Proposición de un Marxismo Hegeliano - I. Economía Política - Texto

De Carlos Pérez Soto
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I. Economía Política

1. Diferencias epistemológicas

a. El contexto

Un profesor de economía, marxista, me corrigió una vez, con cierta vehemencia: “Marx no escribió una Economía Política, lo que hizo fue una crítica de la Economía Política”. En lo que su afirmación tiene de verdadera, y en la enormidad que omite (así como también en su vehemencia), hay mucho contenido muy importante que desplegar.


Por un lado, es estrictamente cierto que lo que Marx hizo fue una crítica de la Economía Política. Por otro lado, tan cierto como eso, es que el modo y, más aún, el fundamento y propósito de su crítica es muy diferente de la que, en su misma época, hicieron teóricos como Say, Cournot o Stuart Mill, y muy diferente de la que los historiadores de la teoría económica, escolarizada y disciplinada por Schumpeter, reconocen o quisieran reconocer.[1]


La economía, entre las Ciencias Sociales, quizás por su pretensión de parecerse a las ciencias “duras”, es la que menos ha reconocido el significado de su constitución como disciplina, desde mediados del siglo XIX. Entre los economistas, e incluso entre sus historiadores, impera una atmósfera parecida a la de los físicos o químicos, para los cuales el camino que va desde Lavoisier a Prigogine, es simple, más o menos lineal, y meramente acumulativo. De esta manera las reflexiones de Quesnay o Smith serían el origen de una tradición que sin grandes rupturas ni, menos aún, saltos epistemológicos, se habría limitado a ampliar su espectro empírico, a desarrollar sus herramientas analíticas y a autocorregir sus límites y falencias temporales. Tanto es así que las corrientes de pensamiento predominantes en las facultades de economía se complacen en denominarse “neoclásica” o “neoliberal”.[2]


El gran asunto filosófico y metodológico que queda encubierto en esta pretensión artificial de continuidad, es el profundo significado que tuvo la transformación de los saberes modernos sobre la sociedad en disciplinas, en las ciencias agrupadas como Ciencias Sociales.


Se trata de un impacto que en sociología y en psicología no sólo se distingue con toda claridad por sus propios teóricos, sino que se proclama con un cierto orgullo, y se le confiere un carácter fundacional. Se trata de la diferencia entre una eventual sociología en Maquiavelo, Hobbes o Hume, que se estigmatiza como “filosófica” y la “realmente científica”, que sería la de Durkheim, Weber o Merton; o de la diferencia, perfectamente análoga, entre la psicología de Descartes, Kant (su Antropología) o Espinosa (su Ética) y, nuevamente, las que sí seguirían el modo y tendrían el estatus de la investigación científica, en Pavlov, Watson, Hebb o Skinner.


Al comparar la continuidad aparente de la economía académica con esos festejos de la ruptura y la refundación, no se puede sino llegar a la conclusión de que la economía es el más naturalizado de los campos del saber social burgués. Naturalizado hasta el punto de que, desde fines del siglo XVII, sólo puede caber su desarrollo por la vía de la ampliación empírica y el refinamiento formal de sus proposiciones.


El centro epistemológico de la profesionalización del saber que surge con las disciplinas de las Ciencias Sociales[3] está en el desplazamiento del comentarista, que se mueve en diversos campos, provisto de herramientas de observación bastante informales, apoyado activa y explícitamente en amplias concepciones filosóficas, y que se siente involucrado y partícipe directo de la realidad que comenta (como Maquiavelo, Locke, Hobbes, Burke o Hume), por el científico, que se convierte en un especialista, que se esfuerza por explicitar y formalizar sus herramientas metodológicas, que presume haberse independizado de la “metafísica”, y que proclama estar situado, como mero técnico, en una posición éticamente neutral frente a las realidades sociales que describe (como ocurre con Cournot, Durkheim, Wundt, Saussure, Walras, o Schumpeter).


En la práctica, estos desplazamientos no hacen sino invisibilizar el fundamento filosófico de los saberes modernos sobre la sociedad, naturalizarlos hasta convertirlos en campos de hechos que se presumen cognoscibles de manera puramente objetivas, y proclamar a los nuevos saberes, que “ahora sí” serían auténticamente científicos, como fuentes de técnicas de intervención práctica que serían puramente neutrales respecto de los conflictos sobre los que operan.


Quizás justamente por esta operación de omisión, de puesta entre paréntesis de los fundamentos que, al elevarse a la categoría de lo obvio se sacan del campo de lo controversial, de lo impugnable, es que los economistas pueden darse el lujo de mantener sus supuestos a la vista. Después de todo, los contenidos patriarcales, europeocéntricos, individualistas, omnipresentes en los fundamentos de la psicología, la sociología o la lingüística, deben ser convenientemente oscurecidos en la pretendida neutralidad ética porque han sido directamente impugnados en la realidad social. El científico social evade pronunciarse explícitamente sobre esas connotaciones, refugiándose en su carácter de mero técnico “neutral”, y al mismo tiempo las sostiene, sigue sus consecuencias, resguardándolas en la aparente obviedad de lo supuesto.


En el ámbito de la realidad económica, en cambio, la hegemonía del pensamiento burgués se mantiene plenamente vigente en el campo práctico, y es exhibida sin pudor como obvia en el campo de la teoría. Nadie puede ser explícitamente hobbesiano, malthusiano o utilitarista, en psicología, sociología o antropología, sin pagar un cierto costo sobre su imagen de “neutralidad” profesional. Ningún economista, sin embargo, exactamente al revés, se siente incómodo hablando de “naturaleza humana”, ni atribuyéndole a tal supuesta naturaleza rasgos egoístas, agresivos, competitivos, individualistas o patriarcales. Para los economistas nunca existieron Kant, tampoco Hegel, Wittgenstein, Heidegger, Schopenhauer, Schiller, Freud… por mencionar sólo a algunos de los pensadores que han ido más allá de tales supuestos.


En la disciplina económica imperante el desplazamiento del observador filosóficamente informado, y militante en las realidades que describe, no tiene tanto el carácter de la invisibilización u omisión abrupta (como ocurre en Parsons, Luhmann, o Kelsen) sino, más bien, el de su reducción a las dos o tres páginas iniciales de todo tratado de economía, que enumeran las “obviedades” que luego nunca serán sometidas a discusión: los hombres tienen necesidades naturales y se comportan de manera individualista y utilitarista para satisfacerlas…, etc. El resultado de esta falta de pudor filosófico es el mismo que el del oscurecimiento practicado en las otras Ciencias Sociales: partes esenciales y sustantivas de los supuestos teóricos simplemente salen del campo de lo que puede ser sometido a discusión.


Considerados estos desplazamientos epistemológicos, en los cuales se mantiene el fundamento filosófico clásico de la modernidad, desde la obra de Marx, se podría decir que el ciclo de economistas que empieza con Say y Cournot, y luego con Jevons y Walras, también representa una “crítica de la Economía Política”, muy distinta, por cierto, a la que hace Marx.


Antes de Marx y Cournot, se llamó Economía Política a la tradición de reflexión económica de la que formaron parte ingleses, franceses y algunos alemanes, desde William Petty. Los más importantes son Francois Quesnay y Jean Charles Leonard, Conde de Sismondi, entre los franceses, Adam Smith, Thomas Malthus y David Ricardo, entre los ingleses, a los que se puede agregar a Georg Friedrch List y Adolph Wagner, entre los alemanes.


Vista desde la lógica de las disciplinas de las Ciencias Sociales, la obra de Say, Cournot y Jevons, hacen una auténtica transición desde una Economía Política a una Economía Científica. Una transición que la convierte quizás en la más “científica” de las disciplinas, salvo por otros extremos como el conductismo radical en psicología, el formalismo sociológico de Luhmann, o el estructuralismo en lingüística. Nadie parece dudar que el alarde de técnicas matemáticas sofisticadas y el lenguaje técnico presuntamente neutral hace de esta ciencia una “ciencia dura”, a pesar de la aparatosa ineficacia de tales técnicas para predecir las más mínimas oscilaciones de los precios, ni las más catastróficas crisis globales, y de la extraña vacuidad de un lenguaje técnico que dice lo que todos saben de maneras que casi nadie entiende.


Lo que encontramos en esta Economía Científica es una crítica de la Economía Política Clásica que suspende y omite justamente lo que ella tenía de “Política”, manteniendo de esta manera, y sacando de la discusión crítica, los fundamentos teóricos y sus conexiones explícitas con el mundo político que a todos y cada uno de los economistas clásicos les parecieron esenciales. Discutir de economía sin discutir de política le habría parecido una locura precisamente a Adam Smith, que no en vano consideró a su reflexión sobre la riqueza de las naciones como un tratado de ética. Y no incurramos en el despropósito de llamar “política” a aquello que los ministros de hacienda llaman “política económica” pues son ellos mismos los que una y otra vez recalcan que todo el contenido de esa expresión es un conjunto de problemas “técnicos y no políticos”.


La Economía Científica, falsamente despolitizada bajo los supuestos ideológicos del cienticismo de las disciplinas cumple con su propósito, que no es sino mantener, autorizar, proteger, la hegemonía del interés burgués en ese ámbito de reflexión. Respecto de ella, la crítica de la Economía Política que hace Marx justamente mantiene el espíritu profunda y explícitamente político de la economía clásica, pero a través de impugnarlo radicalmente en sus contenidos. Y de esa impugnación surgen diferencias epistemológicas que trataré de especificar.


Todo este espectro de teorías, entonces, produce una diferencia en tres términos: la Economía Política Clásica (presente de manera plena en los fundamentos de la disciplina actual), la Economía Política formulada por Marx, y la Economía que llamaré “Científica” porque, en sentido estricto, lo es, o “convencional”, porque es la que se estudia habitualmente en las facultades de economía.


En esta triangulación los problemas de fundamento de la Economía Política Clásica sólo los abordaré en las consideraciones filosóficas que dedico a la noción de valor, deseo y necesidad, en el Capítulo IV. Debido a esto, en lo que sigue siempre la expresión “Economía Política” se referirá a la de Marx, y cada vez que sea necesario hablar de la que lo antecede agregaré el adjetivo “Clásica”.


En esta sección lo que me interesa más, por razones políticas, es la comparación entre las bases epistemológicas de la economía propuesta por Marx y las de la ciencia económica convencional, que se estudia habitualmente como si fuese la única posible.


b. Las diferencias

Hay diferencias epistemológicas de fondo, que afectan al enfoque filosófico general con que se aborda el tema económico, y otras, más específicas, que derivan de ellas, y que se traducen en diferencias metodológicas, en la manera de formular y abordar problemas particulares.


Entre las primeras, la primera gran diferencia es la completa historización de la acción humana, contrapuesta de manera directa a la naturalización de los móviles de la acción de los agentes económicos. En el razonamiento de Marx lisa y llanamente no hay ninguna “naturaleza humana” que pueda considerarse bajo el fondo metafísico clásico, o bajo las formas de unas “bases biológicas del comportamiento”, como es usual en psiquiatría, o como se suele hacer en la misma economía al apelar a la deriva de la selección natural, o la etología, para dar cuenta de las conductas básicas de los consumidores. Todas las situaciones empíricas que los economistas científicos repiten una y otra vez, de manera ritual y majadera, sobre el egoísmo, el hedonismo, el espíritu competitivo y utilitario son, para Marx, más bien consecuencias que causas de la situación que quieren explicar, y pueden ser removidas al cambiar las condiciones históricas que las determinan.


Una segunda serie de diferencias derivan de que la economía marxista es un análisis global, centrado en la idea de valor de cambio, un análisis fuertemente historicista del sistema capitalista como conjunto. Lo que a Marx le interesa es entender el fenómeno de la explotación capitalista, para lo cual hace una consideración basada en el ámbito de la producción de mercancías y en los sujetos históricos, las clases sociales, que estarían confrontados en torno a ella. La economía científica, en cambio, centrada en la idea de precio, tiene como objeto y propósito el cálculo económico, para lo cual se centra en los procesos de circulación de las mercancías, distinguiendo constantemente entre dos niveles analíticos, la micro y la macro economía, que nunca llegan a articularse en un análisis global. Para éste análisis los agentes económicos son simplemente individuales, o colectivos, que nunca llegan a considerarse como sujetos auténticamente históricos. La historia ha sido reducida a su forma simple de temporalidad, de transcurso, como variable independiente, y los efectos contradictorios entre la acción local y los resultados globales, que Marx se empeñó en tratar como “enajenación”, simplemente no son considerados, o se los contempla como variables externas al sistema económico.


Esta profunda diferencia en el enfoque general contiene a su vez una tercera diferencia que afecta ahora directamente al fundamento y a las proyecciones que se pueden hacer desde cada una. Mientras la economía científica se rige por un estricto individualismo metodológico, para el cual la acción “social” no es sino el resultado de colecciones de acciones de muchos individuos, le economía marxista supone y estudia a sectores sociales enteros, las clases sociales, a las que considera como sujetos. Y esto significa que mientras en la primera el sujeto de la libertad es el individuo, estrictamente limitado por las determinaciones de la “naturaleza humana”, en la segunda el sujeto de la libertad históricamente significativa son las clases sociales, limitadas sólo por la cosificación de las relaciones sociales que ellas mismas han generado, en tanto que la libertad individual es más bien un proyecto, una gran tarea histórica, que ha empezado bajo la hegemonía burguesa pero que no puede ser realizada de manera real y efectiva, integral, bajo su dominio.


La consecuencia política más importante de estos fundamentos es que a Marx no le interesa tanto la crítica al enriquecimiento, o al abuso, llevado a cabo por agentes económicos particulares. Su argumento va dirigido, globalmente, contra la apropiación de plusvalía que la burguesía como conjunto, como clase, ejerce sobre el conjunto del proletariado como clase. La explotación capitalista, en el concepto de Marx, no es propiamente una relación interpersonal sino, en todo el sentido de la expresión, una relación social, una relación entre sujeto sociales históricamente determinados.


Sobre el plano metodológico estas diferencias tienen efecto sobre todo en la investigación del valor y el precio. Para Marx el valor es una variable empírica, pero global e histórica. Su magnitud debe ser investigada considerando series muy largas de productos, o ramas enteras de la producción, y sólo puede ser obtenida a partir de una ponderación estadística de los factores productivos que operan en ellas. El precio, en cambio, es una variable empírica, pero local y temporal, y su investigación no requiere mayor esfuerzo que la estadística simple que se puede hacer a partir de sus valores inmediatos en el mercado, en un momento cualquiera. Como postularé luego, todo el razonamiento de Marx está hecho, y adquiere su validez formal, en torno a la idea de valor, y a las consecuencias históricas de su movimiento, debido a lo cual en rigor no requiere, para considerar su validez argumentativa global, de la conversión paso a paso entre los valores y los precios en que se expresan en la economía de cada día.


La situación y el imperativo metodológico en la economía convencional son completamente distintos. Por un lado, en la medida en que está orientada al cálculo económico pragmático, requiere de la observación empírica inmediata de los precios, y está sometida al imperativo de formular reglas y leyes en torno a ellos. Por otro lado, en la medida en que omite completamente cualquier consideración política en torno a la explotación, no necesita razonar en torno a la realidad y movimiento del valor para obtener sus objetivos. Debido a esto, la práctica habitual en la economía convencional es, lisa y llanamente, identificar ambas variables (el precio sería lo mismo que el valor), sin hacerse cargo de su diferencia epistemológica.


Ante tal práctica, que lleva completamente el asunto metodológico central desde el ámbito de la producción al ámbito de la circulación de mercancías, una larga tradición de economistas marxistas, apurados por mejorar sus credenciales ante la economía “científica”, han intentado encontrar fórmulas que permitan calcular los precios (locales y temporales) a partir del valor (una variable histórica y global). Este problema de la “conversión de valor a precio” ha sido considerado por algunos incluso como el problema central de la economía marxista. Mi opinión, en torno a la cual argumentaré con más detalles luego, es que se trata de un problema ficticio o, al menos, innecesario. Por un lado es ficticio, porque surge de no reconocer (tal como lo hacen los economistas burgueses) que hay una diferencia epistemológica entre ambas variables. Por otro es innecesario, puesto que la validez global e histórica de los argumentos de Marx no depende de que tal fórmula de conversión pueda ser encontrada.


También en el plano metodológico, una consecuencia central de estas profundas diferencias de fundamento, es que la economía marxista puede ofrecer una contundente teoría explicativa, con un gran poder predictivo a nivel histórico, de las crisis cíclicas del capitalismo.


Es notorio que la economía científica ha tenido dificultades sistemáticas para abordar el problema de la crisis general. Es un tema postergado en la corriente principal de la disciplina hasta hace sólo unos veinte años. Cuestión notable y curiosa: es empíricamente constatable que las crisis cíclicas del capitalismo son su característica sistémica que mayores efectos provoca, a todo nivel, y la ciencia dedicada a ello postergó históricamente su estudio hasta que alcanzaron la frecuencia y la gravedad de las crisis financieras. Aún hasta hoy, sin embargo, no hay ninguna teoría que explique las crisis en virtud de mecanismos puramente internos. Siempre el origen es visto como exterior y contingente respecto del sistema como conjunto. Sequías, temporales, la escasez contingente de materias primas, el pánico de los inversionistas. Una y otra vez los economistas científicos centran sus análisis en la periferia.


Exactamente al revés, el punto de partida de Marx es la idea de que el sistema económico global es históricamente inestable. Y su inestabilidad deriva de sus condiciones estructurales más profundas: es el resultado de que agentes económicos individuales, originariamente desiguales, compitan entre sí en un mercado que es opaco para cada uno de ellos, y en el que cada uno está interesado, debido a la competencia, en mantener esa opacidad.


Mientras las teorías económicas científicas se obstinan en poner en su fundamento el dogma del equilibrio, respecto de cuya ruptura sólo pueden ofrecer explicaciones externas (nunca es el sistema mismo el culpable de sus crisis), o meramente descriptivas (simplemente no explican nada), sin capacidad de predicción alguna, ni local, ni histórica, la teoría de Marx, en que el desequilibrio es un dato inicial, puede ofrecer un mecanismo explicativo interno, estructural, del que se puede seguir una clara proyección sobre el destino global del capitalismo.


Sostengo que la teoría de las crisis cíclicas de Marx no ha sido refutada, hasta el día de hoy, quizás por la más triste de las razones. Simplemente nadie la ha discutido críticamente en sus propios términos. Se ha criticado la teoría del valor desde una base epistemológica distinta a la que le sirvió de origen. Se han buscado toda clase de responsables exteriores y contingentes para lo que es una realidad flagrante. Se ha llegado a recurrir a las teorías del caos, en buenas cuentas: la realidad caotiza sola y por sí misma, irrumpe, de manera irracional, lo simplemente irracional. Sin atreverse nunca a asumir lo que para Marx era casi axiomático: una economía de agentes individuales, en competencia, en un mercado opaco y originariamente desigual, sólo puede conducir al desequilibrio. El desequilibrio tiene que ser una característica estructural del sistema.


En el desarrollo teórico de ambas perspectivas, esto nos lleva a otra diferencia notable. En ningún momento Marx recurre a modelos de competencia perfecta, o siquiera a modelos generales y abstractos de ningún tipo. La economía política es un saber situado. Pone como su punto de partida un conjunto de situaciones empíricas, históricamente reales, y sólo a partir de ellas se eleva a la abstracción.


La acumulación primitiva del capital, el desarrollo desigual de las técnicas, de las economías nacionales, de las empresas de una misma rama de la producción, la necesidad del desarrollo tecnológico como elemento interno a la competencia son todos, para Marx, elementos de partida. Incluso el machismo, como elemento cultural real y prevaleciente, es una variable interna para Marx, lo que le permite explicar la integración de las mujeres a la fuerza de trabajo fabril buscando el objetivo de aumentar la plusvalía por la vía absoluta.


Se puede decir que en Marx siempre operan causas histórico-culturales y que la economía científica en cambio no sólo rehúye las causas y las explicaciones, tendiendo siempre a mantenerse en el nivel descriptivo, sino que, cuando avanza hacia el nivel explicativo, las causas que invoca siempre están en el orden de la naturaleza, o son meramente contingentes.


Exactamente al revés del procedimiento historicista de Marx, la economía científica, como la física, pone modelos abstractos y generales en el inicio, y sólo desde allí va agregando las variables, las “imperfecciones”, que hacen que los capitalistas nunca lleguen a competir como los bellos modelos de competencia prescriben y hacen deseable. El recurso a las teorías del caos en la economía científica actual es de algún modo el extremo de esa enajenación ilustrada para la cual la realidad debe estar escrita con caracteres matemáticos. Como ya lo saben muy bien los físicos y meteorólogos contemporáneos, quizás existan esas fórmulas matemáticas, pero exceden largamente todo lo que las matemáticas más refinadas, y los sistemas computacionales más complejos, pueden alcanzar. Y si esto se constata cada día en sistemas complejos como el clima, los terremotos, o los infartos cardíacos, parece razonable suponerlo con mayor razón aún a sistemas en que interviene la libertad humana, como lo es, por excelencia, el sistema económico. Esto, que ya lo sabía Hegel, a partir de premisas puramente filosóficas, es obvio para Marx. La complejidad global e histórica del sistema económico sólo puede ser abordada de manera global e histórica. Esa es la diferencia metodológica central entre ambos intentos.


Cuando buscamos el fondo histórico de estas diferencias lo que encontramos es una economía científica que no es sino una racionalización ilustrada de la modernidad o, a lo sumo, y empujada por la evidencia de la crisis, una teoría neoilustrada del caos como factor explicativo de los dramas del comportamiento humano. Sostengo que en la economía marxista en cambio se debe ver una teoría postilustrada en que el saber coincide con una voluntad política, con una voluntad revolucionaria. No es lo mismo concebir la política económica como un conjunto de técnicas, micro y macro económicas, en que la opinión del “experto” se impondrá a la del “lego”, que concebirla como la tarea de mover sujetos sociales hacia la consciencia de su propia situación, de su enajenación estructural, y hacia la transformación profunda de sus vidas.


Muchas veces los economistas marxistas, llevados por la reducción del marxismo a mera ciencia, han tratado de asimilarse a los estándares de saber y competencia dictados por la economía convencional. Mi opinión es que no sólo se trata de intentos destinados, en lo esencial, al fracaso, sino que además han desdeñado con ello justamente lo específico y más valioso del análisis de Marx.


