿Es esto un reduccionismo de la política? De la política moderna sí, de la "política" burocrática no.


¿Deriva la teoría del poder burocrático de una imagen lineal del desarrollo moderno? No. La metáfora del desarrollo lineal, desde el centro hacia la periferia, fue superada ya en el curso de las discusiones en las Teorías de la Dependencia. La modernidad es, desde su inicio, más allá de las contingencias de su expansión, un fenómeno global. No hay países más desarrollados y menos desarrollados. Hay países que han desarrollado su desarrollo en correspondencia con, y debido a que, hay países que han desarrollado su subdesarrollo. La teoría del poder burocrático es una teoría global construida para dar cuenta de un momento histórico global. La diferencia entre desarrollo y marginación ya no es geográfica, atraviesa cada país, cada ciudad, cada actividad, en todo el planeta.


Ya Weber habría indicado como característica definitoria del capitalismo moderno la aplicación del conocimiento teórico a la técnica de producción, ¿significa esto un desmentido a las teorías que basan su validez en la novedad de este hecho? A pesar de que la "novedad" posible de este hecho me interesa bastante poco, me importa indicar la siguiente diferencia respecto de Weber. Mientras él afirma que es característico de la modernidad la aplicación del conocimiento teórico a la técnica de producción, lo que sostengo es que lo característico de la postmodernidad es más bien la legitimación de la técnica de producción a través del "conocimiento" teórico.


En este punto se encuentran la reflexión epistemológica sobre la relación entre saber y poder, con la reflexión política sobre el poder burocrático. De la primera, y en contra, una vez más, del sentido común, creo que es posible obtener la idea general de que el saber no es sino el discurso del poder. Voy a ser más explícito: no es porque sepamos algo de la realidad que llegamos a tener poder, es porque tenemos poder que decimos que sabemos algo. El discurso que se llama saber articula el poder, no lo origina, ni lo hace posible. De la segunda, la reflexión política, creo que es posible sostener que esta relación general se hace históricamente real y efectiva, explícita y visualizable, sólo bajo el dominio burocrático.


También, por último, se han hecho críticas generales al análisis de clases que está en la base de una teorización como esta. El análisis de clases que postula al poder burocrático como un nuevo poder sería a) una simple analogía; b) abstracta; c) inoperativa; d) reduccionista.


Es importante notar, a pesar de los hábitos mentales contraídos desde las modas intelectuales imperantes, que estas cuatro críticas son independientes entre sí, no tienen porqué implicarse mutuamente, y no tienen fuerza probatoria alguna, por muy impresionantes que parezcan.


Desde luego el que una hipótesis sea construida por analogía (simple o complicada) no nos dice nada acerca de su verdad, conveniencia, o adecuación posible. Incluso cuando se construye una analogía sobre un referente erróneo el resultado no tiene porqué ser erróneo, puesto que los puntos que se hacen análogos, que eran inadecuados para la primera situación, no tienen porqué serlo también para la segunda.


De la misma manera, difícilmente la palabra "abstracta" puede ser por sí misma una crítica, a no ser que se use expresamente como adjetivo (en cuyo caso tampoco lo es). La Teoría General de la Relatividad, o las teorías económicas neoclásicas, son altamente abstractas, y a nadie se le ocurriría señalar que ese sea su defecto. Desde luego el grado de abstracción no nos dice nada sobre su operatividad, como muestran los precisos experimentos que se deducen de la Relatividad, o las definidas políticas económicas que se siguen de las teorías neoclásicas. No hay ninguna conexión lógica entre abstracción y operatividad. A no ser que uno entienda por abstracción simplemente el negarse a desarrollar las consecuencias posibles de una teoría abstracta.


Ni siquiera el que una teoría sea "inoperativa" puede ser una objeción realmente seria sobre la verdad, la adecuación o la conveniencia. Salvo, claro, que uno defina el carácter de verdad a través de la operatividad, epistemología que se ha hecho sospechosa desde hace bastante tiempo. Quizás el reclamo es más simple, quizás sólo se nos pide, en general, que de la teoría se sigan consecuencias que se puedan poner en práctica y cambien la realidad de algún modo. Pero si es eso, justamente no se puede decir que la teoría de clases sea "inoperativa", ni siquiera en su versión reduccionista. Que de ella se hayan obtenido "operaciones" que no nos gustan, o que consideramos fracasos, no significa que no hayan sido operativas.


Y el reduccionismo, por último, no tiene porqué ser, por sí mismo, un defecto, a no ser que se especifique qué efectos nocivos son los que lo hacen inconveniente. La verdad es que sería muy difícil encontrar, e incluso formular, una teoría científica no reduccionista, salvo, por cierto, que uno entienda por tal cosa la simple enumeración caótica de factores, sin jerarquía, que sí sería, claro, muy poco operativa.


La teoría del poder burocrático que propongo está construida por analogía, pero no desde el reduccionismo de clase, y aunque debe confrontarse con la práctica no tendría porqué ser "operativa", y aunque sea abstracta (digo que sí lo es) o reduccionista (digo que no lo es), eso no nos dice si es más o menos útil, o verdadera, o conveniente.


Todas estas preguntas nos llevan al problema teórico de qué formulación del marxismo estamos usando como fundamento para hacer verosímiles las tesis diagnósticas enumeradas hasta aquí. O, para enfatizar aún más este punto, qué formulación verosímil del marxismo hace verosímil la política implícita en estas respuestas.


A este problema de fundamento dedico el capítulo siguiente, para volver luego sobre las polémicas posibles que esta postura implica.