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De Carlos Pérez Soto
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Prólogo a la Primera Edición

“Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos que esos objetivos sólo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están generando, las condiciones materiales para su realización”


Carlos Marx, Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, 1859


Los viejos generalmente obran y hablan en nombre de sus desengaños, de sus fracasos, que ellos llaman experiencia, como si todos debiéramos fracasar en la vida y desengañarnos.


Vicente Huidobro, Vientos Contrarios, 1922


Quizás todo intento de refundar el marxismo debería empezar con un recuento de lo que ha ocurrido, de lo que es posible “rescatar” del enorme naufragio, de lo que deberíamos aprender a evitar. Debería, en suma, “aprender de la experiencia”. La opción que prefiero, en cambio, parte radicalmente de la cruel y profunda constatación de don Vicente Huidobro, poeta y mago, que he recogido en el segundo epígrafe: ya basta, basta de mirar la historia desde el subterráneo indigno de la derrota.


Se podría creer que contar la historia del marxismo es necesario porque los jóvenes de hoy ya no la conocen, porque llevan sus impulsos de cambio a ciegas, sin saber lo que ciento cincuenta años de lucha podrían aportarles. Mi opinión, sin embargo, es que nuestro problema es al revés: no logramos deshacernos del lastre de lo que no fue. El marxismo clásico actúa en nosotros a la manera del síntoma freudiano, es decir, como una serie de "recuerdos" que "no recordamos", y que se expresan en nuestras conductas, manifestando su realidad latente. Una y otra vez la generación de la derrota trasmite su desencanto y sus resignaciones rencorosas sobre los jóvenes, haciéndolos viejos antes de empezar. Haciéndolos viejos sin que ni siquiera lo sepan, atrapándolos en las ideas y las formas de hacer política que fueron inventadas para realidades que ya no existen, y que fracasaron dramáticamente.


La historia del marxismo clásico actúa en nosotros de esta manera, cuya fuerza reside en que no sale nunca a la luz, gobernándonos desde un cierto "sentido común de la derrota", desde una serie de obviedades, que los jóvenes repiten sabiendo cada vez menos cuál es su origen, controlando cada vez menos si quieren vivirlas o no. Se trata de los clásicos tics en que la izquierda clásica expresaba su neurosis, su división entre los sueños y el mundo, que reaparecen ahora, como si viviéramos aún en esa misma historia. Los jóvenes de la Enseñanza Media discuten de la misma manera que sus abuelos, en los años sesenta, los jóvenes en la Universidad discuten como lo hicieron sus padres, los no tan jóvenes siguen discutiendo igual que hace treinta años, como si el mundo no se hubiera movido un milímetro, como si no los hubiera aplastado una y otra vez.


Palabras nuevas para las viejas ideas, ideas antiguas para los nuevos problemas, la izquierda fósil no sabe salir de la combinatoria de ideas que le permitió legitimarse, tanto en sus luchas heroicas, como en las dictaduras infames que gobernó. Y los jóvenes no saben salir de todo aquello que no saben, aprendido por osmosis, de la vida política mediocre, de las nostalgias tristonas, de las quejas que nunca ven los futuros posibles sino a través de la memoria innoble de las derrotas.


Ya basta, ahora es necesario “olvidar” el marxismo clásico, y reinventar el marxismo. Ya es suficiente de derrota y desencanto, ya es suficiente de repeticiones vacías de lo que nunca ocurrió.


Para abordar esta tarea es necesario volcar toda nuestra energía hacia el futuro, hacia la vida posible. Es necesario abandonar las cargas del pasado tristón y volver a creer que la revolución es posible bajo nuevas perspectivas, bajo una nueva voluntad.


Pero, ¿cómo es posible olvidar aquello que no se recuerda? No se trata del olvidar simplemente, del que se queda igual, y vuelve una y otra vez, de ese olvido que opera en nosotros, por debajo de nuestra piel, en nuestros actos, en nuestras acciones u omisiones políticas, sin que ni siquiera sepamos que está allí, agazapado, determinándonos. Se trata más bien del olvidar consciente, victorioso, movido por la voluntad, en que el pasado no deja de ser, pero nos deja libres.


Se trata, podríamos decir, de lo que la palabra "superar" quiere decir, en el lenguaje de la dialéctica, pero que quiero enfatizar aquí como "olvido", para hacer notar el hecho de que esto, que propongo superar, actúa en nosotros como memoria oculta, como maldición oculta, atándonos al pasado. Esa "eterna y vieja juventud, que me ha dejado acobardado, como un pájaro sin luz", de la que habla el tango subjetivo, pero magnificada a escala social, reapareciendo en cada generación, como si los jóvenes ya no pudieran ser jóvenes, y estuvieran destinados a ser viejos desde el momento mismo en que se preguntan por la política.