No es inútil, dados los largos y profundos prejuicios imperantes advertir, sin embargo, que no veo que ambos enfoques sean completamente antagónicos. Muy probablemente a los marxistas les haría muy bien estudiar con todo rigor la economía científica. Dominar las artes del cálculo económico, hasta donde los mitos de la disciplina lo permitan. Lo que sostengo, en cambio, es que a los economistas convencionales les haría muy bien preguntarse si una base epistemológica distinta no podría enriquecer sus propios análisis, más allá de que estén dispuestos a compartir la voluntad que animó la formulación de tal epistemología.


Y, por cierto, a los economistas marxistas les haría muy bien, en estos tiempos duros y grises, tan llenos de escepticismo y claudicación, asumir y desarrollar la sustancia específicamente política que hay en la economía política.


Pero, enfatizar el carácter complementario de los análisis que son típicos de la racionalidad científica y los que son propios de la argumentación marxista, como lo he hecho hasta aquí, sin embargo, me parece de una neutralidad sospechosa. En las comparaciones que he trazado hasta ahora siempre aparece un polo “político” y otro “científico”, en el sentido de “técnico”. Atribuir a cada uno lo suyo, delimitar los ámbitos, declarar la complementariedad posible, subrayar por cierto su independencia mutua, es un ejercicio de tolerancia liberal que puede dejar satisfechos a los bien pensantes que seguramente se alegrarán de saber que el marxismo no puede prescindir de la ciencia y que ésta, en cambio, sí puede prescindir del marxismo. La ciencia sería, en ésta visión optimista, una herramienta de validez general capaz de prestar servicios a muchas causas posibles, el marxismo, en cambio, sería una opción meramente valórica particular. Es hora de especificar auténticas diferencias.


La primera cuestión, desde luego, es la pretendida diferencia entre lo “político” y lo “técnico”. Más allá de la posible eficacia, o aun de la realidad de la eficacia, el pretender que un saber es meramente técnico no es sino una operación ideológica. El asunto no es, propiamente, “al servicio” de qué esté una técnica, no es ése el lugar principal del ideologismo, sino más bien qué se quiere implicar con esa idea. La noción de lo “meramente técnico” descansa, por un lado, en la idea de que ha derivado de un saber neutro (que se puede “usar” para esto o lo otro) y, por otro lado, en la idea de que la eficacia deriva del saber o, también, de la precedencia del saber sobre el poder (para tener poder habría que poseer, primero, el saber adecuado).


Las discusiones en la filosofía de la ciencia contemporánea muestran que no hay un fundamento epistemológico suficiente como para defender la exterioridad del saber respecto del contexto del descubrimiento y, con ello, cualquier pretensión de neutralidad. No sólo las relaciones sociológicas al interior de la comunidad científica influyen profundamente en lo que se acepta como saber científico, como han mostrado Kuhn, Lakatos, Bourdieu[4], sino que se ha mostrado una y otra vez la dependencia del saber científico de las variables culturales y del fondo filosófico, característicos del entorno histórico en que se desarrolla[5]. El saber científico carece de neutralidad mucho antes de su aplicación, por su origen. Demás está agregar que esta conclusión es plenamente concordante con una perspectiva marxista, y que está anunciada en múltiples párrafos de la obra de Marx.


2. Teoría del valor

La Economía Política marxista está fundada en la idea de valor de cambio y la teoría del valor-trabajo desde la que surge. En esta sección especificaré en qué consisten estas nociones, y algunas consecuencias que me parecen relevantes para explicar las críticas que hace Marx a la explotación capitalista. Sobre la esencia histórica del valor en general propongo una concepción radicalmente antinaturalista y antiutilitarista en la sección 1 del Capítulo V. Aquí daré por supuesto ese fundamento, para concentrarme sólo en la crítica económica misma y en sus efectos más políticos.


Las sociedades humanas hasta hoy han intercambiado objetos con cualidades materiales, funciones y utilidades muy diversas (una oveja por un saco de trigo, dos cabezas de ganado por una esposa, una porción de terreno por un juramento de fidelidad) haciéndolas equivalentes a través de ficciones de equivalencia[6] establecidas social e históricamente.


En rigor ningún objeto que se intercambie, y adquiera por esto el carácter de mercancía, tiene un valor equivalente a otro que no sea idéntico a él mismo. No hay ningún sistema que permita establecer tales equivalencias de manera natural, objetiva, exterior a la historia humana. El valor de cualquier objeto es, por sí mismo, simplemente inconmensurable con el valor de otro.


Marx aclaró y desarrolló la teoría que establece como ocurre y qué características tiene la ficción de equivalencia que ha regido históricamente en el mercado capitalista. La idea, que proviene de Adam Smith y llegó a Marx a través de David Ricardo, es que el valor de cambio, es decir, el valor de un bien en el mercado capitalista, está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlo. Esta afirmación es lo que clásicamente se llama “teoría del valor-trabajo”.


La clave de este mecanismo está en una extraordinaria abstracción, que se ejerce de hecho, socialmente, sin que nadie tenga consciencia explícita de su operación. Las múltiples y diversas cualidades reales de una mercancía se abstraen, y se reducen a algo que es en principio una simple cantidad: un lapso de tiempo.


Por supuesto una misma mercancía (un lápiz, una oveja) se puede producir de diversas maneras, cada una de las cuales implique distintos lapsos de tiempo en su acabamiento. Esto ocurre esencialmente porque puede ser producida a través de diversos medios técnicos (herramientas, máquinas), por personas que tengan distinto grado de destreza. Esos diversos lapsos de tiempo deben ser considerados para obtener un tiempo socialmente necesario. Pero el uso de esas diversas técnicas puede tener diversa incidencia social: con una, digamos, la más rápida y productiva se produce un 20% del total producido en un momento dado, con otra, más lenta, se produce el 80%.


Con esto la expresión “tiempo de trabajo socialmente necesario”, entonces, refiere más bien a una ponderación de los diversos ritmos e incidencias, que permiten y tienen de hecho las diversas técnicas. Esto hace que el valor de cambio así establecido vaya modificándose con el progreso de la técnica, o los cambios en la incidencia social de las técnicas usadas.


Una consecuencia extraordinariamente importante de esto, como he sostenido ya en la sección anterior, es que el valor de cambio es en realidad una variable histórica, que se puede establecer haciendo una ponderación estadística de esas variaciones, a lo largo del tiempo, y a través de todo un rubro de producción de objetos concretos, y que cada producto particular en ese rubro, cada ejemplar individual, puede estar por sobre o por debajo de ese resultado ponderado.


Es por esto que es necesario distinguir en principio el valor de cambio del precio de una mercancía individual. Como ya he señalado antes, mientras el valor de cambio es una variable empírica, pero global e histórica, cuya estimación requiere un examen del conjunto de los modos de producir una mercancía, extendido a lo largo de lapsos apreciables de tiempo, el precio es una variable local y temporal, que se puede determinar para cada mercancía individual de manera empírica directa, con una encuesta simple en el mercado, en un momento dado.


Pero, en el fundamento, hay mucho más que eso. Lo esencial es que, por un lado, hay muchas maneras a través de las cuales pueden cambiar los precios: las variaciones de la oferta y la demanda (la escasez relativa), la “valoración” a través de factores ideológicos (la capacidad de una mercancía de producir estatus social), la manipulación de las expectativas o necesidades del consumidor (la propaganda), o incluso la simple especulación con la escasez o abundancia relativa (como en los llamados “mercados a futuro”). Pero, por otro lado, en cambio, hay sólo una manera de aumentar el valor de cambio: aumentar la cantidad de trabajo incorporado a la mercancía, medida en esa ponderación que es el tiempo de trabajo socialmente necesario.


Dos especificaciones son necesarias para completar esta idea. La primera es distinguir el trabajo incorporado del tiempo de trabajo. La sustancia del valor no es sino el trabajo humano incorporado. Puede haber muchas fuentes de variación de los precios. Pero la única fuente de valor real es el trabajo humano. La forma en que ese trabajo es medido, en el mercado capitalista, es el tiempo de trabajo. Es a través de esa variable que se establece la ficción de que el intercambio es equivalente.


La segunda es que el trabajo incorporado a una mercancía proviene por un lado del trabajador que la manufactura de manera directa (trabajo actual, o “vivo”), y por otra del trabajo incorporado en los medios de producción (materias primas, herramientas) que emplea en esa tarea (trabajo acumulado,o “muerto”).


Así, la teoría del valor-trabajo tiene tres componentes. Una que es su fundamento: la única forma de agregar valor real a una mercancía es el trabajo humano. Otra que es su modo de operación concreto: el valor de cambio de una mercancía corresponde al trabajo socialmente necesario para producirla. Otra que es una consecuencia epistemológica: el valor de cambio y sus variaciones obedece a un concepto en principio diferente al precio y sus mecanismos de variación.


Asumir esta tercera componente ha sido un permanente dolor de cabeza para la mayoría de los economistas marxistas durante todo un siglo. Hasta el punto de declarar que el principal problema de la economía marxista es el de la correspondencia valor-precio, es decir, el de encontrar reglas que permitan calcular los precios de mercancías unitarias cuando se conocen los valores de cambio, o calcular los valores de cambios a partir de series empíricas de precios.


Como ya he expuesto, mi opinión es que se trata de un falso problema. Un problema que deriva de la ansiedad de los economistas por entender la Economía Política como una economía científica, sin hacerse cargo de sus diferencias epistemológicas, ni de la radicalidad de la diferencia contenida en sus distintos propósitos.


Pero, además, se trata de una operación completamente innecesaria para mantener la lógica y el sentido del argumento de Marx. Respecto de lo que Marx se propone, que es hacer una crítica estructural del capitalismo, que muestre la necesidad y posibilidad objetiva de su superación, el rodeo a través de las lógicas que hacen variar los precios es innecesario. Todo su razonamiento se puede mantener de forma perfectamente consistente y completa manteniéndolo en el plano de la dinámica que sigue el valor de cambio en los procesos de producción y reproducción del capital.


Lo relevante para Marx es una crítica global e histórica al capitalismo. Esa es la crítica que permite formular la perspectiva de la revolución. Respecto de esa perspectiva, si las trasnacionales mineras mantienen artificialmente bajos los precios del cobre, o artificialmente altos los precios del petróleo no es relevante, por muy importante que sea para la lucha política inmediata de pueblos particulares. No es lo mismo criticar las desastrosas consecuencias de la especulación financiera que criticar estructuralmente al capitalismo. Marx no se detiene en los “excesos” o en los “abusos”, lo que quiere mostrar es que esos excesos y abusos son producto de una dinámica objetiva, que excede las voluntades individuales de los capitalistas.[7]


Desde el punto de vista de los fundamentos, el problema de la diferencia entre valor de cambio y precios se puede zanjar a través de una hipótesis general: las oscilaciones de los precios, locales y temporales, tienden, histórica y globalmente, al valor de cambio.


Preciovalor.png Gráfico 1: Valores y Precios Unitarios


Preciovalorglobal.png Gráfico 2: Valores y Precios Globales


En el Gráfico 1, el valor de cambio unitario de un producto va disminuyendo históricamente como efecto del desarrollo técnico, del aumento de la productividad. Los precios, locales y temporales, oscilan de manera asintótica, tendiendo históricamente al valor real.


En el Grafico 2, la cantidad global de plusvalía apropiada aumenta con el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero su incremento es cada vez menor debido al decrecimiento de la tasa de ganancia. La ganancia que no está respaldada por la producción de valor de cambio real oscila asintóticamente, tendiendo históricamente a la cantidad global de plusvalía real apropiada.


La principal consecuencia de esta hipótesis es que mientras uno u otro capitalista puede hacerse rico de manera individual y local acertando a seguir de manera ingeniosa las oscilaciones de los precios, la burguesía como conjunto, como clase social, en cambio, sólo puede aumentar su riqueza apropiando valor de cambio. Por cada capitalista que se haga rico temporalmente de esta manera, otros tantos quebrarán, o disminuirán su riqueza. O, también, la riqueza local y temporal producida por las oscilaciones de los precios se anula global e históricamente, de manera que lo único significativo para el devenir del capitalismo es aquello que ocurra en las dinámicas del valor de cambio.


En el plano de la Sociología Política, el de las clases y la lucha de clases, esta consecuencia apunta a algo que distingue profundamente a la crítica de Marx de la que ejercen muchos, e incluso la mayoría, de los críticos del capitalismo. El objeto de la crítica de Marx no son “los ricos” en general, ni el operar de cada uno, o de grupos o sectores de capitalistas. El objeto de su crítica es el capitalismo como sistema, y la burguesía como clase. La explotación capitalista en Marx no es la apropiación mayor o menos, más o menos abusiva, de plusvalía por parte de cada empresario, no es una relación interpersonal con connotaciones sociales, sino la apropiación global de plusvalía de una clase social sobre otra. Para el razonamiento de Marx no es relevante que este o aquel capitalista pague buenos salarios, o sea más o menos generoso. El objeto de su crítica es el efecto global que la acción de la burguesía como clase tiene sobre el conjunto de la sociedad humana.


Pero esta hipótesis, que relaciona las oscilaciones de los precios con el devenir del valor de cambio, nos permite también especificar mejor qué es lo que se puede considerar riqueza real, material, a diferencia de la riqueza ficticia,[8] especulativa. La riqueza real es aquella que está expresada en el valor de cambio, es decir, aquella que proviene de la aplicación del trabajo humano a la manufactura de mercancías. Es esa la única que cuenta para descifrar el carácter y la viabilidad histórica del capitalismo como formación social.


Uno de los aportes fundamentales de Marx fue establecer que hay una mercancía particular que es en general pagada de acuerdo a su valor de cambio: la fuerza de trabajo. La explotación capitalista se produce, como detallaré en la próxima sección, porque cuando el trabajador entrega valor (una cantidad de trabajo que incorpora a la mercancía) no recibe a cambio el equivalente en precio (en dinero, en salario) del valor entregado, sino el que corresponde al costo (valor de cambio) de la producción y reproducción de su fuerza de trabajo. El secreto de la explotación capitalista es este: producir y reproducir fuerza de trabajo cuesta menos que el valor que ella produce. La diferencia es lo que se llama plusvalía, y su apropiación es el origen de la riqueza capitalista.


Este hecho también se puede decir así: bajo el capitalismo la fuerza de trabajo es una mercancía.[9] Y esto es tan importante que Marx consideró que la existencia de un mercado (libre) de fuerza de trabajo es una de las características que definen al capitalismo. La otra es la propiedad privada de los medios de producción.


Hasta aquí casi todo lo que he sostenido en torno al valor de cambio, precisiones más o precisiones menos, podría ser suscrito sin grandes problemas por un marxista convencional.[10] Pero no he escrito este libro para marxistas convencionales sino para los que quieran discutir nuevas ideas que ayuden a entender mejor el presente, y a proyectar el futuro, y no meramente a dedicarse a conservar y aplicar un legado. Las tesis que siguen procuran atenerse a la lógica de Marx, aunque pueden diferir sensiblemente de lo que se ha convertido hasta aquí en el modo y credo de la tradición marxista.


El asunto crucial es este: sostengo que hay mercancías, transadas habitualmente en el mercado capitalista, cuyos precios prácticamente nunca se acercan a la lógica del valor de cambio y que, en general, no oscilan, ni tienden, en torno a él. Es decir, mercancías que no son intercambiadas, ni aún global e históricamente, de acuerdo al tiempo socialmente necesario para producirlas.


El caso más flagrante es el dinero que, en la lógica del capital financiero es, ni más ni menos, la mercancía principal. Sin embargo, las distorsiones actuales y las gigantescas proporciones que esta forma particular de intercambio ha alcanzado, hace que no sea el ejemplo más claro, ni el más general.


Me parecen más claros y más útiles otros ejemplos para el punto de tipo doctrinario que quiero proponer, para extraer sus consecuencias económicas y políticas: los servicios educacionales; las obras de arte; el ejercicio profesional del deporte, del derecho, o de la medicina. Los precios de los servicios educativos, por ejemplo, en el contexto de la mercantilización de la educación, no derivan en absoluto ni del costo social de la formación de profesores, ni de las infraestructuras empleadas[11]; nadie podría pensar que el progresivo y espectacular aumento del precio de un cuadro de Van Gogh obedezca al costo del trabajo, o de los materiales con que fue producido; tampoco la dramática diferencia que hay entre el costo de los estudios de postgrado y su rendimiento en términos de saber o, siquiera, de aumento de las posibilidades laborales.


Lo que tienen en común estas actividades es que si bien, por un lado, los salarios que se pagan por ellas obedecen al costo de producción y reproducción de la fuerza de trabajo, los precios que se pagan por las mercancías producidas no obedecen, en general, a sus costos de producción, en términos de medios de producción y fuerza de trabajo empleada. Lo que ocurre en estos casos es que los precios están fuertemente influidos por factores ideológicos, no sólo de manera local y temporal (como puede ocurrir con cualquier mercancía), sino de manera global e histórica, es decir, por fuera de la lógica puramente capitalista que rige a la manufactura.


El que existan estas diferencias, y el que estas actividades puedan ser muy buenos negocios, ofrece una buena razón para distinguir de manera más precisa entre plusvalía y ganancia.[12] Llamaré plusvalía sólo al usufructo global e histórico que la burguesía como clase obtiene a través de la explotación de procesos de trabajo en que se produce valor de cambio. Llamaré ganancia, en cambio, por un lado a las expresiones locales y temporales de la plusvalía (en que se manifiesta como precios, en dinero) y, por otro, al usufructo temporal y local que se obtiene en actividades que no producen riqueza material, real, sino sólo diferencias de dinero entre la inversión y sus resultados mercantiles.


La importancia económica estratégica de esta diferencia es una especificación de la tesis general que he enunciado respecto de la relación histórica entre valor y precio (ver el cuadro N°1). La tesis ahora es que, en términos globales e históricos, la ganancia que se obtiene por la mercantilización de los servicios[13] oscila en torno al valor de cambio global, y termina anulándose, sobre todo tras su destrucción cíclica en las crisis del capital especulativo.


Y esta tesis significa también, por lo mismo, que la burguesía como clase no aumenta su riqueza real a través de la producción de servicios, por muy espectaculares que nos parezcan las ganancias que obtiene temporalmente. O, incluso, al revés, puede disminuir el enriquecimiento esperable debido al desarrollo de las fuerzas productivas como efecto de la parálisis que la operación desmesurada del capital financiero ejerce sobre el capital productivo. Debido a este último efecto, se puede considerar también a la riqueza especulativa como otro caso de “crecimiento empobrecedor”, como lo es también el que se produce sobre la base de la depredación de los recursos naturales.[14]


La importancia sociológica de esta tesis global es la posibilidad de distinguir entre trabajadores que producen plusvalía (que se traduce, como dinero, en ganancia), y los que sólo producen ganancia, sin que ello conlleve un proceso de creación de plusvalía real. Por mucho que esto pueda herir las susceptibilidades del movimiento sindical organizado en torno a este segundo tipo de procesos[15], esta diferencia es relevante en términos teóricos para establecer de manera material, objetiva, cuál es el núcleo del sector social que puede ser un sujeto revolucionario efectivo (sobre el que habría que aplicar los máximos esfuerzos políticos), y cuáles son, en progresión y diversidad, sus aliados más inmediatos. Es relevante, desde luego, en el contexto de la política comunista estratégica que he planteado en la Introducción, y en todas las proyecciones que se hagan desde ella hacia el campo de la lucha política inmediata.


La idea de que toda la ganancia que no se genera en procesos de producción de valor de cambio real (y de su apropiación como plusvalía) se destruye en las crisis financieras, y se anula en términos históricos, es importante, de una manera divergente, tanto para el trabajo teórico como para el hacer político más inmediato porque contribuye a situar en un lugar más realista la espectacularidad de los procesos de especulación financiera y sus efectos catastróficos en términos de crisis financiera y parálisis del capital productivo.


En una dirección, en el trabajo teórico nos ayuda a recordar que los problemas principales y profundos para el crítico social que tenga vocación revolucionaria no son los que marcan las pautas de noticias de la televisión, o las alarmas y complicidades de banqueros y políticos, sino que están contenidos en los rasgos históricos y estructurales del capitalismo. En la otra dirección, en el plano de la lucha política nos ayudan a establecer una cierta jerarquía de enemigos inmediatos en que, en los primeros lugares, hay que ubicar al capitalista financiero, al que mercantiliza los servicios, al que sólo usufructúa de la renta improductiva, y a los burócratas de más alto nivel, tanto estatales como privados, que usufructúan de vehiculizar su operación. La tarea del teórico es poder ofrecer un marco argumentativo común para estos dos niveles de análisis e intervención.


Para hacer más clara la exposición de los mecanismos de la explotación, en el apartado siguiente, me importa resumir la tesis global que he enunciado. Hay tres ámbitos que pueden generar ganancia capitalista sin que ella se origine en la producción y apropiación de plusvalía real: la especulación financiera; la “riqueza” producida en la esfera de la circulación (el comercio, las rentas que provienen de arriendos); los servicios (educación, administración, salud, la producción de arte o saber). O, al revés, sólo hay un ámbito en que se produce y apropia plusvalía como riqueza real y efectiva: la producción de bienes materiales tangibles (la manufactura, la extracción y elaboración de materias primas), y los servicios inmediatos que son necesarios para su viabilidad efectiva.


3. Teoría de la explotación capitalista

a. La apropiación de plusvalía

Una relación social determinada puede ser llamada explotación, en general, cuando en ella hay un intercambio desigual de valor. El concepto tiene sentido cuando al menos una de las dos mercancías es el trabajo humano. Especificar esto es importante porque aunque el enriquecimiento de una clase social se deba a la explotación, ambos conceptos no coinciden. Puede haber muchos factores que permitan el enriquecimiento local y temporal de agentes económicos particulares, en cambio sólo el trabajo humano permite el enriquecimiento real de una clase social, en términos globales e históricos. De esta manera, en sentido estricto, sólo los trabajadores que producen valor de cambio real, material, son explotados.


Por extensión, se puede decir que son explotados también aquellos cuya fuerza de trabajo se paga como una mercancía (es decir, por el costo de su producción y reproducción), aunque los productos que surjan de ella no se paguen de la misma manera (como ocurre, por ejemplo, con los servicios, como he propuesto en el apartado anterior).


