Proposición de un Marxismo Hegeliano - Apartado: Breve nota sobre el concepto de Ideología - Texto

De Carlos Pérez Soto
Saltar a: navegación, buscar


Apartado: Breve nota sobre el concepto de Ideología

Mi impresión es que la innumerable y florida literatura generada en torno al concepto de ideología sólo tiene su origen y sentido en el concepto ilustrado que la asocia al orden de las representaciones y los pensamientos, y que una parte importante de esos esfuerzos va dirigida a una vaga crítica en contra de esa perspectiva, de la que la tradición marxista del siglo XX nunca logró liberarse.


Sostengo que un tratamiento de tipo hegeliano de la idea de consciencia de clase, como el que he esbozado en este capítulo, y de las operaciones del pensamiento, como el que he iniciado en mi texto Sobre Hegel (Ítaca, México, 2008), hacen que el concepto pierda gran parte de su atractivo, y que la mayoría de las discusiones elaboradas en torno a él pierdan sentido.


Desde luego, y de manera inmediata, de lo que he sostenido se sigue que la lucha ideológica es siempre lucha política, y que su única eficacia posible está en el campo de la acción política. Se sigue también que la ideología es expresión de las contradicciones de la vida real, y que se constituye como consciencia enajenada.


Siendo el concepto, así considerado, en general un poco pobre, y habiendo ejercido en su minuto de fama el típico papel de comodín de las Ciencias Sociales que parece explicarlo todo sin explicar nada, me detendré, brevemente, sólo en dos aspectos. La relación entre ideología e institución (los famosos “aparatos ideológicos”), y la relación entre ideología y verdad.


Es sólo bajo el supuesto, evitable e innecesario, de que la ideología es primariamente un conjunto de representaciones que tiene sentido insistir en el fenómeno de su institucionalización. Si no se hace ese supuesto resulta obvio que sólo puede expresarse de esa manera (y entonces el énfasis es trivial), y la reflexión puede desplazarse de manera cómoda y simple al hecho de que no sólo la iglesia, los partidos, los tribunales y la escuela (bueno, bueno… agreguemos también el manicomio y la cárcel…) son instituciones, sino también el sentido común, las formas de la familia, o los contextos cotidianos de ritualización de las acciones. Dando por obvio el supuesto contrario (que no se trata de representaciones sino de conjuntos de actos), resulta inmediato que el problema general es la ritualización que impide verlos como productos humanos, y la reflexión puede desplazarse justamente hacia esa cosificación de las relaciones sociales en general, y hacia su origen.


Es sólo el concepto ilustrado el que llevó a la tontera de sostener que hay instituciones específicamente ideológicas (todas lo son), como si pudieran distinguirse en ese aspecto de otras (¿qué serían sólo productivas?). Y esta tontera condujo de suyo al extremo idiota de creer que había que reconocer relaciones de “sobredeterminación” entre la lucha en el ámbito ideológico y la lucha en el plano productivo. Todo esto presidido, por supuesto, por el hábito ilustrado, evitable e innecesario, de considerar al modo de producción social, a las “estructuras jurídico-políticas” y a la ideología como partes de un agregado, de una articulación, lo que conduce directamente al asunto, completamente artificial, de preguntarse por su relación y por el orden de prioridad de sus determinaciones mutuas.[1] “Sobredeterminación” y “determinación en última instancia” no son sino el intento de aglutinar de algún modo lo que era absolutamente innecesario separar. Son intentos de poner en movimiento lo que era absolutamente innecesario fijar como estructura. De concebir como todo lo que era absolutamente innecesario componer como agregado de partes. Todo esto es trivial e innecesario desde un punto de vista que logre usar con eficacia las categorías lógicas hegelianas.


También los fantasmas de la relación exterior y la articulación de partes, típicos del estructuralismo, penan sobre la relación entre ideología y verdad. Se interpretó la expresión “falsa consciencia” como una “consciencia falsa” en sentido epistemológico de lo que, obviamente, tenía que surgir una contraposición entre ideología y ciencia, considerada esta última como verdad.


En la lógica hegeliana el aspecto epistemológico de la verdad, que efectivamente se puede contraponer en la superficie puramente formal a lo falso, es sólo una consecuencia y un aspecto de su índole material. Hegel sostuvo una idea ontológica de la verdad en que lo falso es sólo un grado de desarrollo, o un aspecto parcial y abstracto de lo verdadero, un concepto en que lo verdadero es la realidad material, lo real y efectivo.


Cuando consideramos esta noción hegeliana desde un punto de vista marxista, la ideología es verdad. Es la verdad de algo. De una situación en la que impera el antagonismo y la contradicción. Como he sostenido antes, no es una verdad frente a un error, sino una verdad frente a otra. La ideología es la expresión, como concepto, de una situación constitutivamente violenta, de una situación en que el diálogo esencial no es posible porque los bandos se constituyen para sí correlativamente como verdaderos. No hay ideología frente a la verdad. Todo el pensamiento social, y los actos mismos en que está contenido, son ideológicos.


Pero todo este asunto, que podría parecer meramente teórico, e incluso trivial, es relevante, nuevamente, por su proyección política. Al desmontar la pretensión de que habría una verdad frente a un error, de que habría un pensamiento no ideológico frente a una ideología, lo que se desmonta a la vez es la pretensión de que la ciencia podría ser ese ámbito de pensar ya verdadero o, en todo caso, perfectible por sí mismo, de manera abstracta, por sobre las contradicciones sociales.


Considerada a una escala mayor, esta pretensión no hace sino repetir, ahora en clave burocrática, la pretensión de verdad universal que los Señores esgrimieron con su fe universal frente a las “fantasías y mitos” del politeísmo, y luego las mismas pretensiones de la razón universal burguesa ante el “oscurantismo religioso”. El poder burocrático ahora, como toda nueva clase dominante, presenta sus propios intereses como intereses universales, y los avala en la ciencia, que contrapone a la “especulación metafísica”, y al “interés mezquino” que denuncia en la tradición burguesa.


Como he sostenido ya, la crítica marxista que apunta hacia el comunismo, debe luchar por distinguir en esa construcción abstracta que se llama ciencia, hoy fuertemente respaldada por todo un mundo institucional, cuánto hay de saber operativo, efectivo, y cuánto de pretensión de saber, legitimadora.


Para un acercamiento filosófico profundo, en lo que podría haber en la ciencia de genuina creatividad humana, relativamente desinteresada, lo que corresponde desmontar es la pretensión de objetividad pura, lo que corresponde es historizarlo radicalmente, ponerlo en el orden de los grandes (efectivamente grandes) relatos en que la humanidad ha puesto SU concepto (la magia, el mito, la fe universal, la razón sustantiva, la ciencia), y ha producido de manera genuina y literal lo que ha experimentado como mundo.

  1. Como debe ser notorio, todos estos falsos problemas constituyeron a la moda del marxismo estructuralista, que levantó desde ellos toda una retórica que, al menos de manera inercial, tuvo alguna eficacia política en América Latina, sobre todo a través de Marta Harnecker. La moda consiguiente, el postestructuralismo marxista, no ha consistido sino en una larguísima deconstrucción, extendida ad náuseam, de estos asuntos, que ya eran tonteras evitables desde su origen, a través de una florida y abundante retórica que no ha tenido, en cambio, efecto social o político alguno salvo, por cierto, el de su propia reproducción. Una deconstrucción, por lo demás, que sólo sabe el arte de desarmar, hasta ser llevada por su propia falta de fundamentos a la idea idiota de que no existe ni se puede formular fundamento alguno.