Quizás contar la historia del marxismo clásico podría tener hoy un sentido político inmediato. Contar la historia de lo que debe ser superado. Hacer historia para saldar las cuentas de una vez. Hacerla para los jóvenes, aunque ellos no tengan las deudas que nosotros tenemos, y para que no las hereden debido a nuestra incapacidad sistemática para salir de la derrota.


Pero no. No voy a detenerme en esa historia sino para rechazarla. No voy a detenerme en el pasado sino para afirmar la vocación del futuro. Si se trata de la revolución, los que luchan deben aprender a no mirar atrás. El futuro, sólo la manera en que desde el presente se hace futuro, es lo relevante. Y yo creo que hoy el problema de los que quieren vivir para cambiar el mundo, de los que luchan bajo la voluntad de que el comunismo es posible es, como siempre, el mismo: se trata de la revolución.


Tres son los supuestos inmediatos que requiere un esfuerzo de esta clase. Una izquierda grande, un marxismo inventado de nuevo, desde Marx, una voluntad comunista de nuevo tipo. Una izquierda que no es grande por el número, como es demasiado obvio, pero que debe serlo por su capacidad para contener a todas las izquierdas. La gran izquierda como patria grande, en que se han borrado por fin las fronteras que nos trazó el enemigo, y podemos sumar, y empujar juntos. Un marxismo que haya asumido el dramático cambio en el mundo, la enajenación de la voluntad revolucionaria clásica, los sutiles desarrollos de la Ciencia Social del siglo XX, y que piense el presente desde el presente, reinventando a Marx, con su consentimiento o sin él. Una voluntad comunista de nuevo tipo, que haya asumido la dura lección del totalitarismo marxista posible, que sepa dar la batalla en el campo actual, por debajo de la consciencia y en ella, erotizando la vida, pidiendo lo que el poder no puede dar, desconfiando de la comodidad prestada de las nuevas formas de la enajenación.


Es posible distinguir claramente entre Marx, los marxistas clásicos, y nosotros, los que de nuevo creemos que es posible ser marxista, los que creemos que el comunismo es posible. Y, hecha esa distinción, es posible, es necesario, es urgente quizás, sacarnos de encima el bulto de los cien años del marxismo clásico, e inventar de nuevo. Si alguien quisiera volver la mirada nostálgica sobre sus pasos la idea sería, entonces, explicitar cuál es ese bulto, conocerlo, ponerlo al desnudo. No para valorar, no para rescatar, no para salvar, no para redimir, no para exculpar, sino simplemente para saber qué es necesario abandonar antes de iniciar de nuevo el viaje.


No tiene sentido llorar sobre lo que el pasado pudo ser y no fue. No tiene sentido moralizar sobre lo que el pasado fue realmente, aunque no lo quisiéramos. Se han hecho ya demasiadas "evaluaciones" que no hacen sino prolongar la misma lógica de la bancarrota. No se trata de volver a "evaluar". El ejercicio debería ser más simple y, si se quiere, más cruel: se trataría de abandonar sin más pasión que un nostálgico humor por lo que tanto se amó, y se ha perdido. Abandonar con humor, con el humor que corroe suavemente, lo que ya ha sido sobradamente castigado. Tan sólo una breve comedia, que nos permita despedirnos alegremente de nuestros dioses.


Y el humor no es para nada un detalle pedagógico en todo esto. Se trata de romper con la seriedad clásica. No para pensar más livianamente, no para flotar mejor, sino simplemente como un preservativo, que nunca está demás, y que debiera molestar muy poco, contra el retrovirus impenitente del totalitarismo. No más seriedad, no más derrota en el pensar. Vayamos alegremente a dar la vida de nuevo, a arriesgarnos, a forjar la voluntad que forja a la teoría, a forjar la teoría que requiera la voluntad. Como siempre, es la vida, nuestras vidas, lo que está en juego en todo esto. Pero ese detalle no debería tener tanta dramática importancia. Se trata de vivir, simplemente, de no dejarse morir en la mediocridad cotidiana. No tenemos para qué armar tanto escándalo al respecto. Los escándalos hay que hacérselos al poder, no a nuestra autoestima tantas veces dañada.


Pues bien, a prepararse viejo y querido Lenin, viejo incomprendido Kautsky, viejo viejísimo Bernstein, vieja querida de siempre Rosa, porque voy a preparar el funeral alegremente, porque me voy a reír de sus ingenuidades, porque voy a contar los errores atroces, y las guerras grandiosas, porque voy a sacar del baúl los cadáveres de cera, para ir a dejarlos por fin a su tierra natal, en el pasado. Me voy a la ciudad, viejos queridos, y los dejo en sus sueños semi rurales de alianzas obrero campesinas. Me voy a las estrellas, byte a byte, por los subterráneos de las nuevas telarañas del imperialismo, para salir a la luz, al aire al fin, en la ciudad global, en las anchísimas alamedas del planeta, donde debe ocurrir una conmoción por fin histórica, para que pueda terminar la prehistoria humana. Me voy al futuro, viejos queridos, no sin antes echarles un vistazo, para ver como se quedan allí, sonriendo quizás, en sus pasados, sin poder decirnos más que sus derrotas, sin poder enseñarnos nada para las nuestras.