Así, la ganancia capitalista (expresada como precio, local y temporal) puede deberse a la explotación (la apropiación de plusvalía real), o al usufructo (diferencias locales y temporales de precios) que se puede obtener al comprar la fuerza de trabajo por su valor de cambio objetivo y, en cambio, vender sus productos a precios determinados por variables ideológicas (subjetivas). Por supuesto, en tercer lugar, también es perfectamente posible la ganancia (usufructo) que se obtiene de manera local y temporal sólo como efecto de la circulación de mercancías (como en el comercio, o en la especulación financiera).


De acuerdo con la tesis sobre la relación entre valor de cambio y precios que he propuesto en el capítulo anterior, el usufructo, es decir, la ganancia producida a partir de los servicios o la circulación, se anula global e históricamente, se destruye en las crisis globales del capitalismo. Debido a esto, restringiré el análisis en esta sección sólo a la explotación en sentido estricto, es decir, a la apropiación de plusvalía real.


Por lo mismo, en la medida en que sólo el trabajo humano produce valor real, no consideraré apropiado hablar de “explotación de la naturaleza”. No hay valor “natural”. Todo valor es creado históricamente por el trabajo humano. Sólo en un sentido muy amplio y, en rigor, simplemente metafórico, hablaré más delante de “explotación de la naturaleza” para distinguir al capitalista depredador, que empobrece los medios naturales y sociales de los que usufructúa a través de la renta de la tierra (minería, pesca, agricultura), del burgués clásico, que es capaz de mantener una relación relativamente sustentable con su entorno.[16]


Bajo el capitalismo, la explotación es un intercambio desigual de valor de cambio, en que uno de los términos intercambiados es el trabajo asalariado. La connotación crítica de la palabra explotación, en este contexto, mucho antes de que esa crítica se convierta en un juicio moral, proviene de que se trata de un intercambio que pasa a llevar la ficción[17] de equivalencia que preside el intercambio de mercancías en el propio mercado capitalista.


El juicio objetivo, entonces, “este es un trabajo explotado”, es un juicio interno, respecto de las propias reglas del intercambio burgués. Según la lógica del contrato de trabajo asalariado, al trabajador se le pagará “su trabajo”. Lo que hay que preguntarse entonces es cuál es el valor de cambio del trabajo que realizará. Este corresponde al valor de cambio que su fuerza de trabajo ha agregado a los medios de producción que ha aportado el capitalista. A ese valor agregado por la fuerza de trabajo lo llamaré “plusvalor”. El capitalista, por su lado, ha aportado las materias primas, las herramientas, la infraestructura, para llevar a cabo esa tarea de valorización. Estos son los “medios de producción”.


Después de un ciclo productivo el capitalista venderá lo producido en el mercado, y los precios que obtenga reflejarán los valores de cambio incorporados en la producción como plusvalor (el trabajo “vivo”, o actual), y como valor de cambio de los medios de producción usados (el trabajo acumulado en ellos por quienes los produjeron, o trabajo “muerto”). Cuando esta venta es exitosa se dice que se ha “realizado” la mercancía.[18]


Si volvemos sobre el contrato de trabajo, el capitalista debería recuperar, desde el precio que obtuvo, el valor de cambio que invirtió en medios de producción. Todo el resto, que proviene del proceso de valorización inmediato, debería ser pagado al trabajador, puesto que corresponde al plusvalor, es decir, al valor de lo que ha sido “su trabajo”. Si en este presunto intercambio de equivalentes asignamos al capitalista una cierta compensación por el mero hecho, en rigor secundario, de poner estos factores en contacto entre sí, ¿de dónde surge la auténtica ganancia capitalista, una ganancia, por supuesto, que a sus ojos justifique su esfuerzo?


Considerando la situación histórica y globalmente, es bastante obvio que la burguesía recibe por su participación en este ciclo algo, y mucho, más que una compensación. Y también es obvio que valora su participación en el proceso de una manera muchísimo más significativa que el mero hecho de “poner estos factores en contacto”. Por un lado la ganancia global de la burguesía no resulta en absoluto explicada por este juego de equivalentes. Por otro, su racionalización de todo el proceso, y de la ruptura del intercambio equivalente que contiene, se aparta significativamente de aquello que ella misma considera justo cuando intercambia sólo mercancías habituales entre sí.


Un minero del carbón vive toda su vida en la pobreza y muere sin haber acumulado bienes después de décadas de afanoso esfuerzo; el dueño de la mina, que pudo haber trabajado afanosamente o no en su administración, en esas mismas décadas se vuelve rico.


Se podría pensar, por la retórica de equivalencia y eventual justicia que rodea al contrato, que al trabajador se le ha pagado “su trabajo”. En términos de intercambio humano esto podría significar “por su esfuerzo, por su entrega”. Pero debería significar también, de un modo un poco más objetivo, “de manera proporcional a lo que ha producido”. Los discursos que los empresarios se han acostumbrado a hacer cada Día del Trabajo suelen abundar en este tipo de reconocimientos, llevados hasta el grado de la alabanza.[19]


Todo parece ocurrir como si al intercambiar un bien físico por otro, digamos, una oveja por dinero, el burgués dijera “por esto, que es un objeto, no pago más que su costo de producción (ponderado por su abundancia o escasez relativa)” y, en cambio, cuando se trata de comprar “trabajo”, el burgués dijera “por esto, que es lo que hace un ser humano, pago lo que merecen sus esfuerzos y sus destrezas”. Parece haber un doble estándar: un bien físico lo paga según su valor de cambio, “el trabajo” lo paga según algún tipo de estimación valórica. Es muy importante notar que este razonamiento ha guiado realmente, de manera más o menos efectiva, al modo como el burgués compra los trabajos de los artistas o artesanos que estima, de los maestros o académicos que le parecen sabios, de los médicos que cree pueden salvarlo o mantenerlo sano, o de los fieles administradores que lo acompañan de manera directa toda su vida.


A pesar de los entusiasmos de la retórica burguesa, sin embargo, un enorme mérito de Carlos Marx, es haber develado el hecho de que al comprar “trabajo” destinado a la manufactura en sus fábricas los capitalistas no se guían por estas valoraciones “humanistas” y, ni siquiera, por la ficción de retribución que proclaman en los contratos. Compran el “trabajo” según la misma lógica despiadada con que compran una oveja: según lo que cuesta producirlo. Compran el “trabajo” manufacturero como una mercancía más.


Para precisar esta idea Marx distinguió el “trabajo” de la “fuerza de trabajo”. Si al trabajador le pagaran el valor de “lo que ha trabajado”, deberían pagarle todo el plusvalor que ha agregado a los medios de producción, y el burgués sólo debería descontar una “compensación” por su tarea de coordinación, equivalente o no sustantivamente mayor que un salario cualquiera. En lugar de esto el burgués paga sólo la “fuerza de trabajo”, lo que equivale, según la expresión a la vez poética e insólitamente precisa de Marx al “gasto de músculos y nervios” que ha efectuado, valorado, tal como una oveja o un saco de trigo cualquiera, según su costo de producción. La diferencia se produce porque la fuerza de trabajo es capaz de producir más valor de lo que ella misma cuesta. Esta diferencia es la que se puede llamar propiamente plusvalía. El burgués se vuelve rico porque apropia, y acumula, plusvalía creada por los trabajadores.


Bajo la premisa de que sólo el trabajo humano puede valorizar la mercancía, es decir, de que la única riqueza real, en sentido global e histórico, es la que proviene del trabajo que produce bienes materiales, el ciclo a través del cual el capitalista se enriquece empieza cuando invierte dinero en comprar medios de producción, y en comprar fuerza de trabajo. A lo largo de un ciclo productivo el trabajador agrega valor a los medios de producción, transformándolos en un producto. El capitalista realiza ese producto vendiéndolo en el mercado. En el precio que obtiene están incorporados: el valor de cambio de los medios de producción, y el plusvalor agregado por la fuerza de trabajo. Desde ese plusvalor recupera lo que ha invertido en fuerza de trabajo (lo que ha pagado en salario), y obtiene una diferencia (la plusvalía), que equivale a su ganancia real.


Como a lo largo de este proceso los medios de producción no agregan valor (sólo el trabajo actual puede hacerlo), Marx llama Capital Constante (CC) al dinero invertido en ellos, y valor traspasado (vt) a su proyección sobre el valor final de la mercancía. En cambio, como la fuerza de trabajo sí agrega valor, llama Capital Variable (CV) al dinero que se invierte en ella, el que proyectado sobre el valor final de la mercancía equivale al salario (s). Todos estos conceptos, y el proceso mismo, se pueden ver resumidos en el siguiente gráfico.


Valorplusvalor.png


Es importante notar que, como en el intercambio capitalista de cualquier tipo de mercancía, un factor clave en todo esto es el tiempo: las mercancías se intercambian por el tiempo socialmente necesario para producirlas. El capitalista no le paga al trabajador todo el tiempo de trabajo a lo largo del cual ha producido plusvalor, sino sólo aquel que ha ocupado en producir un valor equivalente al costo de su propia fuerza de trabajo. Una consecuencia evidente de esto es que, en buenas cuentas, el trabajador produce el mismo su propio salario. Todo lo que el burgués invirtió en salario lo recuperará al realizar la mercancía.


Debido a esto, para Marx es importante distinguir, a lo largo de esta jornada laboral genérica, cuál es el tiempo pagado (tp), en que el trabajador crea un valor equivalente a su propio salario, del tiempo no pagado (tnp), durante el cual todo el valor que produce es apropiado como plusvalía. Ambos están distinguidos en el gráfico alrededor del punto A, en que la curva de valorización progresiva corta el nivel del salario, y su proyección sobre el eje del tiempo.


Puestas las cosas de este modo, Marx define dos relaciones que son claves para expresar y desarrollar su crítica, y que muestran con claridad y profundidad el carácter de su razonamiento.


Por un lado define una Tasa de Explotación, como la proporción entre el tiempo no pagado y el tiempo pagado. Hay que notar, aplicando de manera simple el Teorema de Tales en el gráfico, que esto equivale a la proporción entre la Plusvalía y el Salario.


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Por otro lado define una Tasa de Ganancia, como la proporción entre la plusvalía y la suma del Capital Constante y el Capital Variable. De acuerdo a su costumbre de usar fórmulas hegelianas, Marx llama a esta suma Composición Orgánica del Capital (CC + CV).


Desde un punto de vista epistemológico ambas definiciones son notables por su carácter, y por las consecuencias políticas que conllevan.


Por un lado Marx trabaja con tasas, o proporciones, no con valores absolutos. Hay que recordar que también, en general, trabaja con ponderaciones y valores globales, y no con valores empíricos puntuales, ni con series estadísticas simples de valores locales. Se podría decir que para el razonamiento de Marx no es relevante el enriquecimiento absoluto (la ganancia), que es lo que históricamente ha llenado de indignación a anarquistas y socialistas utópicos (y a él mismo), sino la proporción entre lo que el capitalista invierte y lo que gana, es decir, no cuánto dinero gana con un negocio concreto (la masa de ganancia), sino qué tan bueno fue ese negocio (la tasa de ganancia). Podemos apreciar esta diferencia a través de la aparente paradoja que está resumida en el siguiente cuadro N° 1:


Cuadro 1 - Comparación de dos Tasas de Ganancia
0 1 2 3 4 5 6 7 8
Burgués CC (Medios de Producción) CV (Salario) CC+CV (1+2) N° de Unidades Precio Unitario Masa de Ganancia (4*5) Plusvalía (6-3) Tasa de Ganancia (7/3)
1 100 100 200 100 5 500 300 300/200=1,5
2 50 50 100 100 3 300 200 200/100=2,0
Comparación Burgués 2 invierte menos Lo que invierten Pero logra vender mejor Burgués 2 gana menos Pero hace un mejor negocio


Lo que vemos es que a pesar de que el segundo burgués ganó menos (masa de ganancia) su negocio fue mejor (tasa de ganancia). Al examinar los números en este cuadro, que establece sólo un ejemplo abstracto y puntual, se puede ver que el efecto (en este caso) se debe a que el segundo burgués, a pesar de que invirtió sólo la mitad que el primero, logró a más de la mitad del primer precio (vende a 3, no a 2,5). Si hubiese vendido cada unidad a 2,5 todos los factores se reducen uniformemente a la mitad, y la tasa de ganancia habría sido la misma. Su habilidad (en este caso) es que ha logrado vender relativamente más caro que el primero.


Esta situación, y el modo escogido por Marx para abordarla, tienen enormes consecuencias, como expondré luego, cuando examina no sólo el hecho puntual de la apropiación de plusvalía, que es lo que he mostrado hasta aquí, sino su devenir a través de muchos ciclos de producción de mercancías, es decir, al considerar la reproducción del capital en su dimensión histórica.


De la misma manera, y también a contrapelo de las indignaciones inmediatas de anarquistas y socialistas utópicos (y también de las suyas), Marx no razona sobre la base del salario absoluto, es decir, de la pobreza material de los trabajadores, derivada del abuso capitalista, sino a partir de la proporción entre el salario y la ganancia.


En un caso extremo, nuevamente abstracto, sólo para mostrar este punto, podemos considerar la siguiente comparación, resumida en el cuadro N° 2:


Cuadro 2 - Comparación de dos Tasas de Explotación
0 1 2 3 4 5 6 7 8
Trabajador CC (Medios de Producción) CV (Salario) CC+CV (1+2) N° de Unidades Precio Unitario Masa de Ganancia (4*5) Plusvalía (6-3) Tasa de Explotación (7/2)
1 300 100 400 100 5 500 100 100/100=1,0
2 600 200 800 1000 1,2 1200 400 400/200=2,0
Comparación Trabajador 2 gana el doble Burgués 2 produce 10 veces más Pero sus precios se reducen 10 veces Burgués 2 gana 4 veces más Trabajador 2 es explotado el doble


Aquí se pueden ver aspectos que tienen también enormes proyecciones. Por un lado el segundo burgués invierte el doble que el primero, pero con eso logra producir diez veces más. Este aumento de productividad se debe seguramente a que ha invertido en herramientas y máquinas que tienen un desarrollo y poder tecnológico muy superior a las usadas por el primer burgués. Este aumento de productividad le permite aumentar su masa de ganancia a pesar de que ha reducido los precios unitarios: vende más barato, pero vende mucho más. Pero no sólo eso. El aumento de la productividad le ha permitido aumentar el salario de sus trabajadores, cuestión que, proyectada históricamente, tiene enormes repercusiones políticas. Sin embargo, en una aparente paradoja, estos trabajadores que han aumentado sus salarios resultan, de acuerdo con el criterio de Marx, más explotados. La tasa de explotación que se obtiene de ellos es, lisa y llanamente el doble. Una situación que se repetirá una y otra vez en la historia del desarrollo tecnológico capitalista: el aumento de la productividad permitirá, a la vez, mayores salarios y mayores tasas de explotación.


Forma parte de la enorme perspicacia de Marx haber seguido este hilo de la tasa de explotación, para examinar sus consecuencias sobre la evolución del capitalismo, en lugar de detenerse en el otro hilo, muchísimo más visible e indignante, que es el del salario considerado de manera absoluta, el de la miseria visible, como lo hicieron todos los demás críticos anticapitalistas de izquierda, y como suelen hacerlo habitualmente, hasta hoy, incluso la mayoría de los políticos marxistas.


En términos conceptuales, como he insistido, este punto tiene una enorme importancia. Muestra que, por muy indignante y urgente que sea la pobreza, el alegato de Marx no está dirigido primariamente contra ella, sino contra la explotación.


En la lógica de Marx efectivamente los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres, como han constatado empírica y acertadamente anarquistas y socialistas utópicos. Lo que no es cierto, en cambio, es que los trabajadores, los productores de plusvalía, sean necesariamente cada vez más pobres. El aumento de la productividad no sólo le permite al capitalista aumentar históricamente los salarios reales, sino que incluso generará una serie de presiones, unas internas a la competencia capitalista (estructurales), y otras derivadas de los procesos que esa competencia produce sobre el devenir del capitalismo (históricas), que harán necesarios esos aumentos.


Este encarecimiento progresivo de la fuerza de trabajo resultará, en el razonamiento de Marx, unos de los factores claves en la evolución efectiva del capitalismo. En esa lógica, plenamente interna a su teoría, se encuentra la raíz de un fenómeno que es empíricamente constatable hoy, de manera ostentosa, y que la mayoría de los marxistas, razonando al más puro estilo de los socialistas utópicos, se empeñan en negar, incluso rasgando vestiduras y haciendo toda clase de escándalos: el que el salario real, efectivo, considerado como capacidad de compra, ha subido constantemente en términos históricos entre los trabajadores integrados de manera efectiva a la producción capitalista. Y ese es, ni más ni menos, el origen de las enormes “capas medias” que crecieron a lo largo del siglo XX. Una denominación idiota que deriva de no captar este aspecto de la lógica de Marx, y reconceptualizar a los trabajadores ya no en términos de clase social (los productores directos), sino en términos de estratificación social (según sus niveles de salario).


Por supuesto, en este punto, habrá quienes se apresuren a mostrar cálculos que indican que el salario de los trabajadores ha bajado globalmente en términos históricos. La “trampa” más común, y en general inadvertida, en esos cálculos, es incluir en los promedios salariales a la enorme masa de la fuerza de trabajo potencial que no está integrada de hecho en la producción capitalista, ni siquiera como ejército de reserva, es decir, a los cientos de millones de seres humanos que no sólo no tienen empleos precarios, sino que simplemente carecen de empleo de manera absoluta. Es obvio que si cargamos a esta enorme masa, que no produce plusvalía real por el simple hecho de estar desempleada, sobre el fondo de los salarios efectivamente pagados, el promedio no sólo tiene que ser muy bajo, sino que, debido a la tendencia al desempleo estructural, podría incluso ir aún disminuyendo. En la lógica de Marx, como expondré más adelante, hay un modo consistente de dar cuenta de esta enorme realidad de la marginación. Un modo que hace innecesario criticarla recurriendo a estos promedios espurios.


Otra diferencia notable entre el razonamiento de Marx y el de los otros críticos anticapitalistas de izquierda, que está estrechamente relacionada con la anterior, es la complejidad con que considera la variable salario.


En principio, considerada como mercancía, el salario corresponde al costo de producción de la fuerza de trabajo. Esto, literalmente, corresponde a lo que cuesta mantener a un trabajador produciendo, es decir, al costo de los alimentos, el vestuario, la vivienda, etc., que requiere para mantenerse vivo, y en condiciones de trabajar o, también, a lo que requiere para reponer la fuerza de trabajo que ha gastado en un ciclo productivo, y estar disponible para el siguiente. La literatura crítica llama tradicionalmente al costo generado por estos factores “salario de subsistencia”.


En el devenir del capitalismo, sin embargo, ocurren dos reproducciones que son cruciales. Una es la reproducción del propio capital que, hasta aquí, he descrito de manera unitaria y aislada. Para que el capitalismo subsista en el tiempo la situación de apropiación de plusvalía debe repetirse, y ampliarse, una y otra vez. Si hasta aquí he descrito el ciclo de producción del capital, es decir, cómo tras una inversión inicial el burgués llega a apropiar plusvalía, será necesario luego describir el ciclo de reproducción del capital, es decir, cómo aquello se repite y se amplía una y otra vez hasta convertir al capitalismo en un sistema social.


Pero, en segundo lugar, de manera exactamente correspondiente, para que esta reproducción del capital sea posible, la propia fuerza de trabajo debe ser reproducida. Esto significa, en primer lugar, de manera trivial, que los trabajadores deberán tener hijos y formarlos como futuros trabajadores, y también, de manera más sutil, que las nuevas generaciones de trabajadores deberán estar preparadas para asumir las nuevas técnicas y formas del trabajo que se producirán debido a la competencia capitalista.


El efecto económico de esta necesidad es que el costo de la fuerza de trabajo tiene dos componentes. Uno es el de su producción, el otro, mucho más complejo, el de su re-producción. El primero, el salario de subsistencia, debido al desarrollo tecnológico y de la productividad, y a la consiguiente tendencia histórica a la baja de los precios unitarios de los productos manufacturados, tiende históricamente a bajar. Cada vez cuesta menos mantener a cada trabajador en condiciones de producir. El segundo, en cambio, en virtud de los múltiples factores que lo determinan, tiende históricamente a subir. El encarecimiento progresivo de la fuerza de trabajo en términos históricos se debe a que este segundo factor crece mucho más y más rápido de lo que baja el primero. Un aspecto notable de las múltiples contribuciones de Marx es que, a contrapelo de todos los otros críticos de izquierda, fue capaz de predecir este fenómeno, y lo integró de manera plena y consistente a su explicación del mecanismo de las crisis cíclicas, y a sus predicciones sobre la necesidad de expansión del sistema capitalista.


El costo de reproducción de la fuerza de trabajo es una variable compleja, fuertemente influida por aspectos sociales y culturales. Por un lado el capitalista debe asumir que en el salario que paga deben estar contempladas las necesidades de la familia del trabajador (su reproducción en sentido literal), las de su esposa, si no trabaja, las de sus hijos. Una de las razones del auge de la familia nuclear moderna (restringida a padre, madre e hijos) es que ningún burgués consideró necesario, por sobre esta reproducción simple, pagarle a sus trabajadores lo suficiente para mantener abuelos, tíos o criados, que él en cambio sí consideró requerir y merecer.


Un segundo aspecto es que la burguesía tiene que asumir de una u otra manera el costo de la formación técnica necesaria para que los trabajadores estén habilitados para ejercer de manera eficiente el trabajo industrial. Directamente, como instrucción técnica en el lugar de trabajo, o indirectamente, a través del gasto social en educación, al que debe contribuir con sus impuestos.[20]


Si el primer factor de costo, la reproducción inmediata, no es sino una extensión del salario de subsistencia y, como tal, tiende a bajar históricamente, este segundo factor, en cambio, debido a la complejización técnica de la producción no hace más que aumentar constantemente. Si el paso de los oficios gremiales al taylorismo y al fordismo puede ser visto como intentos de disminuir este costo, reemplazando trabajadores con oficios complejos por trabajadores con muy baja calificación, la tendencia histórica ha mostrado, sin embargo, que sólo tuvieron efectos parciales y temporales. Por un lado, si el costo de la calificación laboral de los trabajadores inmediatos disminuyó drásticamente, el costo global de la calificación para el trabajo, en el que hay que considerar a diseñadores industriales, coordinadores y administradores, aumentó considerablemente. Por último, con la organización postfordista, el intento por disminuir el costo de este segundo tipo de trabajadores cualificando directamente a los del primer tipo, no hizo sino aumentar, una vez más, el costo global.


Pero, más allá de estos dos factores principales, la reproducción de la fuerza de trabajo se ve sustancialmente afectada por variables sociales y políticas. En primer lugar, la permanente presión del movimiento sindical por mejorar los niveles salariales. Pero también el horizonte de desarrollo material que produce el propio progreso capitalista, que actúa a su vez sobre las expectativas del movimiento sindical. Por otro lado, la creciente autovalidación, fundada en meras variables ideológicas de los profesionales que ofrecen servicios (médicos, académicos, administradores, artistas), que les permite encarecer su oferta por sobre el costo de reproducción de sus destrezas, y que actúa a su vez como modelo para las expectativas de los demás trabajadores.


Un fenómeno llamativo, y sólo en cierto sentido extremo, que deriva de estas variables, se produce en las economías industriales durante sus épocas de relativa estabilidad, donde los trabajadores simplemente no aceptan trabajos por debajo de un cierto “salario mínimo socialmente aceptable”, prefiriendo el desempleo ante las tareas menos legitimadas, que ofrecen salarios menores. Esto es, en buenas cuentas, lo que abrió las puertas a corrientes migratorias de trabajadores en cuyos países de origen el salario promedio es aún mucho menor, y que llegaron a ocuparse de los servicios más básicos, de los empleos domésticos, o del trabajo fabril peor remunerado. Es por esta vía que, hasta hace muy poco, antes de la crisis actual, se veía en Europa el curioso espectáculo de millones de trabajadores migrantes paralelo a una cantidad similar de millones de trabajadores europeos desempleados. Por supuesto, tras esta tendencia inicial, dos poderosas fuerzas contribuyeron a convertirla en la enorme revolución demográfica que es una de las características más visibles del trabajo postfordista. Por un lado la permanente avidez del capitalista a la caza de mano de obra más barata. Por otro lado el espejismo que empuja a los migrantes a dejar sus países bajo la promesa de que tendrán una oportunidad de ascenso social. La tragedia histórica de estos movimientos poblacionales hacia los paraísos del capitalismo es que ese ascenso social también contribuye a encarecer globalmente la fuerza de trabajo, por lo que a la larga los capitalistas vuelven la espalda a sus propios países, cierran sus fábricas y las reabren en países en que el costo de la fuerza de trabajo sea más bajo aún… y dejan tras de sí una dramática y gigantesca estela de migración frustrada y violencia social.


Lo importante aquí es que el propio progreso capitalista, el aumento progresivo de los estándares de vida que hace posible, generan una tendencia histórica al encarecimiento de la fuerza de trabajo. Marx consideró, de manera profética, esta tendencia como uno de los factores sociales, concretos, que determinan el devenir del capitalismo, y su tendencia estructural hacia la crisis.


b. La reproducción del capital

Cuando examinamos de manera general el ciclo económico a través del cual se extrae plusvalía a partir de la producción de valor realizada por la fuerza de trabajo, y lo inscribimos en la lógica general del capitalismo lo que constatamos es que el sentido real que todo este movimiento tiene para el capitalista NO es satisfacer alguna necesidad, ni siquiera producir algún bien real que pueda hacerlo, sino simplemente el poder contar al final del ciclo con una nueva cuota de capital, idealmente mayor que la primera, para volverla a invertir. No es nada casual que hayamos podido describir todo el ciclo aludiendo a “una mercancía”, sin especificar si se trataba de cuadernos, alimentos, armas o cocaína.[21]


En rigor, considerado el proceso completo, desde la inversión inicial de capital constante y variable hasta la realización de la mercancía, desde el punto de vista del capitalista, lo que se ha producido en él es capital, y la mercancía concreta, como también la acción de la fuerza de trabajo, aparecen como meros medios para conseguirlo. Es por eso que a todo este proceso se lo puede llamar ciclo de la producción de capital y no, por ejemplo, ciclo del trabajo, o de la producción de mercancía, aunque de hecho también lo sean.


La situación real, sin embargo, es que el capitalista deberá hacer esto una y otra vez, y muchos capitalistas lo harán simultáneamente, y su acción se extenderá a lo largo de muchos ciclos, se extenderá histórica y socialmente. Esta extensión, y estas repeticiones necesarias, son las que ahora tenemos que designar, agregando dos componentes a ese nombre que designa un momento particular. Ahora tendremos que abordar el proceso (no el ciclo) de re (una y otra vez) producción de capital.


El ciclo de producción de capital nos ha servido para entender de manera focalizada, y todavía analítica, cómo se produce la apropiación de plusvalía, la explotación capitalista, en su célula particular. El proceso de reproducción del capital deberá servirnos para entender la dinámica de conjunto del capitalismo, entender sus “leyes”, y situar la apropiación de plusvalía en un marco histórico más concreto y determinado. Desde un punto de vista epistemológico se trata del paso de lo particular y abstracto a lo que es más propio del análisis marxista, la consideración global e histórica.


Marx dedicó cuarenta años de investigación y sistematización a ese análisis global e histórico del capitalismo. Sus múltiples intentos y sus resultados se pueden ver en cuatro grandes textos. La Contribución a la crítica de la Economía Política (1859); el primer tomo de El Capital (1867); una enorme serie de manuscritos preparatorios que fueron publicados recién en 1939 bajo el título de Materiales fundamentales para la contribución a la crítica de la Economía Política (los famosos “Grundrisse”), escritos entre 1857 y 1859; los tomos segundo y tercero de El Capital, ordenados y editados por Federico Engels en 1884 y 1894. A esto hay que agregar cientos de páginas de notas, apuntes y textos enteros que se han publicado desde su muerte, como las Teorías de la Plusvalía, editado por Karl Kautsky en 1905; el capítulo VI del primer tomo de El Capital, que se mantuvo inédito por casi cien años, y varios cientos de páginas que, de manera increíble, no han sido publicadas hasta el día de hoy.[22]


De todo este enorme material, que ciertamente requiere de varios semestres de estudio específico, y que se presta para varias decenas de textos explicativos, en este libro me interesa sólo lo más esencial de su línea argumentativa. Y no me queda más que rogar al lector que contraste (y controle) la adecuación de este mínimo resumen emprendiendo el necesario estudio correspondiente, que seguramente estará repleto de detalles significativos, variantes y vivas polémicas, que aquí no tengo manera de registrar. Mi propósito es solamente registrar de manera general el procedimiento que requiere la elaboración del argumento de Marx, enumerar sus principales resultados y, sobre todo, mostrar sus consecuencias políticas.


Desde un punto de vista empírico, la tarea de Marx requiere examinar qué ocurre a lo largo de muchos ciclos de producción en una mercancía concreta (por ejemplo, tomates o sillas) considerando la competencia que se produce entre distintos productores, que aplican diversos grados de desarrollo tecnológico. Luego requiere ampliar el análisis hasta considerar los efectos de la competencia y la técnica en toda una rama de la producción (por ejemplo, la producción de alimentos, o de muebles). La conclusión de Marx, tras estos análisis, es que la lógica interna del capitalismo lleva en cada rama a crisis cíclicas de sobreproducción, con una serie de efectos que enumeraré luego.


Pero no basta con eso. El paso siguiente es comprobar cómo esa lógica de la crisis llegará a afectar luego a toda la producción de bienes manufacturados. Pero a su vez, para esto, Marx consideró el mismo fenómeno paralelamente en tres ámbitos fundamentales, que luego hace interactuar entre sí. La producción de productos manufacturados, la producción de materias primas (o, más en general, la llamada “renta de la tierra”: pesca, minería, agricultura), y la producción de medios de producción. Luego de mostrar que en cada uno de estos ámbitos se repite la tendencia cíclica a la crisis de sobreproducción, pudo mostrar que, a su vez, su composición e interacción conduce, también de manera cíclica y estructural, a crisis generales del capitalismo como conjunto.


Se puede entender esta propensión interna y estructural a la crisis partiendo, aunque no sea la terminología y el modo en que Marx mismo formuló su teoría, de uno de los rasgos epistemológicos más notables que contiene: Marx ha desarrollado un análisis económico situado, histórico, ha puesto como punto de partida una situación real (no un modelo abstracto de competencia).


La situación histórica efectiva es que la economía capitalista está fundada en agentes económicos individuales, en competencia, originariamente desiguales, que se desenvuelven en un mercado estructuralmente opaco.


Por un lado, nunca fueron iguales, nunca estos agentes tuvieron las mismas destrezas, ni los mismos medios disponibles, ni el mismo acceso a fuentes de capital inicial. Por otro lado nunca pueden saber, ni calcular, el estado conjunto de la economía, no sólo por su complejidad, sino debido a que compiten entre sí, y eso los obliga a ocultar sus intenciones y ventajas hasta el momento en que puedan llevarlas a cabo de manera efectiva. El mercado capitalista no sólo no es transparente, no sólo nunca llega a serlo, sino que está constituido de tal manera que no puede serlo. El resultado global de esta opacidad es que cada capitalista particular, si quiere sobrevivir como tal, no tiene más alternativa que intentar competir con ventaja, y parte de ese intento consiste justamente en ocultar sus intenciones hasta el momento de realizarlas.


Por supuesto, se pueden obtener ventajas de muchas maneras. Por la fuerza, a través de la corrupción (por ejemplo, obtener información privilegiada), a través del abuso manifiesto (por ejemplo, sobre explotando a los trabajadores). Y cada una de estas formas se puede documentar muy ampliamente en el capitalismo real, y han sido denunciadas e impugnadas no sólo por los críticos de izquierda, sino también por los liberales más progresistas. Nuevamente, sin embargo, el enorme mérito de Marx es no haberse detenido en estas figuras del “abuso” capitalista para moralizar desde ellas, como hicieron, y como hacen, casi todos los demás opositores de izquierda (y también él mismo), sino centrar su análisis en lo que podría considerarse como el “mejor” capitalista posible[23], el que hace progresar la técnica, el que puede pagar, en términos relativos, mejores salarios, y mostrar desde allí no sólo que bajo su operación la tendencia a la crisis se mantiene (y en algún sentido se agudiza), sino que los supuestos “abusos” son en realidad recursos necesarios que, más allá de su contenido moral, pertenecen a la lógica de conjunto del capital históricamente considerada.


La crítica de Marx, de esta manera, resulta sustantivamente más poderosa que la de cualquier otro crítico de izquierda. Los “abusos” del capital no se originan (o, no tienen por qué originarse) en ninguna particular mala voluntad, o disposición moral (como la avidez de lucro, el egoísmo desenfrenado, o la avaricia), sino que son, usando esa curiosa fórmula weberiana, “acciones racionales”, en el contexto de una lógica objetiva, perfectamente comprensible.


Pero, aún más, lo que ocurre en su crítica, por otro lado, es que se puede mostrar que los otros tipos de acciones que, ahora en sentido valorativo, se pueden llamar “racionales”, como apelar al desarrollo tecnológico para aumentar la productividad, conducen igualmente a la crisis, con todas las connotaciones morales negativas que los críticos abundan en señalar. Es decir, aún el “mejor” capitalismo resulta estructuralmente criticable o, también, las crisis generales no resultan un defecto del movimiento del capital sino justamente, dadas sus condiciones históricas concretas, su principal resultado. Como sostuvo Hegel, “la contradicción es el alma del devenir”: acciones particulares perfectamente racionales se conjugan de tal manera que el resultado global es irracional.


Sigamos entonces justamente ese camino. Desde la acción de ciertos “buenos” capitalistas entender cómo se produce la crisis, cómo, a partir de ella, estos mismos agentes se ven obligados a convertirse en capitalistas “malos”, y cómo, cuando se considera el proceso en su conjunto, estos adjetivos moralizantes, “buenos”, “malos”, “racionales”, “irracionales”, pierden sentido, y una vez que se disipan nos dejan ante el panorama de una sociedad intrínsecamente contradictoria y catastrófica.


Siguiendo este hilo, el asunto general es que la acción “racional” de cada capitalista en un mercado competitivo, desigual y opaco no puede ser sino intentar competir con ventaja. En el mejor de los casos logrará esto si puede producir mejor y más barato, llevando con ello a la quiebra a sus competidores. La mejor estrategia para esto podría ser tratar de maximizar la ganancia para luego, desde allí, “renunciar” a parte de ella bajando los precios.


En esta lógica el esfuerzo por maximizar la ganancia no se debe a la avaricia, ni a la avidez de lucro, como tampoco la reducción de los precios se debe, de manera inversa, a un ataque de generosidad, sino que ambas pueden ser entendidas como medios para un objetivo económico perfectamente racional. O, también, para abundar aún más en este punto, que me parece crucial, el argumento de Marx no requiere de atribuir a los capitalistas ninguna condición moral particular, como no sea la de buscar su propio beneficio, y el de los suyos. El argumento se puede mantener perfectamente en el plano objetivo (y objetivante) de las acciones y los propósitos únicamente económicos. Si consideramos el gráfico valor / tiempo que usamos para describir la apropiación de plusvalía, veremos que hay básicamente dos maneras en que se puede aumentar la ganancia, o la plusvalía apropiada. Para mostrar la primera, he reunido en el mismo gráfico dos situaciones para compararlas:


Valorplusvalía.png

La situación difiere en que el tiempo de trabajo en B (tB) es mayor que en A (tA). Como la valorización que la fuerza de trabajo ejerce sobre los medios de producción depende básicamente del tiempo, el efecto inmediato de este cambio es que la plusvalía en B (PB) es mayor que en A (PA).


Es importante notar (aunque no está registrado en este gráfico) que se habría obtenido el mismo efecto (PB > PA) si al pasar de A a B se hubiese disminuido el salario. (Esto es lo que está indicado por las flechas gruesas).


Estos dos mecanismos, aumentar la jornada laboral o disminuir los salarios con el objetivo de aumentar la ganancia, son los que Marx llama “mecanismos para aumentar la plusvalía por la vía absoluta”, y es común que los marxistas se refieran a ellos con la contracción “plusvalía absoluta”.[24]


Esta posibilidad le da pleno sentido, entonces, a la existencia de jornadas laborales de diez, doce o catorce horas (cuya existencia puede ser ampliamente documentada a través de la historia del capitalismo), o de mecanismos que permitan reducir los salarios (como pagar menos a las mujeres, contratar niños, o suprimir los derechos laborales). Y estas prácticas son las que, con toda razón, se pueden llamar “capitalismo salvaje”, o “mal capitalismo”. En la medida en que son prácticas muy visibles, en que se recurre a ellas con mucha frecuencia y, por supuesto, de que tienen un impacto directo sobre la vida de los trabajadores, la mayor parte de la crítica de izquierda, con razón, se ha concentrado tradicionalmente en ellas.


Pero justamente, como está dicho, NO es desde aquí que Marx organiza su crítica. Hay otra manera, muy distinta, de aumentar la plusvalía, que se puede ver en el gráfico siguiente en que, de nuevo, he reunido dos situaciones para compararlas.


ValorProductividad.png

Ahora lo que ocurre es que el ritmo de valorización es distinto en cada caso. En la situación B, en el mismo tiempo de trabajo, se logra agregar más valor a los medios de producción que en A. Esto es posible porque se ha aumentado la productividad del trabajo. A estos procedimientos Marx los llama “mecanismos para aumentar la plusvalía por la vía relativa”, y es común referirse a ellos como “plusvalía relativa”.


Usando términos actuales se podría decir que hay un “modo hardware” para aumentar la productividad, que consiste en disponer de máquinas y herramientas mejores, y un “modo software”, que, con las mismas máquinas, consiste en mejorar el orden en que se realizan las operaciones concretas, particulares, en el curso de la tarea productiva. En este segundo caso, en la medida en que la jornada laboral se mantiene, la optimización del orden del trabajo aumenta el tiempo de trabajo en que las materias primas están siendo real y directamente transformadas. Por eso se puede hablar de intensificación del tiempo de trabajo.[25]


A lo largo del siglo XX la importancia de esta optimización en el orden y el modo en que se organizan los procesos productivos ha sido tan decisiva que ha llegado a determinar modos de acumulación capitalista, distinguibles por esas técnicas, y por los innumerables efectos que tienen sobre las relaciones sociales. Estos modos, cuyo origen y carácter está arraigado en la organización del trabajo industrial, son el Taylorismo, el Fordismo y el Postfordismo.[26] Nuevamente encontramos aquí un aspecto profético en los estudios de Marx, que fue capaz de anticipar cada una de estas formas y sus efectos sobre el desarrollo capitalista.


La maximización de la ganancia se puede obtener, en suma, por la vía de la plusvalía absoluta o por la de la plusvalía relativa. Antes de considerar los efectos, y el papel que cumple, cada una ellas en el devenir de la competencia comparémoslas directamente, entre sí.


Una primera y crucial forma de compararlas es examinar el efecto directo que tienen sobre la explotación. Desde luego la plusvalía absoluta, en la medida en que recurre a la disminución del salario, aumenta lo que habitualmente entendemos por explotación. Y también, de manera inversa, en la medida en que los aumentos de productividad permiten, en principio, aumentar los salarios, la plusvalía relativa parecería disminuirla.


El resultado que se obtiene al atender a la tasa de explotación, sin embargo, es exactamente contrario. Si comparamos el tiempo pagado y el tiempo no pagado en el caso de la plusvalía absoluta (ver el gráfico), obtenemos:


tpA = tpB y, en cambio, tnpA < tnpB como la tasa de explotación es Texp = tnp / tp,


se obtiene que: TexpA = tnpA / tpA < TexpB = tnpB / tpB


Es decir, aunque el salario disminuya la tasa de explotación también disminuye.


En cambio, en el caso de la plusvalía relativa:


tpA > tpB y, como el tiempo total es el mismo, tnpA < tnpB, con esto, al calcular la tasa de explotación, ambos factores operan en la misma dirección, y se obtiene:


tnpA / tpA < tnpB / tpB[27]


Es decir, aunque el salario aumente, la tasa de explotación aumenta.


Esta diferencia entre explotación y tasa de explotación, que ya he comentado, tiene enormes consecuencias políticas, que comentaré en los capítulos siguientes. Por ahora hemos avanzado en lo siguiente: si bien el recurso a la plusvalía absoluta, al aumentar lo que se entiende comúnmente por explotación es el blanco más frecuente de la crítica de izquierda, en realidad no es el efecto más propio y profundo de la opresión capitalista.


El aumento de la tasa de explotación, que resulta de recurrir a la plusvalía relativa, no es sólo un cálculo numérico, o un mero indicador relativo, en realidad es el factor que da cuenta de la enajenación creciente del proletariado como clase social. Si entendemos enajenación literalmente, como ser despojado de lo que es propio (que lo que es propio llegue a ser ajeno), la tasa de explotación es un mejor indicador de esta apropiación, de la proporción entre lo que el trabajador pone de sí, como esfuerzo, en su trabajo, y lo que recibe como salario, que el nivel absoluto del salario, sobre todo en el caso en que este nivel absoluto aumente en términos reales.


Si la plusvalía absoluta está relacionada con la enajenación que acarrea la pobreza física, la plusvalía relativa resulta un indicador de la enajenación que se produce en la abundancia. Y, por supuesto, esto no es sólo un cálculo numérico. Cuando bajamos estos factores aparentemente abstractos al nivel de la vida cotidiana, y los expresamos en términos existenciales, el significado de la fórmula “aumenta la tasa de explotación” lo que expresa es una situación en que el trabajador es responsable de volúmenes de productos cada vez mayores, sobre los que debe operar a través de interfaces cada vez más complejas, en que sus eventuales fallos laborales serán cada vez más costosos para el empresario. La extrema división técnica del trabajo que es necesaria para mantener y controlar esta situación (taylorismo, fordismo) impactan a su vez directamente sobre su cuerpo, sobre sus capacidades sensoriales, sobre su capacidad de atención y reacción disciplinada. Con todo esto la forma misma del cansancio cambia. Del cansancio más bien muscular que requiere una jornada laboral extensa se pasa a un cansancio de tipo neuromuscular y psicológico, que afecta más bien a la motricidad fina y a la actividad mental. De manera correspondiente, serán necesarias nuevas y más intensas formas de restaurar su fuerza de trabajo, lo que conducirá a una tendencia de todo el sistema a colonizar el tiempo “libre”, para asegurar esa restauración, para lograr que el trabajador esté en condiciones de seguir siendo explotado al día siguiente.


Toda esta deshumanización está contenida en la fórmula, aparentemente inofensiva: “aumento de la tasa de explotación”. Y es notable que el cálculo de Marx esté plenamente al tanto de estos componentes posibles, económicos y existenciales, y los combine constantemente. En esto vemos una vez más el sentido profundo de lo que significa “economía política”, es decir, un cálculo económico en que el sufrimiento humano está constantemente al centro. Y esto debería estar presente también cada vez que las estimaciones simples vean en el aumento eventual del salario que permite la plusvalía relativa el aspecto “bueno” del capitalismo.


Otra forma de comparar ambos tipos de aumento de la plusvalía es detenerse en sus consecuencias sociales. Mientras el recurso a la plusvalía absoluta conlleva un retroceso neto en la situación de los trabajadores (menos salario, más jornada laboral), el recurso a la vía relativa hace posible mejorar los salarios de manera directa y también, por el menor costo unitario que llegan a tener los productos manufacturados, permite su incremento indirecto, es decir, un aumento del poder adquisitivo.


Pero hay importantes elementos que complejizan esta aparente dicotomía. El primero es que el capitalismo “salvaje” no es viable, en términos sociales, en una misma sociedad particular por un largo plazo. Es políticamente inestable. Desde el mismo momento en que se generalizó la industrialización aparecieron múltiples formas de resistencia, de organización y presión política de los trabajadores. Cuando se observa el siglo de luchas obreras que va de 1830 a 1930, y se lo pone en la perspectiva de los mil años anteriores, cualquier observador se asombrará de los incontables derechos ganados, sobre todo en los países capitalistas centrales. El derecho mismo a organizarse, la extensión de los derechos y garantías políticas reconocidas por el Estado, la presión sobre los Estados para que emprendieran políticas de educación, salud, urbanización y vivienda. Y, sobre todo, dos derechos que atentan directamente contra la plusvalía absoluta: la reducción de la jornada laboral hasta un límite de ocho horas diarias, y la sostenida presión para fijar salarios mínimos, y para mantener y mejorar los salarios promedios. Los propios Estados burgueses, empujados también por las necesidades que generaba la crisis general, tuvieron que acoger estas demandas y ampliarlas hasta constituir los que fueron llamados “Estados de Bienestar”. Al menos por un momento histórico (1935-1985), y al menos en un mundo (Europa, Estados Unidos, Japón), el capitalismo “salvaje” pareció no ser viable.