Contar la historia del marxismo, en estos términos, sería el cuento inicial, de ternura y espanto, para los que deben viajar con medios propios. Un cuento, un viejo cuento, muy dentro de nosotros, que no hemos contado lo suficiente como para poder abandonarlo. Para quererlos mejor, si se me permite la paradoja, otra más. Para abandonarlos mejor, de mejor manera. Para eso se cuentan los cuentos. La belleza de tanto espanto, la oscuridad de tanta ternura, el delirio de tanta seriedad, como escarmientos para las eternas tentaciones totalitarias de los aprendices de brujo que, armados ahora de nuevas y mejores formas de dominio, podrían condenarnos hasta la eternidad a la vida mediocre del burocratismo bien intencionado.


Se trata de volver a la figura del viejo Marx, volver a pensar en las claves que dejó, por lo que tiene de simbólico, por lo que tiene de contenido, por su inmensa capacidad para reunir esperanzas, otra vez Carlos Marx. Más allá del totalitarismo estaliniano, más allá de la revolución industrial forzada, más bien con las armas de la crítica que con la crítica de las armas, más allá del quejido estéril, de los cambios oportunos de opinión, de la confianza mesiánica, se trata de repensar al viejo Marx, para que el futuro sea posible.


Muchos nos preguntan, con el tono escéptico y desencantado que impone la impotencia histórica, de manera un poco burlona, con esa burla triste que es reírse de las propias esperanzas perdidas: ¿por qué Marx?, cuando quizás lo que habría que hacer es simplemente vivir lo particular o el pequeño afán local, y olvidarse de lo grande, de lo justo, de lo bueno.


Yo creo que las razones son grandes y simples, como siempre. Se trata de la razón, de la libertad, de la justicia, de la belleza, se trata aún de los viejos fantasmas, que no recorren el mundo como espectros, como dirán los supersticiosos de siempre que parecieran seguir creyendo en las ánimas de sus antepasados, sino que van barriendo el mundo de entusiasmo, para el que sepa escucharlos. No hay más fantasma en esos fantasmas que el que nosotros ponemos desde la negatividad que nos constituye. Ya no más a la defensiva. Basta ya de ser apabullados por el rasero simplón e ideologizado que divide entre totalitarios y liberales, entre anticuados y modernos, entre utopistas ilusos y realistas eficaces. Salir de la melancolía llorona hacia el entusiasmo, ir más allá de los tristes que sólo encuentran defectos en sus amigos y no se cansan de encontrar virtudes en sus enemigos.


No lo he escrito para el pasado, sino para el futuro. Lo he escrito para una nueva moral, no para la antigua. No escribí este libro para la mediocridad de la política que existe, sino para la grandeza de la que podría existir. No para la falta de imaginación política de la ultra izquierda, ni para la dramática falta de visión de la izquierda clásica. Creo que ya hay bastante experiencia, histórica y existencial, de que los ultra izquierdistas, al igual que los histéricos, son especialistas en destruir las cosas que aman. Hay sobrada experiencia también de que la izquierda clásica perdió el horizonte de sus amores y sólo lucha por sobrevivir. No para estas izquierdas, entonces, sino para la gran izquierda, que podría contenerlas a todas, que podría existir, si nuestras voluntades y nuestras consciencias lograran coincidir con nuestros deseos. Si logramos articular socialmente el deseo profundo de hacer un mundo más bello, de ser felices.


Estos son los términos. Nada de inocencia, bastante de humor y de distancia crítica. Nada de escándalo hipócrita, ni drama culpógeno, bastante de claridad, al estilo de los marxólogos, y su erudición inútil. Nada para renovar, o para poner al día, bastante audacia en cambio, para quedarse desnudo que, después de todo, algo tendremos que mostrar... no nos subestimemos tanto. Más bien para los jóvenes que para los viejos, más para el futuro que para el presente. Más para la belleza y la libertad, que para hacer justicia o decir verdades. Un discurso para la voluntad, para la nueva voluntad, y su horizonte sin orillas.


Existimos, pensamos, podemos aunar voluntades, podemos reemprender la gran marcha hacia la libertad y hacia la vida. Volvamos a aprender en qué consiste la unidad y la diferencia entre los hombres, hagamos que el dolor de cada hombre muera en la victoria de todos, hagamos nuestra una vez más esa clase de libertad que no tienen los solitarios, hagámonos infinitos, que nadie termine en sí mismo, seamos comunistas otra vez, que nuestras manos vuelvan a vislumbrar la claridad del mundo y la posibilidad de la alegría.


¡Vivamos, aplaudamos! Quizás ha empezado un tiempo nuevo.


Santiago de Chile, 20 de Julio de 2000


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