Hoy sabemos, sin embargo, que puede seguir, y de hecho siguió siendo perfectamente viable y completamente real. Por un lado, la prosperidad de ese primer mundo fue sostenida por el saqueo sistemático de la mayor parte del planeta. Y por otro, y de acuerdo a las más sombrías predicciones de Marx, resultó que no había absolutamente nada de sagrado, ni de intocable, en ese bienestar, y que desde principios de los años 80 no sólo se empezaron a desmontar todas sus conquistas en el propio primer mundo sino que, y esto es lo que tiene mayor proyección histórica, los capitalistas, sin el menor “amor a la patria”, procedieron a desindustrializar sus propios países centrales, y a llevarse el grueso de la producción manufacturera a ese “tercer” mundo que había sido estigmatizado por la ideología dominante como “incapaz de desarrollarse”.[28] Y lo han hecho buscando, ni más ni menos, que la “cruel” y “malvada” plusvalía absoluta. Tal como,famosamente, habría dicho don Vito Corleone: “en realidad nada personal, sólo un problema de negocios…”.


Si, por otro lado, nos detenemos en los “benéficos” y tan alabados procedimientos que recurren a la plusvalía relativa, encontramos nuevamente la contradicción. Ocurre que el extraordinario avance tecnológico permite aumentar enormemente el volumen de la producción empleando progresivamente menos trabajadores. Efecto que se suele llamar “tendencia al desempleo estructural” o, de manera directa, “desempleo estructural”. Pero ocurre que los mismos trabajadores son, al mismo tiempo, los principales consumidores posibles. No puede haber cada vez más mercancías disponibles y a la vez cada vez menos trabajadores. Esto agravaría directamente la tendencia a la crisis general de sobreproducción.


Como es ampliamente sabido, los “Estados de Bienestar”, e incluso los que no lo eran tanto, procuraron resolver esta contradicción promoviendo una intensa tercerización de la economía, en una escala jamás vista antes en la historia humana. Un país industrial y desarrollado como Estados Unidos llegó a tener, en sus años dorados, hasta un 70% de su fuerza laboral empleada en la producción de servicios, contra un 25 % que producía todos los bienes manufacturados, y un solo un 5% dedicado a la producción de todos los alimentos que su población requería. Es notable y extraordinario que sólo cien años antes la proporción entre la agricultura y los servicios fuese exactamente la inversa. Estas políticas, que fueron llamadas “de pleno empleo”, no consistieron, en términos históricos, en otra cosa que en el ideal de que todos los seres humanos ganen algún salario, independientemente de la inutilidad o la estupidez del empleo que realicen, con tal de que lo gasten en adquirir los productos que el mercado no para de ofrecer.


Pero no sólo eso. Las políticas de contención de la tendencia a la crisis recurrieron una y otra vez a la guerra, a la obsolescencia programada de las mercancías, al despilfarro abierto (como enviar hombres a la Luna, o construir aceleradores de partículas gigantescos), es decir, a la destrucción directa e irracional de los productos del esfuerzo productivo de toda la sociedad, sólo para hacer espacio a la venta de nuevas mercancías.


Y, nuevamente, la contradicción. Para que todo eso pudiera funcionar, las grandes empresas capitalistas tuvieron que incrementar los salarios y, sobre todo, pagar una parte sustantiva de sus ganancias en impuestos. Y los resultados, ahora por esta vía, la de la abundancia y el despilfarro, tendieron también a lo que he enumerado sólo dos párrafos más arriba: saqueo del tercer mundo, desindustrialización del primero.


c. La crisis capitalista

El gran fantasma que recorre el mundo capitalista, más bien como recurrente jinete del apocalipsis, es la crisis general, la crisis de sobreproducción.


Tal como he adelantado, para comprender cómo ocurren Marx se empeñó en analizar el resultado del “mejor” capitalismo posible, aquel que recurre a los mecanismos relativos para aumentar la apropiación de plusvalía.


Podemos condensar su argumento también en los gráficos que he venido utilizando hasta aquí, pero ahora apoyaré la explicación también con ejemplos numéricos que describiré en varias etapas.


El asunto general se puede empezar a aclarar si notamos que el gráfico en que he mostrado la plusvalía relativa, al reunir, por razones puramente pedagógicas, las dos situaciones A y B, en realidad oculta algo esencial, que ahora es pertinente agregar.


La diferencia puede verse al separar ambas situaciones en dos gráficos paralelos:

AumentoCC.png


Lo que ocurre de hecho es que para pasar de la situación A a la situación B, para aumentar la productividad, es necesario aumentar la inversión en Capital Constante (CC), es decir, comprar máquinas más complejas, desarrollar o pagar técnicas más avanzadas. Es necesario recordar, además, que el sentido económico de este paso es una eventual “renuncia” a una parte de la ganancia unitaria (la que se obtendrá por cada unidad de producto) con tal de disminuir los precios.


Pero al limitar la ganancia unitaria, y a la vez aumentar la inversión de Capital Constante, disminuye la tasa de ganancia. La plusvalía (P) obtenida (al reducir los precios) es más o menos la misma, pero el Capital invertido (CC + CV) es mayor:[29]


Notar que esta disminución sería aún mayor si no sólo se incrementa el Capital Constante (CC), sino también los salarios (CV).


Examinemos esto con más detalle, a través de un ejemplo numérico que desarrollaré en varias etapas. En este ejemplo he integrado además dos elementos que hacen un poco más real todo el proceso. Uno es el hecho efectivo de que el capitalista siempre dedica parte de la plusvalía obtenida a su propio consumo y disfrute, retirándola de esta manera del proceso de reproducción del capital. Otro es que cuando se trata de un proceso de reproducción que contempla muchos ciclos de producción particulares, es necesario que el capitalista dedique una parte de sus ganancias a la reposición del desgaste progresivo que sufren sus máquinas y herramientas, ya sea manteniéndolas, reparándolas, o acumulando un fondo de capital para su reemplazo. Con esto el destino de la plusvalía obtenida queda determinado: 1°, reproducir el capital invertido, es decir, volver a invertir en CC y CV, y reponer el desgaste de sus medios de producción; 2°, separar una parte para su propio consumo; 3°, invertir una cantidad adicional en CC y CV para ampliar todo el ciclo. Y es por estos tres objetivos que todo esto se puede llamar “proceso de re-producción ampliada del capital”: producción – reproducción – ampliación.


En el Cuadro N° 1 he consignado, con números relativamente arbitrarios, el primer paso, sólo la producción de nuevo capital a partir de una inversión de capital inicial:


Cuadro 1 - La producción de capital
1 2 3 4 5 6 7 8 9
CC (Medios de producción) CV (Salario) CC+CV
(1+2)
N° de unidades Precio unitario Masa de ganancia
(4*5)
Plusvalía
(6-3)
Tasa de ganancia
(7/3)
Tasa de explotación
(7/2)
100 100 200 100 5 500 300 300/200=1,5 300/100=3,0
CC 100
CV 100
Reponer 20
80 Consumo CC' 100
CV' 100
Tanto la reinversión como la reposición y el consumo se obtienen de la plusvalía.
44 unidades 220 80 200
Mínimo de ventas Recuperar
Reponer
Consumir Reinvertir


Es notable, y no es en absoluto casual, que podamos poner en este Cuadro un cierto número de unidades de “un producto”, sin especificar de qué se trata (sillas, zapatos, cuadernos, etc.). Esto se debe, como he indicado más arriba, a que el sentido capitalista de toda esta operación es producir (aumentar) el capital mismo, sin importar a través de qué productos (armas, cocaína, tabaco) se logre.


Pero, para que esta operación se complete, será necesario “realizar” la mercancía, es decir, venderla. Por eso he consignado el precio unitario (el de un producto individual), y la ganancia que se obtiene al vender toda la producción. Pero, por supuesto, es necesario distinguir esta masa de ganancia (todo el dinero que se obtiene al vender toda la producción) de la plusvalía, la que sólo se obtiene al descontar de la masa de ganancia la inversión inicial, que es la suma del capital constante más el capital variable. Y, a su vez, distinguirla de la tasa de ganancia, que resulta al dividir esa plusvalía por la inversión inicial. He consignado también, para ver luego su evolución, la tasa de explotación, que se puede obtener de dividir la plusvalía (ganancia), por el capital variable (salario). Me interesa, por último, apartándome por enésima vez de la ortodoxia pedagógica en estos asuntos, consignar un cierto “esfuerzo de vender”, que equivaldría al número mínimo de unidades que el capitalista deberá vender obligatoriamente para recuperar el menos la inversión total (CC + CV + costo de reposición). Lo que espero mostrar con esta variable heterodoxa es que a medida que el proceso avanza el mínimo que es obligatorio vender aumenta notoriamente, hasta el punto de que se copará la capacidad de compra que tenga el mercado, es decir, se producirá una crisis de sobreproducción que hará derrumbarse todo el crecimiento obtenido hasta allí.


En el Cuadro N° 2 he consignado un ciclo de producción en que sólo ha ocurrido que todos los factores se duplican.[30]



Cuadro 2 - La reproducción ampliada simple
1 2 3 4 5 6 7 8 9
CC (Medios de producción) CV (Salario) CC+CV
(1+2)
N° de unidades Precio unitario Masa de ganancia
(4*5)
Plusvalía
(6-3)
Tasa de ganancia
(7/3)
Tasa de explotación
(7/2)
200 200 400 200 5 1000 600 600/400=1,5 600/200=3,0
CC 200
CV 200
Reponer 40
160 Consumo CC' 200
CV' 200
Tanto la reinversión como la reposición y el consumo se obtienen de la plusvalía.
88 Unidades 440 160 400
Mínimo de ventas Recuperar
Reponer
Consumir Reinvertir


Hay que notar que esta duplicación es posible porque en el primer ciclo, aún descontando el consumo y el costo de reposición de máquinas y herramientas, se ha producido la cantidad de plusvalía suficiente para hacerlo. Se ha mantenido el mismo nivel tecnológico y los mismos salarios. Y al invertir el doble en ellos se ha producido simplemente el doble. Tal como lo muestran estos números, este ha sido un excelente negocio, y cada vez se ha logrado vender toda la producción.


A pesar de que este pueda ser un caso poco frecuente, hay en él ya un aspecto que es interesante resaltar, y que tiene un alcance completamente general: la ampliación de la inversión ha surgido completamente de la ganancia o, dicho de otro modo, no proviene del ahorro, o de algún tipo de restricción sobre la cuota que el capitalista dedica a su propio consumo.


La ampliación de la reproducción capitalista no proviene de ninguna ética del esfuerzo, la productividad o el ahorro, como sostuvo Max Weber en una tesis famosa, que no sólo es empíricamente falsa sino conceptualmente racista.[31] Cuando las cosas funcionan bien, el crecimiento capitalista proviene simplemente de la ganancia y, como apuntaré un poco más adelante, cuando las cosas andan mal proviene simplemente del saqueo. La ética capitalista está contenida, como toda ética, en sus hechos, no en los ideales que la cultura burguesa proclama.


Notemos, por otro lado que, si el negocio es tan bueno como el que he registrado hasta aquí, el consumo o el disfrute capitalista puede aumentar también al doble, sin que ello afecte la lógica de su ampliación. Y, por supuesto, esa duplicación también se obtiene desde la ganancia, y no del ahorro o del sacrificio. Los incontables ejemplos de despilfarro grosero y altisonante de los nuevos ricos ingleses, alemanes y norteamericanos, desde el momento mismo del auge capitalista en sus países (pensemos en los enormes palacetes de los Junkers alemanes, o de consumidores y exhibicionistas compulsivos como Randolph Hearst o Nelson Rockefeller), echan por tierra nuevamente la idea de que sus riquezas se puedan explicar por algún tipo de ascetismo, o de ética del esfuerzo y el sacrificio. Digamos, además, como agravante, que Max Weber fue testigo directo, y ocasionalmente él mismo un crítico de tales gestos de ostentación.


En el Cuadro N° 3 he consignado dos cosas. Una, que el negocio es tan bueno que el capitalista puede simplemente quintuplicarlo. Pero a la vez, y ante la aparición de competidores, que puede aprovechar el volumen de la producción, y el volumen de la masa de ganancia obtenida, para bajar el costo unitario y así “competir con ventaja”, sin que esto le signifique desviarse de manera significativa del camino seguido hasta aquí.


Cuadro 3 - La reproducción ampliada y la competencia
1 2 3 4 5 6 7 8 9
CC (Medios de producción) CV (Salario) CC+CV
(1+2)
N° de unidades Precio unitario Masa de ganancia
(4*5)
Plusvalía
(6-3)
Tasa de ganancia
(7/3)
Tasa de explotación
(7/2)
1000 1000 2000 1000 5 5000 3000 3000/2000=1,5 3000/1000=3,0
Baja el precio 4 4000 2000 2000/2000=1,0 2000/1000=2,0
CC 1000
CV 1000
Reponer 100
200 Consumo CC' 800
CV' 800
Tanto la reinversión como la reposición y el consumo se obtienen de la plusvalía.
550 Unidades 2200 200 1000
Mínimo de ventas Recuperar
Reponer
Consumir Reinvertir


Con el mismo nivel de tecnología (CC), y de salarios (CV), pero invirtiendo cinco veces más que en el primer ciclo, obtiene una masa de ganancia suficiente (ver la tercera fila) como para bajar el precio unitario (ver la cuarta fila), y obtener aún una masa de ganancia que le permite mantener o aumentar su propio consumo, y volver a invertir en la ampliación del capital.


Pero esta disminución del precio (obligada por la competencia) tiene un efecto crucial: baja la tasa de ganancia.[32] Observemos también, nuevamente, ahora aumentado por la baja en el precio unitario, el notorio aumento del “esfuerzo de vender”.


El Cuadro N° 4 contiene un verdadero salto, en que todas las variaciones anteriores se ponen en juego. El negocio ha sido tan bueno, y quizás la competencia ha sido, por eso mismo, tan activa, que nuestro capitalista ha decidido “conseguir” mucho más capital, e invertir en grande, buscando mejorar la productividad con nuevas máquinas y tecnologías. Invierte diez veces más que en el cuadro anterior (cien veces más que en el primero) para comprar sofisticadas máquinas que le permiten producir el doble por cada unidad de capital invertido.[33]


Cuadro 4 - La reproducción ampliada: el Gran Salto
1 2 3 4 5 6 7 8 9
CC (Medios de producción) CV (Salario) CC+CV
(1+2)
N° de unidades Precio unitario Masa de ganancia
(4*5)
Plusvalía
(6-3)
Tasa de ganancia
(7/3)
Tasa de explotación (7/2)
10.000 1000 11.000 20.000 1 20.000 9.000 9.000/11.000=0,81 9000/1000=9,0
Acumulación primitiva Sube el salario individual CC 10.000
CV 1000
Reponer 500
500 Consumo 8.000
Prevenir
Reinvertir
Gran ampliación de capital
“Acumulación primitiva”
Aumento de la tasa de explotación
Aumento de la necesidad de vender
Crisis de sobreproducción
Tendencia a la crisis de sobreproducción 11.500
Mínimo de ventas
11.500
Recuperar
Reponer 500
500 Consumir 8.000
Prevenir
Reinvertir
El Gran Salto: Gran inversión en capital constante
Fuerte baja en la tasa de ganancia - Fuerte subida en la tasa de explotación


Pero estas máquinas le permiten también contratar, para ese mismo volumen de producción, menos trabajadores, es decir, tiene el efecto de contribuir al “desempleo estructural” que he comentado más arriba. Pero a la vez, a pesar de la suerte adversa de los trabajadores que se hacen innecesarios, eso permite aumentar el salario individual aun manteniendo el monto global invertido en capital variable.


Considerando el volumen de la inversión, y el aumento de la productividad, el volumen de la producción aumenta enormemente. Ello permite, en principio, una también enorme masa de ganancia. Sin embargo, dados tales volúmenes, la estrategia más racional es bajar radicalmente el precio unitario y, con eso, simplemente reventar a todos los competidores que no tengan tal ventaja tecnológica. El efecto de esta reducción del precio unitario se registra en la primera fila del Cuadro N° 4, que hay que comparar con las proporciones alcanzadas en el Cuadro N° 3.


Lo que la comparación muestra, en primer lugar, es que la masa de ganancia obtenida sigue permitiendo: 1° recuperar y reinvertir el capital gastado en este ciclo; 2° reponer el desgaste sufrido por los medios de producción; 3° consumir una parte de la ganancia (un monto mayor, aunque la proporción sea menor); 4° obtener todavía un monto de capital adicional, nuevo, para ampliar el ciclo o para acumularlo en prevención de nuevas contingencias.


Sin embargo estas buenas noticias, y el éxito de tal estrategia, dependen crucialmente de que la mercancía efectivamente se venda. Al observar el mínimo de unidades que es obligatorio vender para obtener alguna ganancia neta, resulta que estas también aumentaron enormemente (de 550 a 11500), es decir, el “esfuerzo de vender” aumenta considerablemente, con lo que revela su significado económico: en el fondo es una medida del riesgo que corre el capitalista en el mercado. Con enormes inversiones en capital constante ocurre que el riesgo de no recuperar la inversión simplemente porque no se logra vender una proporción suficiente del producto aumenta.


Una manera más canónica de exponer el mismo punto es observar la sostenida baja en la tasa de ganancia que ha ocurrido en cada paso, y que ahora se acentúa. Leída de manera inversa, esta tendencia muestra que el esfuerzo económico que el capitalismo como conjunto debe hacer para lograr éxito con inversiones mayores es también mucho mayor. Y muestra que la única forma de recuperar ese esfuerzo es vender muchos más productos unitarios o, también, una proporción cada vez mayor de lo que se produce.


Pero la comparación muestra también que el esfuerzo económico no lo hace sólo el capitalista sino que, en rigor, lo sufre principalmente y de manera ampliada el conjunto de los trabajadores: la tasa de explotación aumenta considerablemente. Y con ella las consecuencias físicas y existenciales de una situación absurda en que el salario crece y a la vez la calidad de vida empeora: todo el lento horror de enajenación, de estandarización de la vida, de disciplinamiento subjetivo y corporal, que acompaña a las técnicas tayloristas y fordistas de producción con un resultado global igualmente absurdo: ni siquiera el capitalista puede aprovechar realmente el esfuerzo de todos… porque a la vuelta de la esquina lo espera la crisis de sobreproducción.


En el Cuadro N° 5 he consignado el límite en que en la competencia simplemente no se podrán bajar más los precios porque no se podría recuperar la inversión. En este límite, en un mercado en que más de un capitalista ha tratado de hacer su gran jugada, la producción rebasará la capacidad de compra de la sociedad, los productos no podrán ser realizados en la medida en que es necesario para recuperar el capital invertido, y ni siquiera podrán ser regalados (puesto que eso sólo tendría el efecto de bajar aún más los precios): deberán ser destruidos. Quemas de excedentes agrícolas en sociedades que padecen el flagelo del hambre, guerras que todos sufren sólo para “abrir espacio” a la salida de nuevos productos convirtiendo en negocio la reconstrucción de lo que sólo fue destruido para obtener ese negocio, la introducción de obsolescencia programada intencional para que los productos se desgasten antes de lo que las técnicas más avanzadas permitirían, irracionalidades todas que sólo tienen como trasfondo la sobreproducción que ha generado la competencia.


Y aún es necesario detenerse brevemente en otra posibilidad. Los capitalistas podrían intentar absorber el exceso de producción aumentando la capacidad de compra de los trabajadores, es decir, elevando el estándar de vida de la sociedad como conjunto. Una hermosa ilusión que fue llamada durante más de cincuenta años “Estado de Bienestar”. El reverso de tal generosidad (una “generosidad” que, por supuesto, sólo busca la ganancia) es que al subir los salarios, para ampliar la capacidad de compra, nuevamente, ahora por éste factor, la tasa de ganancia disminuye, aumentando el riesgo de cada capitalista de no lograr vender lo que requiere para recuperar sus inversiones. La salida de este nuevo absurdo, que ahora, a principios del siglo XXI, estamos presenciando a diario, es que los capitalistas simplemente se llevan las industrias de los países en que el salario ha alcanzado niveles “demasiado” altos, hundiendo el tan alardeado “Estado de Bienestar” sólo en virtud de sus intereses inmediatos, a pesar de los cincuenta o setenta años en que parecía ser el gran modelo de un capitalismo productivo, emprendedor, y benefactor.


Cuadro 5 - La Reproducción Ampliada: el límite
1 2 3 4 5 6 7 8 9
CC (Medios de Producción) CV (Salario) CC+CV (1+2) N° de Unidades Precio Unitario Masa de Ganancia (4*5) Plusvalía (6-3) Tasa de Ganancia (7/3) Tasa de Explotación (7/2)
10.000 1000 11.000 20.000 0,6 12.000 1.000 1.000/11.000=0,09 1000/1000=1.0
Acumulación Primitiva Sube el Salario Individual CC 10.000
CV 1000
Reponer 500
500 Consumo 0
Prevenir
Reinvertir
Gran Ampliación de Capital
Baja extrema de precios
Límite de la necesidad de vender
No logra capital para ampliar
Mínima tasa de ganancia
Crisis de Sobreproducción
Tendencia a la crisis de Sobreproducción 19.167
Mínimo de ventas
11.500
Recuperar
Reponer
500 Consumir 0
Prevenir
Reinvertir
El Gran Salto: el límite de la Gran inversión en Capital Constante
Tasa de Ganancia mínima - Peligro de Sobreproducción


Todo el hilo de la trama que Marx ha descifrado en el funcionamiento del “mejor” capitalismo posible está ahora a la vista. La competencia obliga a tratar de bajar los precios unitarios. Para esto se hacen grandes inversiones de capital constante, pero se tiene que recurrir a aumentar el volumen de mercancía que debe ser obligatoriamente realizada. Pero el efecto de ambas iniciativas es una tendencia sostenida a la baja en la tasa de ganancia. La obligación de alcanzar una masa de ganancia que permita recuperar la inversión, reponer y ampliar, refuerza la necesidad de aumentar el volumen de mercancía que debe ser realizada. Cuando dos o más competidores hacen una y otra vez estos intentos su situación va escalando hasta que simplemente copan el mercado, no logran, ninguno de ellos, vender lo que requieren, y quiebran en masa. Esto es lo que hemos llamado “crisis de sobreproducción”. Y Marx pudo mostrar su necesidad y recurrencia por rama de la producción, por sectores productivos (materias primas, productos manufacturados, producción de medios de producción) y, por último, la convergencia cíclica de todas ellas en “crisis generales del capitalismo”.


Las crisis generales del capitalismo son los desastres más irracionalmente destructivos en la historia humana. Los seres humanos han sufrido hambrunas, pestes y miseria durante miles de años debido a su ineptitud tecnológica, y han emprendido feroces guerras para sobreponerse a su impotencia ante la naturaleza y la ignorancia. Y hubo algo de trágica necesidad en todo ello. A lo largo de la modernidad, en cambio, se ha superado largamente esa postración objetiva, y se han alcanzado espectaculares volúmenes y eficacia en la producción de bienes y servicios, lo que hace del todo innecesario seguir atados a la crisis y la guerra. Y es justamente en medio de esa eficacia y de esa abundancia que esos enormes volúmenes de bienes deben ser destruidos o despilfarrados sólo para que la lógica de la ganancia capitalista, y la pobre libertad que es estar condenados a enajenar los productos de nuestro trabajo, se mantengan. Esa es la acusación central, y el sentido global, del argumento de Marx. Al haber mostrado que las crisis no se originan ni en contingencias naturales, ni en una naturaleza humana inamovible, sino en condiciones históricas perfectamente identificables y evitables, la obra de Marx se convierte en una profunda acusación política a la raíz y esencia del sistema capitalista.


Como he sostenido, la crisis general es una situación de irracionalidad tal que los productos lanzados al mercado en exceso deben ser simplemente destruidos para poder recuperar en algo su precio, y salvar así algo del capital invertido. Dado el marco de la competencia y los vaivenes de la oferta y la demanda, venderlos bajo el costo de producción o, peor, regalarlos, no haría sino agravar la crisis. Gigantescas cantidades de esfuerzo humano se destruyen y despilfarran sólo en virtud de una lógica históricamente evitable.


Aún así el capitalismo debe sobrevivir: es necesario salir de la crisis. Y esto ocurre, históricamente, a través de grandes cambios en la base tecnológica del capital, es decir, justamente a partir de inversiones masivas en capital constante, que se realizan a través de todo el tejido de las ramas de la producción para recomponerlas en un nuevo nivel.


Esto es lo que hemos visto a nivel mundial desde la década de 1980. Sistemas productivos enteros que terminan en ruinas, vendidos como chatarra, como lo muestra la desolación de los antiguos talleres automotrices de Detroit, o en las grandes fábricas abandonadas en la zona de la ex República Democrática Alemana. Sistemas que son rearticulados con otras técnicas, y más bajos salarios en otras partes del mundo, como ocurre en China, en India, o en el norte de México.


Pero esto nos hace recordar un “pequeño detalle” de nuestro ejemplo, en el Cuadro N° 4. Nuestro capitalista ha “conseguido” un gran volumen de capital para la ampliación de su empresa. Dada la lógica del razonamiento de Marx, lo relevante no es dónde éste o aquel burgués “consiguieron” tales fondos sino cómo los consiguió, históricamente, la burguesía como clase.


La respuesta no es un misterio para ningún historiador: los obtuvo del saqueo colonial de América Latina. La sobre explotación y la mortandad de los indios, hasta el grado de tener que reemplazarlos por decenas de millones de esclavos negros, es el origen histórico sangriento de la prosperidad de Europa. Y nadie lo niega, por mucho que la teoría sociológica recurra a la peregrina idea weberiana de que tal prosperidad se debe al carácter ahorrativo y esforzado de los burgueses (blancos, europeos y patriarcales) protestantes.


Nadie ha exculpado al colonialismo europeo por estos crímenes y saqueos que incluso Marx llamó, delicadamente, “acumulación originaria del capital”.[34] Nadie ha tratado siquiera intentarlo, salvo sobre premisas abiertamente racistas y totalitarias. [35] El capitalismo puede ser acusado de manera flagrante por el carácter sangriento de su origen.


Para mitigar tal escándalo, y aún soslayando su lógica dudosa desde un punto de vista tanto ético como empírico, se podría argumentar que tal saqueo inicial tal vez se justifica cuando consideramos que su efecto es la abundancia actual. Este cinismo no es tan infrecuente como se podría creer, y suele estar presente en muchos economistas convencionales, defensores del sistema.


Contra esto, sin embargo, se pueden oponer a su vez dos cuestiones fundamentales. La primera es que la lógica que ha conducido a tal abundancia es la misma que impide que sea aprovechada de manera equitativa por todos los seres humanos, en particular por sus propios productores directos, los trabajadores. La segunda, que es la que me interesa destacar aquí, es que la famosa “acumulación primitiva” dista mucho de ser un proceso único y lejano en el tiempo.


Ocurre que, tal como las crisis generales del capitalismo son cíclicas, la necesidad de acumulación extraordinaria de capital también es cíclica y, cada vez que ocurre se logra a través de los mismos medios “poco delicados” en que ocurrió el saqueo original, por mucho que haya ido revistiéndose de formas algo más “elegantes”.


La acumulación “originaria” del capital debe considerarse cíclica por razones teóricas, y es ampliamente documentable a través de toda clase de evidencias empíricas. Una y otra vez, aunque cambien las formas culturales y políticas, ocurre por dos vías fundamentales: el recurso al saqueo sistemático de la periferia, el recurso a la plusvalía absoluta en el centro.


Los cambios políticos en las formas de saqueo del Tercer Mundo no consisten en otra cosa que en el paso del bandidaje y la apropiación colonial original, a la complicidad de las propias clases dominantes locales, apoyadas en ejércitos que contienen a sus propios pueblos a sangre y fuego en lugar de hacerlo con los invasores.


El recurso a la plusvalía absoluta en el centro es el retroceso periódico de las conquistas duramente ganadas por los trabajadores cada vez que las necesidades del capital así lo requieren. Un retroceso, por supuesto, que sólo puede obtenerse también por el ejercicio de la fuerza bruta.


Desde un punto de vista puramente empírico, por lo tanto, es fácilmente constatable que el sistema capitalista no sólo tiene un origen, sino toda una historia criminal. Una historia ante la cual es simplemente un cinismo mayor atribuir su “éxito” a valores luteranos o a ideales racionalistas. Inglaterra construyó su prosperidad sobre la base de la piratería, el comercio de esclavos y el narcotráfico. Que haya habido esclavitud masiva hasta avanzado el siglo XIX en los países capitalistas más desarrollados, que se haya contenido al movimiento obrero lanzándolo brutalmente a dos guerras mundiales, que se haya llenado América Latina de dictaduras militares, y diezmado a su izquierda a fuerza de tortura, asesinato y desaparición forzosa hasta hace sólo treinta años, que se haya diezmado a los pueblos de Iraq y Afganistán sólo para mantener los precios del petróleo, muestra, entre otra infinidad de ejemplos, que el avance capitalista no está fundado, ni lo ha estado nunca, en la delicadeza y la elegancia de Steve Jobs o de George Soros.


Pero, más allá de tales flagrantes constataciones empíricas, que algún hipócrita podría aún calificar de “lamentables excesos”, el asunto de fondo es la relación entre tales violencias y la lógica estructural que conduce a la crisis general. Parte de la enorme fuerza del argumento de Marx consiste en haber mostrado, en sus últimos escritos, la asociación entre el saqueo recurrente y la crisis recurrente o, también, la conexión estructural entre la plusvalía relativa y la necesidad periódica de recurrir a la plusvalía absoluta. Con esto la diferencia que hemos mantenido hasta aquí (sólo por razones pedagógicas) entre “buenos” capitalistas y capitalistas “malos” o “salvajes”, se diluye de manera objetiva. Por eso la he mantenido en todo momento entre comillas.


No hay tales capitalistas “buenos” y “malos”. La oscilación permanente entre recurrir a la plusvalía relativa y a la plusvalía absoluta resulta tan esencial a la lógica del capitalismo como la competencia misma, o el carácter opaco del mercado y, como tal, simplemente excede la buena o mala voluntad individual de los capitalistas particulares.


4. Las diversas críticas al capitalismo

a. Ventajas epistemológicas

Todo el razonamiento de las secciones anteriores, que es en realidad sólo un esquelético resumen pedagógico del enorme y complejo trabajo de Marx, nos sirve para lo que es el propósito de este libro, que no es sino exponer la lógica de su argumento, más que los innumerables detalles que, ciertamente, en otro contexto, son también muy relevantes.


Lo que he mostrado es que en ese argumento los factores cruciales son la competencia, el carácter opaco del mercado, el desarrollo tecnológico (y su costo), una posición originariamente desigual de los agentes individuales en competencia. He mostrado que la composición de esos factores conduce a una tendencia, global e histórica, a la baja en la tasa de ganancia, y que los intentos por revertir sus efectos conducen a crisis cíclicas de sobre producción. He mostrado también, en ese contexto, la relación interna, estructural, entre el recurso a la plusvalía relativa y el recurso a la plusvalía absoluta como formas de la apropiación.


Y este es el momento, entonces, de insistir en los rasgos epistemológicos que le dan fuerza y coherencia, y comparar, a partir de ellos, la crítica de Marx con los otros tipos de crítica anticapitalista que existen.


El primer rasgo notable de la crítica de Marx es que arranca sólo de factores internos y esenciales de la actividad capitalista. Con eso su razonamiento logra un carácter demostrativo, es decir, no depende de contingencias (hubo sequía, pánico de los inversionistas, o deriva caótica), ni de factores sólo psicológicos o sociológicos inmediatos (la avidez de lucro, la “ética de la productividad”, la ambición, la usura).


Se trata, por supuesto, de una situación histórica determinada, pero su movimiento y efecto no depende de las buenas o malas voluntades de sus actores particulares, ni siquiera de su mayor o menor destreza o habilidad para los negocios. Dada la competencia entre actores individuales desiguales, cuyo único fin es reproducir y ampliar el capital, operando en un mercado opaco, la tendencia a la baja en la tasa de ganancia, y la tendencia a crisis generales de sobre producción, resultan necesarias, estructurales. El único modo de evitarlas es, por consiguiente, terminar con el mecanismo desde donde surgen.


Es notorio, al respecto, que la economía convencional, que en el primer apartado he llamado “economía científica”, sigue careciendo hasta el día de hoy de una teoría de las crisis de estas características, y que su máximo acercamiento al problema sea a través de la curiosa idea de que el sistema económico comparte con los sistemas complejos el hecho de que “tienden” a la deriva caótica solos, por sí mismos, y que para precipitar tales catástrofes bastaría con el aleteo de una mariposa.


Este es el lugar también para insistir en otro rasgo epistemológico notable y distintivo. Se trata de un argumento que está arraigado, y adquiere su máxima coherencia, a partir de un análisis global e histórico, aún por sobre las contra tendencias que pueda haber a nivel local y temporal.


La más famosa polémica al respecto es quizás la que produjo Eduard Bernstein, unos años antes de la Primera Guerra Mundial, tras constatar, con cierto espanto, que la tasa de ganancia global del capitalismo estaba ¡aumentando! en lugar de obedecer disciplinadamente los dictados de El Maestro. Bernstein propuso que quizás había que revisar, y eventualmente corregir, el análisis de Marx. Karl Kautsky, por entonces el máximo guardián de la ortodoxia, se opuso terminantemente a la idea de que El Maestro pudiera estar equivocado, y acusó a Bernstein de ¡revisionista! Un adjetivo que la tradición marxista del siglo XX siguió usando de manera igualmente idiota por muchas décadas.[36]


Curiosamente, sin embargo, y a pesar de sus argumentos, Kautsky tenía razón. Y no sólo el asunto queda empíricamente zanjado con el ciclo de crisis que se abre en 1915 y culmina en 1929, sino que puede ser decidido de una manera más profunda.


En realidad, cada vez que hay cambios tecnológicos importantes, y antes de desencadenarse una “guerra de precios”, sube la tasa de ganancia. Y esto no sólo ocurre en cada rama de la producción, y en cada sector, sino que ocurre también para el sistema capitalista como conjunto cada vez que renace saliendo de sus crisis generales.


Lo relevante no es si la tasa de ganancia en la industria electrónica baja o sube, o si una crisis general ocurrirá dentro de tres o cinco años, datos que pueden servir para comprar o vender acciones, pero no para pensar en la viabilidad global del capitalismo. Lo relevante es el diagnóstico y juicio histórico sobre el carácter y destino eventual del conjunto, considerado como un sistema. Y en este nivel los análisis de Marx no sólo son coherentes y contundentes, sino que han ido siendo respaldados de manera cada vez más notoria por el desarrollo capitalista.


Una teoría interna, demostrativa, coherente y ampliamente respaldada por los hechos; una teoría sobre un sistema social entero, contemplado en amplios plazos históricos. Todo esto es algo muy poco frecuente en Ciencias Sociales.[37]


b. Críticas conservadoras

Pero el pensamiento moderno es, y ha sido históricamente, mucho más amplio que las pobrezas de las Ciencias Sociales. Y es bueno hacer aquí un breve recuento de los diversos argumentos que se han formulado contra el capitalismo a lo largo de su desarrollo.


Ha existido, en primer término, durante siglos, prácticamente desde su origen, una insistente crítica conservadora. Desde las odiosas prédicas de Bernardo de Claraval (1090-1153), que deberían ser consideradas como mucho más sutiles y profundas que el simple fanatismo religioso que presentan, y que resultan muchas veces sorprendentemente premonitorias, hasta la sofisticación de las críticas de Martin Heidegger (1889-1976), el pensamiento conservador ha apuntado, con sobrada razón, contra el individualismo disgregador, el caos antisocial del mercado, la grosería del arribismo burgués, la mezquindad egoísta que se presenta como afán de ahorro, la amoralidad del cálculo económico, la inmoralidad de la avidez de lucro.


Como es obvio, un marxista debería estar plenamente de acuerdo con estas estimaciones como diagnósticos y críticas, por sobre el hecho, también obvio, de que debería estar en desacuerdo con sus motivaciones, con el lugar desde el que se formulan, con las razones de fondo en torno a las cuales se organizan, y con las soluciones que se les proponen. Muchos y esenciales desacuerdos, eso es muy claro. Pero los puntos de acuerdo deberían ser considerados seriamente como una fuente de enriquecimiento de la crítica de izquierda.


Desde el punto de vista marxista las críticas conservadoras sólo apuntan a efectos, no a las causas reales, y operan, tanto en el diagnóstico como en las soluciones que proponen, a través de consideraciones meramente morales, que no tocan la raíz material desde la que surge la ética real, la que está contenida en actos reales más que en declaraciones. O, también, son críticas en el ámbito de la cultura, que apuntan a efectos que se cree poder revertir también por medios culturales, sin hacerse cargo, nuevamente, de las contradicciones materiales que los originan.


Por supuesto los marxistas no pueden estar de acuerdo con el recurso al principio de autoridad, o el recurso a la tradición, a los que acuden los conservadores como principios de las soluciones posibles. Esa tradición y esa autoridad no es, para los marxistas, más que la ritualización y exaltación nostálgica de la opresión tradicional, y las virtudes que se les atribuyen no son sino mitos que embellecen falsamente lo que no fue sino violencia y oscurantismo.


Hay dos cuestiones que me importa señalar en esta polémica para evitar el simplismo y la dicotomía. Una es la facilidad con que muchos marxistas suelen adherir a la contrapartida puramente liberal de los argumentos conservadores. La otra es la facilidad con que se acepta que los valores del conservadurismo remiten a la época feudal, lo que los convertiría en anacrónicos incluso respecto del capitalismo.


Es cierto que ante la invocación de la tradición, la autoridad y el sentimiento religioso, los marxistas tendrían que ubicarse en una perspectiva abiertamente más democrática, más laica (hasta el grado del ateísmo), y que valorara de manera sustantiva el cambio y la novedad. No es cierto, en cambio, que tales valores sean patrimonio de los liberales, aunque se hayan originado en ellos. Y para hacer esto visible no más hay que tratar de conjugar eso, que en este caso defendemos, (el principio democrático, la novedad y el cambio, una sociedad laica y atea) con aquello que los conservadores critican (el individualismo, el arribismo, la mercantilización, la avidez de lucro), para descubrir que ambas series de valores no son en absoluto contradictorias. Y, sobre todo, que la línea crítica conservadora puede ser invocada aún contra la realidad social que da su origen y sus argumentos al liberalismo.


Hay, además, un punto crucial en que tanto conservadores como marxistas podrían estar en perfecto acuerdo en el orden de las soluciones: la necesidad de fundar la sociedad humana más en el sentimiento de comunidad que en el arbitrio de la libertad individual. Nuestro desacuerdo con los conservadores en este ámbito tiene que ver más con las condiciones materiales que permitirían esa meta, y con la organización interna, más democrática, de esa situación, que con la idea misma de comunidad, de la que los liberales, visiblemente, carecen.


La retórica conservadora tiene permanentemente el referente de una Europa feudal, que habría sido caballeresca y aristocrática, y de una cristiandad medieval que habría sostenido un fuerte sentimiento de comunidad.


Curiosamente la tradición liberal ha contribuido a mantener esos mitos atacándolos de manera casi tan eficiente como lo ha hecho la tradición conservadora defendiéndolos. Lo que ambas encubren con ello, de manera simétricamente interesada, no es sólo el hecho de que se trata puramente de mitos, sino la complejidad cultural del capitalismo.


Nunca hubo sentimiento de comunidad en Europa, y mucho menos en los siglos referidos (del s. XI al s. XV) que están plagados de quemas de herejes, guerras feudales, y de la naciente y desbocada avidez capitalista. No hubo al respecto más que la mera pretensión de intelectuales al servicio de Señores bastante brutales (como el mismo Bernardo de Claraval). La pretensión de que había, y era necesario mantener, lo que todo el mundo podía ver directamente que no había, o que en cuanto se intentaba no hacía sino disgregarse con violencia.


El soplo capitalista desde el que nace Europa fue desde su inicio catastrófico y devastador. Antes de su acción (antes del s. XII) no había comunidad, sino simplemente miseria y opresión feudal. Cada nueva época desde entonces o, para decirlo de manera más realista, cada nueva recomposición del capital después de la guerra feroz, la plaga o la crisis, fue acompañada, prácticamente hasta hoy, de un polo de nostalgia en que las capas burguesas, artificiosamente aristocratizadas, derrotadas ahora por nuevas capas burguesas en posesión de una nueva base tecnológica, se inventan un pasado glorioso y armónico, cuyo trasfondo mezquino no es sino transarlo como capital cultural para los nuevos burgueses, ávidos de un nuevo ennoblecimiento que oculte su pasado inmediato de herreros, cuatreros, o fabricantes de armas.


Ese polo romántico de mistificación, embellecimiento y falsa nobleza, es tan esencial a la cultura burguesa como su polo ilustrado, racionalista y desmitificador. Por eso criticarlo de una manera solamente liberal no es suficiente. Para los marxistas la crítica debe ir más allá de ambos polos, recogiendo su sustancia contrapuesta y rechazando lo que tienen de simétricamente falso, de mera apariencia legitimadora de privilegios y pretensiones que, en ambos lados, no son sino las de la burguesía.


Lo interesante de la crítica conservadora es cómo racionaliza el lado de la contradicción cultural interna del propio capitalismo. Está en señalar un doblez muy profundo en esta cultura profundamente conflictiva y contradictoria. Su límite, desde el punto de vista marxista, está en no ver que los aspectos oscuros que señala no se deben a malas prácticas culturales, sino a la lógica interna de un sistema del que el mismo conservadurismo forma parte, a pesar de sus nostalgias y pretensiones.


c. Críticas liberales[38]

También hay críticas liberales al capitalismo. Obviamente no como sistema, pero sí a aspectos bastante profundos de su funcionamiento habitual. Son críticas que derivan de que sus teóricos clásicos creyeron sinceramente en un sistema en que había una directa y estrecha relación entre un modelo económico y una serie de ideales sociales y políticos. La conexión fundamental entre ambas esferas que defendieron y predicaron les permitía criticar los excesos que, desde cualquiera de ellas, perjudicara de manera sustantiva a la otra, rompiendo su equilibrio. Por eso, no sólo criticaron la intervención excesiva del Estado, que podía ahogar la libertad y la eficacia económica sino también, de manera simétrica, el monopolio que, desde el ámbito económico, podía convertirse en un freno para la auténtica libertad política.


Esta doble línea crítica está aún en estado de sugerencia en teóricos clásicos como Locke, Hume y Smith, cuyos escritos pueden, sin embargo, ser usados aún hoy con eficacia para sostenerla, pero aflora ya explícitamente en Bentham, Stuart Mill, y en pleno siglo XX, con particular claridad en John Kenneth Galbraith o Michael J. Sandel.[39]


Partidarios firmes de la autonomía del ciudadano y la transparencia de la democracia, los liberales han sido siempre enemigos de la censura y del monopolio sobre la propiedad de los medios de comunicación. Su sistemática ineficacia práctica en este punto no puede, por supuesto, ser invocada contra la sinceridad de sus convicciones. En virtud de ellas podrían perfectamente ser partidarios de limitar el arbitrio capitalista en este negocio en particular, por razones políticas, pero siempre han topado en que las soluciones que se podrían dar para implementar ese límite les parecen casi tan graves como el problema. El punto en que esta indecisión transforma su sinceridad en cinismo siempre ha sido, desde luego, muy difícil de establecer, aunque sus resultados prácticos suelen ser fáciles de constatar.


Por razones puramente económicas, en cambio, en la tradición liberal hay toda una línea de argumentos en contra de la mercantilización de servicios como la salud, la educación, la cultura y, a veces, incluso el transporte o la vivienda. El argumento económico básico es que la mercantilización afecta la calidad de esos servicios de tal manera que el costo social de esa pérdida sería ampliamente mayor que el beneficio privado desde el cual podría ser, indirectamente, compensado.


En general en estos argumentos se procura distinguir el “mercado” del superlativo “mercantilización”, y defender un cierto ámbito de autonomía social real respecto tanto del Estado como del mercado. Una esfera que a veces es distinguida como “lo público”, que tendría una especificidad y necesidad propia.


También por razones económicas los liberales suelen oponerse al lucro improductivo, a los excesos de la usura y a la sobre-explotación. En todos estos casos los argumentos tratan de mostrar que son prácticas que paralizan el desarrollo tecnológico (pues fomentan el “lucro fácil”, distorsionan la competencia, y traban la ampliación de la capacidad general de consumo, que es lo que puede dar fluidez a la producción capitalista).


Tal como en el caso de los conservadores, hay mucha verdad empírica y de principios en todas estas críticas. Su sola enumeración podría parecer incendiaria en el ambiente de fundamentalismo económico neoliberal que impera aún en el mundo, a pesar de la crisis. Contra el monopolio, en particular de los medios de comunicación, contra la mercantilización de los servicios, contra la usura y el lucro improductivo. En las condiciones actuales se trata de un programa simplemente subversivo.


Nuevamente, como es obvio, los marxistas no tendrían por qué estar de acuerdo ni con los fundamentos que se invocan para estas críticas, ni con las soluciones que se proponen.


En el orden de los fundamentos, desde el punto de vista marxista, todas ellas apuntan más bien a efectos que a causas reales. Apuntan a rasgos que son vistos más bien como defectos o desviaciones y no en su conexión con los aspectos estructurales que los hacen recurrentes. Y, por lo mismo, se los atribuye a deformaciones de valores (egoísmo, avaricia), más que a una situación global objetiva. Por lo demás, desde el punto de vista liberal, el fondo último que posibilitaría estas desviaciones, que no sería sino una naturaleza humana por sí misma egoísta y hedonista, acarrea un grave escepticismo en torno a la posibilidad de erradicarlas de manera real y profunda.


Todas las soluciones propuestas por los diversos tipos de liberales resultan afectadas por ese escepticismo, y se mantienen entonces en el ámbito de reformas que sólo pueden apoyarse en garantías jurídicas, o en prédicas de tipo moral. Algunos son partidarios de la intervención moderada de un Estado regulador, otros defienden el fortalecimiento de la sociedad civil. Algunos ponen énfasis en el desarrollo de las capacidades y derechos políticos de los ciudadanos. Otros en la defensa organizada de los consumidores.


Por supuesto los marxistas pueden y deben concordar con estas críticas, a pesar y por sobre su carácter y alcance meramente reformista. Como plantearé más adelante, para un marxismo capaz de integrarse a una gran izquierda diversa, entre reforma y revolución no hay una disyuntiva sino una diferencia de alcance histórico. Hay que considerar además que dada la deriva teórica y práctica del liberalismo hacia el neoliberalismo depredador y agresivo, hoy en día ser consistentemente liberal, como he señalado, es ser radical y subversivo respecto de muchos puntos esenciales en la opresión imperante.


Como crítica al sistema la fuerza y la grandeza del liberalismo está en arraigar sus objeciones en el ámbito económico mismo, pidiendo una cierta coherencia entre el proyecto histórico de la burguesía y su práctica real. Su límite, en cambio, es no ver que esa coherencia es de suyo imposible, que los excesos no se deben a malas prácticas económicas, que se podrían corregir mejorando y transparentando el mercado sino que, en rigor, provienen de su lógica estructural.


d. Críticas socialistas

Entre algunos socialistas utópicos, y en general entre los anarquistas, se llevó la crítica liberal a su extremo revolucionario. Compartiendo el diagnóstico, e incluso los fundamentos (individualismo, naturaleza humana), los anarquistas tienen el mérito de haber convertido en programa político real la idea liberal de que el gran culpable de las distorsiones económicas y sociales son el Estado, como centro articulador, y las instituciones, como fenómeno general.


Los socialistas utópicos son los primeros en intentar formular modelos verosímiles de sociedad en que la autonomía de los ciudadanos y la transparencia del mercado fuesen efectivamente posibles. De manera realista y lúcida vieron que, en esos términos, la libertad y la transparencia sólo son posibles en unidades sociales pequeñas y autosuficientes, en que fuese practicable la representación directa y la gestión económica cara a cara. Los anarquistas han seguido esta línea de proposiciones hasta el día de hoy.


Con esto ambos trascendieron la mera prédica de valores (sin abandonarla) y pasaron al terreno de las proposiciones políticas efectivas, asumiendo que su dificultad las convertía en políticas revolucionarias, es decir, en propuestas que sin abandonar los aspectos esenciales de la modernidad burguesa (la propiedad privada, la democracia política) implicaban una transformación tan subversiva de los poderes dominantes que sólo podía ser emprendida a través de la radicalidad política de una voluntad revolucionaria.


Enemigos de la gran propiedad, pero no de la propiedad en general; de la mercantilización, pero no del mercado; del Estado centralista, pero en nombre de un individualismo burgués emancipador; de la ignorancia y la superstición, pero en nombre de una Ilustración progresista. El principio revolucionario que anima a los anarquistas y socialista utópicos está dirigido contra de la forma opresiva de la modernidad, no contra sus principios, que son vistos como un horizonte liberador. Se trata de una revolución desde el sistema, contra su cosificación. Se trata de cumplir las viejas promesas, no de abolirlas, ni de superarlas.


Este emplazamiento a la burguesía, en nombre de su propio horizonte utópico perdido tuvo, gracias a su consistencia y radicalidad, una enorme importancia histórica: los anarquistas son los verdaderos educadores del movimiento obrero. Son los que primero (cuando aún tienen la forma de socialistas utópicos), y los que más nítidamente (cuando alcanzan su forma de anarco sindicalistas) le señalan al movimiento obrero la posibilidad de una voluntad revolucionaria. La humanidad no había conocido hasta entonces, ni siquiera en la violencia de la revolución francesa, un principio semejante, extendiéndose de tal manera. Los marxistas no podremos integrar jamás una izquierda auténticamente diversa sin reconocer previamente y sin reservas esta enorme contribución.


Pero es sólo la crítica socialista propiamente tal la primera que excede la lógica misma del sistema al señalar a la propiedad privada como núcleo que hace posible sus deformaciones. Y lo que aquí entenderé por crítica socialista es algo que distinguiré expresamente de la crítica marxista, a pesar de que a lo largo de más de un siglo se intercambian y se superponen constantemente.


Llamo socialista sobre todo a la tradición socialdemócrata, que se llamó a sí misma “marxista”, centrada en la Segunda Internacional, y me interesa mostrar que en varios aspectos esenciales contiene un argumento y un alcance distintos a los que desarrolló Carlos Marx.


En la crítica socialista se reúnen y amplían todas las críticas anteriores, que se magnifican ante las proporciones que alcanza la miseria obrera en la industrialización europea. Críticas contra la pobreza, la usura, la ignorancia, el lucro. Pero que se organizan ahora en torno a un concepto nuevo, que se traduce en una consciencia nueva: la idea de explotación.


La consciencia presente aquí es la de que son los productores directos los que tienen derecho prioritario a la riqueza que producen, y que el impedimento para el ejercicio efectivo de tal derecho es la propiedad privada de los medios de producción. Esta idea está expresada en una de las formulaciones clásicas en que se presentan las contradicciones del capitalismo: “la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación”. Y también en otra, que traduce el mismo contenido mostrando otro de sus aspectos: “la producción social no está guiada por las necesidades y el consumo, sino por la ganancia, por el lucro”. La tradición socialista fue capaz de ver desde allí la tendencia a la mercantilización de todos los aspectos de la vida, a la depredación de los recursos naturales, al saqueo sistemático de la periferia.


Un mérito trascendente de su crítica es que es sistémica, es decir, apunta a aspectos que son esenciales de la formación histórica capitalista, y en que es capaz de arraigar la idea de que lo que está en juego es un conjunto de malas prácticas económicas en otra, más profunda, la de que el trasfondo está en realidad en malas prácticas sociales, cuya erradicación requiere cambiar radicalmente la sociedad como un todo.


Cuando pasamos al orden de las soluciones, la gran propuesta fue la socialización de los medios de producción, y su administración social desde el aparato del Estado. Históricamente la tradición socialista está ligada muy profundamente a dos confianzas que hoy nos podrían parecer ampliamente cuestionables. Una gran confianza en las posibilidades emancipadoras de la industrialización clásica (la del carbón, la electricidad, las grandes maquinarias y el acero), y una confianza tan grande como esa en las posibilidades de administrar de manera eficaz y distribuir el producto social de manera justa desde un aparato estatal centralizado.


Más allá de las anecdóticas y tragicómicas disputas entre los egos de Marx y Bakunin, la verdadera contraposición entre anarquistas y socialistas (que se hacían llamar marxistas) radica en la diametral diferencia con que abordan ambos puntos. La mayor parte de los anarquistas desconfió del poder nivelador y enajenante de la producción industrial, y predicó contra ella una vuelta a la naturaleza. Y desconfió aún más del centralismo estatal, al que contrapuso el federalismo y la disgregación de todas las grandes instituciones.


Haciendo un fácil, y completamente inútil, ejercicio de historia y política ficción, podemos imaginar una industrialización humanista, no enajenante, que no destruya el medio ambiente, y una administración estatal democrática, que no conduzca al totalitarismo. Pero esto sólo puede ser un ejercicio inútil, ahistórico, que no es sino una mera proyección de valores y deseos sino que, mucho peor que eso, en los últimos cien años se han acumulado bastantes evidencias empíricas, bastante dramáticas, de que las confianzas socialistas carecían de fundamento y de viabilidad histórica.


Sin embargo, esto no da razón de manera decisiva a los anarquistas. Sostengo que la debilidad de ambos bandos es correlativa: ninguno de los dos ha avanzado hacia una crítica realmente de fondo de la modernidad como conjunto. Simplemente se han esforzado por cumplir las promesas que el propio horizonte moderno contiene. Son, ambas, en ese sentido, a pesar de su eventual radicalidad, y de la voluntad revolucionaria que profesan, reformistas. Su horizonte no es sino, por una vía revolucionaria, cumplir lo que el orden moderno promete y permite cumplir.


Pero al hacer esta estimación estoy poniendo en juego en ella un supuesto que no debe quedar de ninguna manera implícito. El supuesto de que la lógica de la modernidad no se reduce solamente a su estrecha forma capitalista, en el sentido preciso de un Estado de Derecho en que impera la propiedad privada de los medios de producción, y un mecanismo general que hace depender los salarios de la existencia de un mercado de fuerza de trabajo. Lo que ya he sostenido en mis libros anteriores, y que defenderé nuevamente de manera sistemática en este, es que bajo esa misma racionalidad cabe aún otra sociedad de clases, en que se mantiene la explotación de los productores directos bajo otras formas, una sociedad en que la burocracia como clase dominante hegemónica usufructúa con ventaja de esa explotación, y de la deshumanización enajenante que conlleva.


Lo que sostengo es que hay abundantes elementos empíricos que permiten sostener esta idea, y que sólo desde el análisis de clase que ideó Carlos Marx se puede dar cuenta de una forma teórica coherente de esos elementos empíricos. Y, desde luego, este punto es crucial para establecer la especificidad de la crítica marxista y su eventual ventaja sobre las otras.


Puestas las cosas de esta manera, por supuesto que las críticas anarquistas y socialistas son revolucionarias, pero lo que sabemos hoy, también en parte gracias a ellas, es que una revolución que efectivamente apunte hacia el comunismo, hacia el fin de la lucha de clases, no puede ser ya solamente anticapitalista. Si no es también radicalmente antiburocrática no ha logrado traspasar, por muy radicales que sean sus formas, los límites del reformismo.


e. Marx

Pues bien, todas estas formas de la crítica anticapitalista, conservadoras, liberales, anarquistas y socialistas, hicieron posible la obra de Carlos Marx pero, al revés, todas y cada una fueron y son perfectamente posibles sin su aporte.


Que Marx no inventó la crítica al capitalismo no hay ni que decirlo, por supuesto. Lo que me interesa aquí es otra cosa. Me interesa especificar qué es lo propio que Marx agrega a ellas y que puede ser, por tanto, considerado como lo propiamente “marxista” de quienes quieran no sólo ser revolucionarios (hay muchas maneras de serlo), no sólo de izquierda (hay muchas izquierdas posibles), incluso no sólo “marxistas” en el sentido puramente empírico e histórico del término (muchos marxistas reales nunca leyeron, ni necesitaron leer a Carlos Marx), sino marxistas en el sentido originario y propio de aceptar y seguir, junto con muchos otros, precisamente sus argumentos, porque se les ha atribuido un valor de alguna manera decisivo.


Cuando consideramos, entonces, los argumentos que se pueden considerar propios de Marx, lo que encontramos, en primer término, es que una diferencia profunda de la crítica que ejerce es que se funda en un análisis objetivante, que se mueve por debajo de los valores o las voluntades declaradas de los actores que examina. Una objetividad en que esos actores son considerados como clases sociales (no como particulares, o como una mera colección de individuos) y examinados en su lógica, buscando la lógica que articula sus acciones (más que el mero recuento empírico de sus efectos). Una objetividad en que esa lógica es situada en condiciones históricas efectivas, determinadas, donde opera como clave de comprensión del sentido que tiene la historia humana bajo esas condiciones, el sentido de sus contradicciones y catástrofes. Un discernimiento del sentido que le permite mostrar las posibilidades que esa historia contiene.


Sostengo, en segundo lugar, que la crítica de Marx ha logrado comprender las causas, más que detenerse en la enumeración de la gravedad de los efectos; ha encontrado principios unificadores de carácter estructural para esas causas, más que atribuirlas a “malas prácticas”, a desviaciones en el ejercicio de los valores, o a la mala voluntad consciente de sus protagonistas.


Esas causas y esos principios estructurales son los que revela la crítica de la economía política: la tendencia histórica a la baja en la tasa de ganancia producida por la competencia en un mercado intrínsecamente opaco, las crisis cíclicas y generales de sobre producción que sobrevienen debido a los intentos de revertirla, el recurso cíclico al saqueo y a la plusvalía absoluta como maneras de salir de la crisis general. Todos los desastres enumerados por todos los críticos anteriores pueden encontrar su explicación y sentido en estos rasgos estructurales.


Sostengo por último, en tercer lugar, que sólo Marx apuntó realmente más allá del horizonte moderno con una idea decisiva: que el fin de la lucha de clases debía coincidir con la superación de la división del trabajo, es decir, con el fin del trabajo enajenado. No sólo con el fin de la propiedad privada, no sólo con el fin del salario, sino con la construcción de unas condiciones materiales que hagan innecesarias tanto la explotación como las instituciones que la prolongan y la protegen. Y a ese estado de cosas es a lo que llamó comunismo.


El análisis crítico de la economía capitalista, el análisis de clase y la concepción de la historia humana que conlleva, y la formulación del horizonte comunista, esos son, en mi opinión, los rasgos distintivos y específicos de lo que puede llamarse marxismo porque todos ellos están presentes en la obra de Carlos Marx.


f. Críticas anticapitalistas posteriores a Marx

No era necesario leer a Carlos Marx para entender que el mercado capitalista no es muy viable si sus consumidores potenciales son pobres, o si los va lanzando progresivamente al desempleo. Muchas personas, ni siquiera demasiado inteligentes, incluso algunos economistas, hicieron ver esto, sobre todo tras la gran crisis de 1929.


Por un lado la miseria obrera, arrastrada desde las primeras épocas del capitalismo (ni más ni menos que quinientos años) conspiraba contra la necesaria realización de los enormes volúmenes de mercancía que arrojaba la revolución industrial en marcha. Por otro lado, los nuevos medios de producción requerían, en términos relativos, de menos trabajadores o, para decirlo de otra manera, producían una situación en que el crecimiento de la población era mucho más rápido que el de la fuerza de trabajo efectivamente empleada. A este hecho, que se conoce como “tendencia al desempleo estructural”, debida al avance tecnológico, hay que agregar la gran explosión demográfica que empezaban a producir los avances en la medicina científica y en la salud pública.


A pesar de algunas voces lúcidas, los cambios en realidad no se produjeron a partir de alguna planificación consciente, y si esta llegó por fin fue sólo para continuar las tendencias ya en marcha.


El primer cambio, trascendental, que hoy todo el mundo olvida, es lo que significó la llegada de la abundancia: por primera vez en la historia humana el volumen de la producción, en todos los rubros, sobrepasó a las necesidades básicas del conjunto de los seres humanos. En cualquier sociedad anterior a la del siglo XX imperó la escasez: si todos los bienes de la sociedad se hubiesen repartido por igual, todos los seres humanos habrían sido nivelados por debajo de sus necesidades, todos habrían sido reducidos a la pobreza. Ahora, por primera vez, si todos los bienes se repartieran por igual todos los seres humanos podrían alcanzar niveles dignos de existencia. El gran argumento de la ideología burguesa, las necesidades sociales a las que obligaba la escasez, dejó de tener respaldo empírico real.


Hasta principios del siglo XX el grueso de la producción capitalista estaba destinado a sectores sociales que ya tenían capacidad de compra. A las clases dominantes, a los sectores medios acomodados. Digamos, incidentalmente, que por eso la propaganda comercial era innecesaria. Cuando esa capacidad de compra tendía a coparse en los países centrales los empresarios buscaban llevar sus productos a la periferia del mundo, nuevamente buscando las capacidades de compra ya existentes en las clases dominantes locales. Es por eso que a lo largo de los siglos XVIII y XIX fue creciendo una activa “lucha por los mercados” entre las potencias capitalistas, no tanto para obtener materias primas (cuestión que el reparto colonial ya había arreglado), sino para poner sus productos.


El revolucionario aumento del volumen físico de la producción que se produjo por el avance tecnológico y la taylorización del trabajo, en cambio, creó una situación de enormes repercusiones sociales y políticas, que nos condiciona hasta el día de hoy. Por primera vez en la historia humana los principales destinatarios de la producción manufacturera empezaron a ser los trabajadores mismos. Más allá de las brutales desigualdades, se dio origen con esto a algo que es riguroso llamar “sociedad de consumo”: nunca antes una proporción tan grande de la población mundial consumió un volumen tan grande de bienes, y una proporción tan significativa de la producción total. La claridad de la lógica capitalista, que Marx estableció de manera tan contundente, se vio de este modo alterada de unas maneras y con unas consecuencias que es importante comentar.


La época que va desde 1932 a 1974, en muchos sentidos la época de oro del capitalismo, mostró de manera contundente que el consumo masivo puede ser una poderosa herramienta reguladora de la tendencia estructural a la sobre producción.


La industrialización norteamericana posterior a la crisis de 1929, la industrialización fascista de Alemania y Japón desde 1930, la reconstrucción de Europa posterior a 1945, los procesos de industrialización de algunos países en América Latina, e incluso, en una clave política muy diferente, el gigantesco desarrollo económico de la Unión Soviética y el área socialista, mostraron ampliamente que una sociedad de abundancia es perfectamente posible.


Dieron origen a enormes capas medias compuestas por profesionales asalariados y trabajadores industriales, fueron apoyadas por masivas inversiones estatales en infraestructura, en educación, salud, vivienda y cultura, generaron grandes aparatos estatales capaces de absorber fuerza de trabajo y, por esta vía, aumentar la capacidad de compra general. Aparatos estatales que se constituyeron en fuente de crédito barato, y en los principales empleadores y consumidores a nivel mundial.


Pero estas fórmulas, que llegaron a ser conocidas como “Estado de Bienestar”, a pesar de sus éxitos, no lograron ni por un momento evitar o revertir las tendencias estructurales del sistema, e incluso, por mucho que lograran regularlas o encubrirlas, generaron contradicciones nuevas.


En términos históricos la elevación progresiva de los salarios no hizo sino acentuar la tendencia global a la baja en la tasa de ganancia. El mismo efecto se produjo al descargar el peso de la creación de empleo y capacidad de compra sobre el Estado: sólo podía mantenerse subiendo los impuestos a las empresas… a costa de sus ganancias.


Por otra parte, una proporción demasiado significativa del aparente éxito económico de los países centrales se debió simplemente a un incremento extraordinario en el saqueo de materias primas desde los países periféricos. El cacareado “éxito” del Estado de Bienestar estuvo fuertemente subvencionado por una larga era, de más de ochenta años, de materias primas prácticamente regaladas: salitre, petróleo, caucho, cobre, hierro, carbón, aluminio… Todas entregadas a precios irrisorios por las clases dominantes locales, en contra del interés de sus propios pueblos.


Pero el enorme volumen de este saqueo o, al revés, la necesidad extraordinaria que significaba para la viabilidad capitalista, creo una situación extremadamente sensible respecto del control territorial. Por un lado había que tratar con clases dominantes locales formalmente independientes, cuya lealtad política podía ser muy variable, por otro lado el crecimiento del campo socialista significó un permanente peligro de pérdida de áreas estratégicas, ricas en recursos naturales. El conflicto con los países árabes, arrastrado desde fines de los años 50, y que culmina en la nacionalización y alza de los precios del petróleo en 1974, es un verdadero paradigma de la situación general.


La lógica capitalista opera siempre en condiciones históricas concretas. La economía política tiene el mérito de estudiar el fenómeno económico siempre bajo estas condiciones reales, situadas. Y, al revés, todo en el siglo XX contribuyó a confirmar empíricamente esta lógica, y a expresarse a través de ella.


Por un lado, la lucha estratégica, a la vez política y económica, por las fuentes de materias primas, dio origen a una gigantesca carrera armamentista. A medio camino, sin embargo, empate nuclear mediante, el objetivo presunto de esa carrera, en apariencia militar y político, se convirtió en una simple cuestión de negocios.


La industria armamentista se convirtió en el centro de la industrialización, en torno a una guerra global que todo el mundo sabía que no se podía iniciar sin un ominoso riesgo para toda la humanidad. Producir de armas de manera desenfrenada para una guerra que no ocurrirá, o para guerras locales y lejanas que, por sí mismas no tiene sentido ganar[40]: ¡un excelente negocio!


Ya desde las guerras napoleónicas la industrialización de la guerra fue un excelente negocio capitalista. Incluso la devastación y el horror de las dos Guerras Mundiales están marcados por este carácter mercantil. El asunto ahora, sin embargo, es que esa industria se convierte en el principal pilar de la economía.


Los defectos meramente económicos de la industria armamentista han sido señalados muchas veces. Se trata de un sector que, en términos relativos, crea muy poco empleo, que requiere de inversiones enormes, en que el secreto militar e industrial traban el avance tecnológico, que produce sólo para el despilfarro, que puede aprovechar su capacidad militar y económica para cobrar sobre precios, que obtiene recursos desmedidos a través de la corrupción, anulando todas las eventuales ventajas de la competencia mercantil.


El conjunto de estos “defectos”, sin embargo, constituyen precisamente una “virtud” desde el punto de vista del capital: permiten una tasa de ganancia extraordinaria, que ninguna actividad auténticamente competitiva puede alcanzar. Pero, bueno, nadie ha dicho que los capitalistas compiten por el gusto de competir, lo que les interesa es la ganancia y, mucho mejor, ¡la ganancia sin competencia!


Atraídos por la ganancia fácil se constituyeron gigantescos monopolios en torno a cada aspecto mayor de la industria (construcción de aviones, de buques y submarinos, de satélites espías y redes de radar), y en torno a ellos vastas redes de contratistas y subcontratistas para las partes y piezas, y los sistemas de armamento menor, la I&D, los servicios asociados. Desde los años 40 todas las grandes corporaciones clásicas, como General Motors, Ford, ATT, RCA, IBM, Fiat, obtuvieron su principal fuente de ingresos a partir de la fabricación de armamentos.


La principal distorsión que el armamentismo produjo sobre la economía global, sin embargo, fue la acumulación de un gigantesco déficit fiscal en Estados Unidos. La industria del despilfarro y la destrucción creció hasta tal punto que ni siquiera los Estados más poderosos del planeta podían financiarla.


La ineficiencia económica general arrastrada por el privilegio de la industria armamentista llevó a la quiebra a la Unión Soviética. En Estados Unidos en cambio fue motivo de un nuevo negocio, peor que el anterior… prestarle dinero al Estado para que financiara su déficit. Esto creó otra de las características catastróficas del capitalismo avanzado: la tendencia a la especulación financiera a gran escala.


El déficit fiscal norteamericano, y la extraordinaria liquidez creada por el alza de los precios del petróleo tras su nacionalización, generaron una poderosa corriente de especulación meramente monetaria que llevó simplemente al extremo del absurdo a la lógica capitalista. Si obtener ganancias sin competencia alguna era ya un excelente negocio, ahora resultó un negocio mucho mejor obtenerlas ¡sin producir absolutamente nada!


El fantasma de los desastres del lucro improductivo, anunciado incluso por liberales como John Kenneth Galbraith, y profetizado con toda claridad en los escritos de Marx, empezó a ser real. Operaciones como prestar dinero a tasas usureras a países dependientes, que no pueden pagarlos, con el completo beneplácito de las clases dominantes locales. Dineros que frecuentemente sólo financiaron a las empresas trasnacionales instaladas en esos países. Dineros impagables cuya amortización se impuso sobre los pueblos sin piedad, destruyendo completamente el poco y defectuoso Estado de Bienestar que habían podido levantar.


Pero incluso en las pomposas “democracias” centrales las zancadillas brutales entre países, comprometiendo a sus propios pueblos, fueron aumentando progresivamente. Abrir líneas de crédito impagables para trabajadores, ofreciéndoles a cambio los excesos del consumo, ofreciendo créditos que cuentan con avales también impagables de los Estados, para luego exigir a esos Estados recortar los beneficios sociales conquistados para pagar los intereses de nuevos y más caros “planes de salvataje”. Es el drama actual de Grecia, España, Portugal, Irlanda, de las capas medias en Estados Unidos, de los trabajadores de los antiguos países socialistas. En el extremo de este extremo se llegó al punto en que General Motors empezó a obtener mayores ganancias prestando dinero para comprara autos que produciendo y vendiéndolos realmente.


Como si esta locura de endeudar a quienes sólo pueden responder con sus salarios no fuese suficiente, las grandes corporaciones industriales en Estados Unidos y Europa encontraron que los salarios alcanzados por sus trabajadores eran demasiado altos y, siguiendo el más viejo de los atavismos capitalistas, procedieron a desmontar el aparato industrial en esos países y llevárselo a China, India, Brasil o México, donde pueden volver a pagar salarios de hambre. La contradicción no puede ser más flagrante: endeudar trabajadores y paralelamente destruir sus fuentes de empleo.


Armamentismo, especulación financiera, desindustrialización, son las plagas capitalistas que asolan hoy en día a los que fueron pomposamente llamados “Estados de Bienestar”. Agreguemos a esto otro flagelo, perfectamente capitalista, el narcotráfico ilegal… y también el legal.


Todos estos males revelan una causa común, que ahora se hace explícita, a pesar de que está inscrita completamente en la lógica de la reproducción capitalista criticada por Marx: un sistema económico ordenado desde el interés particular es absolutamente incapaz de ejercer el más mínimo cálculo global y estratégico sobre sus efectos. El cálculo económico local impera sin contrapeso por sobre los intereses globales, y el inmediato por sobre cualquier consideración estratégica. E incluso esto se proclama como legítimo.


Es por eso que se aceptan como negocios legítimos a la industria del tabaco, o del alcohol, a pesar de que contribuyen visiblemente a bajar la productividad de todas las otras industrias. Por eso se depredan bosques, se usan fuentes de energía contaminante perfectamente evitables, se producen medicamentos que producen casi tantas alteraciones como las que combaten. Es por eso que se mercantiliza la educación, sin reparar en su deterioro, o la salud, si atender al efecto que la baja en los niveles de salubridad puede tener sobre la fuerza de trabajo.


A estos males, inmediatos y constatables, cuya raíz se puede encontrar en la absoluta incapacidad de cálculo estratégico de una clase social compuesta por agentes individuales en competencia, quiero agregar otro aspecto, y otra crítica, ahora justamente en la perspectiva estratégica que falta.


Uno de los aspectos de más larga proyección de la revolución de la abundancia que se produjo desde fines del siglo XIX se dio en torno a una gran conquista social cuyo significado profundo ha pasado desapercibido para la mayor parte de los marxistas, a pesar de que suele formar parte habitual de sus celebraciones: la reducción de la jornada laboral a ocho horas diarias.


Si tenemos en cuenta los mecanismos absolutos de incremento de la apropiación de plusvalía (la “plusvalía absoluta”), notaremos de inmediato que limitar la jornada laboral, y más aún reducirla, atenta directamente contra la ganancia capitalista.


La obtención de la jornada laboral de ocho horas diarias fue posible, considerada en términos históricos, sólo gracias al reparto del aumento revolucionario de la productividad. Las ganancias capitalistas aumentaron tanto que no sólo fue posible incrementar globalmente los salarios, sino también reducir la jornada laboral cuestiones, ambas, que en condiciones normales serían resistidas radicalmente por los empresarios. Por supuesto, los empresarios de la época tampoco las aceptaron graciosamente. Los muertos que se conmemoran el 1 de Mayo son algunos de los muchos que costó una lucha sostenida y multitudinaria.


Cuando exponga, más adelante, en qué puede consistir de manera verosímil una perspectiva comunista, tendré ocasión de insistir en el hecho de que hay pocas victorias del movimiento popular que tengan tanta proyección estratégica como aquella. Lo que ahora me interesa considerar, sin embargo, justamente al revés, es el hecho de que esa trascendental tendencia NO haya continuado a lo largo del siglo XX, y lo que ocurrió en cambio.


Lo ocurrido con la reducción de la jornada laboral a ocho horas es que el beneficio obtenido por el aumento de la productividad del trabajo pasó a manos no sólo de los capitalistas sino en parte también a sus productores inmediatos, los trabajadores. En rigor esto podría ocurrir, cada vez que la productividad aumente, de dos maneras, que perfectamente pueden ocurrir a la vez: disminuyendo la jornada laboral general progresivamente, o integrando nuevos trabajadores al empleo productivo, es decir, a la producción de bienes físicos, tangibles, o de los servicios inmediatos necesarios para su producción. Con esta segunda medida se podría revertir la tendencia global al desempleo estructural, revirtiéndola hacia una política de “pleno empleo productivo”. Dada esta tendencia al pleno empleo productivo, se podría dar paso a la primera medida, le reducción general de la jornada laboral.


En una famosa conferencia dictada en España, en 1930,[41] el mismísimo John Maynard Keynes, menos de un año después de la gran crisis de 1929, calculó que cien años más tarde, hacia 2030, los trabajadores podrían contar con salarios “satisfactorios” con una jornada laboral de tan solo ¡15 horas semanales!


Keynes supuso en su cálculo una población relativamente estable, un crecimiento anual de la inversión global del 2%, un crecimiento global anual de la productividad del 1%. Demás está decir, cuando faltan sólo 17 años para ese plazo, que estamos muy lejos de esa meta. Aún más, desde 1930, en los países desarrollados, la productividad del trabajo ha crecido a más del 1,6% anual, y la jornada laboral, en cambio, debido a las modalidades de la precarización del trabajo, tiende más bien a aumentar.[42]


Lo que ocurrió de hecho es que las políticas de “pleno empleo” privilegiaron única y exclusivamente el aumento de la capacidad de compra o, lo que es lo mismo, de la demanda interna, sin preocuparse en absoluto de qué tipo de trabajos se creaban.


Por supuesto, con el crecimiento debido a la reindustrialización aumentó el empleo productivo. Pero la gran fuente de aumento de la demanda se obtuvo simplemente creando empleo improductivo.


Por un lado directamente, a través del aumento masivo de funcionarios del Estado, y de los servicios en general. Por otro lado, indirectamente, favoreciendo el crecimiento de la ocupación improductiva en general al desplazar a amplios sectores de la población fuera de la fuerza de trabajo. Esto ocurrió con el crecimiento sin precedentes de las masas estudiantiles, de las mujeres dueñas de casa, y de un vasto mundo de subempleo.


Aumentaron a niveles inimaginables para cualquier otra cultura humana empleos particularmente improductivos como los empleados de comercio,[43] los militares, los funcionarios estatales, los profesores y académicos e investigadores universitarios. Se redujo drásticamente la proporción de la fuerza de trabajo dedicada a la producción de alimentos. Y también, como he señalado, se produjo un vasto desplazamiento del desempleo potencial a las regiones del Tercer Mundo.


Todo este proceso ha sido descrito habitualmente como “tercerización de la economía”.[44] En una descripción que se ha hecho habitual se suele llamar “sector primario” de la economía a la producción de alimentos (agricultura, pesca) y materias primas (minerales, madera, energía); “sector secundario” a la producción de manufactura, y “sector terciario” a la producción de servicios. Por razones técnicas, y de acuerdo a los objetivos políticos que persigo en este texto, operaré con una clasificación levemente distinta:


-Producción de Alimentos (sector primario)


-Producción de bienes materiales (sector secundario)


(Materias primas, manufactura, energía)


-Producción de bienes simbólicos (sector terciario)


Para vislumbrar el revolucionario efecto de lo que se ha llamado “tercerización de la economía” es interesante contrastar la proporción histórica de la composición de la fuerza de trabajo, en las sociedades tradicionales, con la actual:


Sector Sociedades Tradicionales Sociedad Actual
Primario 70% 5%
Secundario 20% 20%
Terciario 10% 70%


También, con mayor precisión, se pueden observar las siguientes comparaciones, obtenidas de las estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en www.laborsta.ilo.org:[45]


Inglaterra Estados Unidos
1981 2006 2000 2008
Sectores Millones  % Millones  % Millones  % Millones  %
Fuerza de Trabajo 26 100 29 100 141 100 145 100
1° Agricultura 0,54 0,21 0,37 0,13 3,7 2,6 2,2 1,5
2° Bienes Materiales
(Manufactura)
8,7
(5,4)
33,4
20,8
6,4
(3,8)
22,1
13,1
32,7
(20,7)
23,2
14,7
35,4
(15,9)
24,4
11,0
3° Servicios 14,2 54,6 18,95 65,3 104,6 74,2 58,4 40,6
Desempleados 2,56 9,8 3,28 11,3
No clasificados 0,014 ~ 0 49 33,8


He consignado entre paréntesis el sector que está directamente dedicado a la manufactura. Esto permite ver de manera explícita la destrucción del empleo industrial. Notar que en Estados Unidos entre 2000 y 2008 se pasó de 20,7 millones de trabajadores industriales a 15,9: un 23% menos. Otro aspecto del mismo problema se puede apreciar en el espectacular aumento de trabajadores con empleos “no clasificables”, o “empleo no claramente definido”, de 14.000 en 2000 a ¡49 millones! en 2008, lo que se explica fundamentalmente por los amplios y radicales procesos de precarización del empleo, y por las innumerables formas del subempleo.


Lo que estas cifras muestran, desde nuestro punto de vista, es que el aumento de la productividad del trabajo se ha despilfarrado en empleo improductivo. O, también, dicho de otra manera, nos muestran que el progreso de toda la humanidad sólo ha sido aprovechado por las clases dominantes, en lugar de distribuirse de manera progresiva y proporcional entre sus productores directos.


La única lógica de la tercerización de la economía es mantener al contrato de trabajo asalariado y a la ganancia capitalista como las únicas formas de acceder a los beneficios de la riqueza producida por todos. Mantener el mercado capitalista como la única forma de apropiar e intercambiar riqueza.


La abundancia, que debería significar bienestar y auténtica libertad para todos, se convierte en trabajo idiota, tiempo libre administrado, régimen de vida disciplinado y enajenado en torno al intercambio mercantil, depredación de las vidas y los recursos en nombre de patrones de desarrollo económico que se han vuelto técnicamente innecesarios, y no que sólo mantienen el beneficio desmesurado de unos pocos, sino además justamente de aquellos que no producen absolutamente ninguna riqueza real, de ningún tipo.


Pero el modelo de industrialización fundado en la carrera armamentista y el consumo de masas produjo también otras contradicciones por sí mismo.


En busca de maximizar la ganancia se crearon gigantescas concentraciones urbanas (concentrar a los productores, acercar a los consumidores), se recurrió a la depredación de los recursos naturales en una escala sin precedentes, se emplearon fuentes de energía contaminantes teniendo a la vista sólo su costo inmediato, sin el menor cálculo sobre su impacto a mediano y largo plazo sobre el medio ambiente.


En busca de la maximización de la ganancia se aumentó de manera extraordinaria la intensidad del trabajo en las rutinas puramente mecánicas del fordismo (extrema enajenación en el lugar de trabajo “de por vida”), o en los sobresaltos de la precariedad laboral que combina períodos de extrema explotación con períodos vacíos, sin ocupación… y sin salario.


Un primer efecto de este modelo que importa explicitar es la dificultad creciente para restaurar la fuerza de trabajo sobre exigida por la intensidad y la precariedad. Esto generó la necesidad de administrar el tiempo libre, buscando (inútilmente) aumentar la “intensidad del descanso”, prevenir las epidemias sociales del alcoholismo, el ausentismo laboral, la drogadicción entre trabajadores, producir un compromiso subjetivo con el medio de producción y los objetivos de las empresas (el “espíritu Toyota”).


Pero la industria del espectáculo, que convirtió estas necesidades en otro negocio más, resultó tan primitiva y estresante como los males que buscaba aliviar; el trabajo de las oficinas de personal en el intento de crear un clima subjetivo favorable se convirtió en mera manipulación, y más bien exigencia que facilitación subjetiva.


La concentración urbana, la intensidad tecnológica de la vida cotidiana, las sobre exigencias creadas por la intensidad del trabajo, generaron nuevas formas de cansancio, más bien neuromuscular y psicológico, que la antigua producción industrial no conocía.


El reverso del aumento relativo de los salarios y el mejoramiento de los estándares de vida fue un dramático empeoramiento de la calidad de vida. Esto debe ser precisado, sin embargo, de dos maneras. Por un lado, entre los integrados a la industrialización, el estándar local de vida (en la familia, en el barrio) aumentó, mientras la calidad global de vida (en las vidas particulares, en la sociedad en general) empeoró notablemente: se pudo vivir cada vez mejor en una sociedad en que cada vez tiene menos sentido vivir.[46]


Pero, por otro lado, forma parte del costo de esa elevación masiva de los estándares de vida de los integrados la miseria masiva de los marginados dentro y fuera de las áreas del capitalismo desarrollado.[47] Para los marginados no sólo el estándar de vida ha caído, sino sobre todo, y catastróficamente, la calidad de vida. Es la realidad oscura, trágica, de al menos la cuarta parte de la humanidad. Masiva en países como India, Pakistán, Afganistán, en los países del centro de África. Pero también, de manera creciente, en todas las periferias urbanas de las ciudades más pomposamente “desarrolladas”, como Nueva York, Londres, Paris, Moscú o Roma.


A esto hay que agregar el extraordinario retroceso en la distribución del ingreso, tanto a nivel nacional como global, ocurrido en los últimos treinta años, en que la crisis y la especulación financiera han provocado una gigantesca concentración del capital y del lucro.


Un segundo efecto, en el orden de la división técnica del trabajo, aparece al concentrar enormes cantidades de tareas en una línea de montaje única (según la técnica fordista), y aún peor al desmontar esas líneas para reorganizarlas como redes de módulos de producción de partes y piezas (como ocurre en la técnica postfordista): el incremento de la complejidad de los procesos productivos los hace cada vez más susceptibles al fallo global.


Un ejemplo del primer tipo (sistemas únicos, conectados en serie) es el fallo catastrófico en las centrales nucleares. Un ejemplo del segundo tipo (sistemas deslocalizados, conectados en red) es el cotidiano “se cayó el sistema”, en la ventanilla de un banco, o la propagación de la congestión vehicular cuando fallan a la vez dos o tres semáforos.


El problema aparece por la sostenida tendencia a concentrar las operaciones de producción en sistemas altamente complejos. En los sistemas seriales aumentando su longitud, en los sistemas en red aumentando el número de módulos y de conexiones entre ellos. Esto hace que sistemas que normalmente pueden sortear o corregir un fallo local (directamente en un sistema en serie, o realizando la tarea con otros módulos en otro camino en los sistemas en red), cambien completamente las posibilidades de su comportamiento de conjunto. O, para decirlo de una manera directa, que se incremente progresivamente la probabilidad de una propagación catastrófica de un fallo local, es decir, que la caída de un paso, o de un módulo, precipite la caída progresiva de los que están conectados con él.[48]


“Se cayó el sistema” es una respuesta que escuchamos y escucharemos cada vez con más frecuencia. La razón, por cierto, que es la concentración excesiva de procesos productivos o de información, no tiene otro origen que la avidez de lucro (“ahorrar” tiempo y esfuerzo). Más adelante agregaré como factor también la vanidad extrema de los burócratas de alta tecnología, que confunden su mera pretensión de saber con el saber efectivo.


Carrera armamentista inserta en un patrón de industrialización depredador y destructivo, especulación financiera a costa del bienestar de todos, tercerización de la economía presidida por el trabajo idiota, en jornadas laborales innecesarias, descarga del desempleo absoluto hacia enormes zonas del Tercer Mundo. Intensidad tecnológica de la vida cotidiana, complejidad productiva propensa al fallo catastrófico, aumentos locales de estándar de vida que se pagan con un empeoramiento global de la calidad de vida. Estas son las críticas globales al capitalismo que se pueden agregar después de Marx. Todas y cada una de ellas, sin embargo, completamente inscritas en la lógica de la reproducción del capital que describió.


No habrá perspectiva comunista alguna hasta que el movimiento popular logre revertir estas tendencias. Fin a la producción destructiva (destinada al despilfarro, fundada en energías contaminantes y depredación de los recursos, concentrada de manera irracional); fin a la especulación financiera; revertir la tercerización de la economía, del trabajo improductivo, de la estupidización del empleo; sacar de la lógica del mercado los servicios esenciales; industrialización sustentable para las zonas más empobrecidas del planeta.


En esta larga marcha una buena primera medida es tratar de especificar lo más claramente posible quién es el enemigo, y con quiénes se puede contar. Este es el objetivo de la segunda parte de este libro.

  1. Ver Joseph A. Schumpeter: Diez Grandes Economistas, De Marx a Keynes, Alianza, Madrid, 1967; Eric Roll: Historia de las doctrinas económicas, Fondo de Cultura Económica, México, 1961.
  2. Pensemos qué sentido y connotaciones tendría el llamar “neoclásica” a la física cuántica, o “neoalquimia” a la química molecular.
  3. Ver, al respecto, Carlos Pérez Soto: Sobre un concepto histórico de ciencia, Lom, Santiago, 2° ed., 2008. Para el caso de la psicología, ver Carlos Pérez Soto: Sobre la condición social de la psicología, Lom, 2° ed., 2008. En el contenido mismo, y por sus propios protagonistas, se puede comparar las Reglas del método sociológico, de Emile Durkheim, o El político y el científico, de Max Weber, con el modo en que están escritos el Leviatán, de Thomas Hobbes, o el Tratado de la naturaleza humana, de David Hume.
  4. Ver, por ejemplo: Thomas S. Kuhn, La Estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica, México, 1971; Imre Lakatos, La Metodología de los Programas de Investigación Científica, Alianza, Madrid, 1983; Pierre Bourdieu, Intelectuales, política y poder, Eudeba, Buenos Aires, 1999
  5. Ver, por ejemplo: Alexander Koyré, Del mundo cerrado al universo infinito, Siglo XXI, Madrid, 1979; Thomas Laqueur, La construcción del sexo, Cátedra, Madrid, 1983; Donna J. Haraway, Ciencia, cyborg y mujeres, Cátedra, Madrid, 1985; Baudouin Jurdant, Impostures Scientifiques, Alliage, Paris, 1998.
  6. Uso la expresión “ficciones” para enfatizar su carácter completamente creado, artificial, histórico, para decir que no hay en ellas nada que sea natural u objetivo. Por supuesto la fuerza social que estas construcciones adquieren llega a ser muy real, muy lejano a lo que entendemos por “ficción”. Pero me interesa más aquel rasgo historicista que esta constatación empírica.
  7. No así, en cambio, su voluntad como clase social. Sobre la diferencia entre la consciencia empírica individual y la consciencia de clase, ver la sección 5 del Capítulo II.
  8. “Ficticia”, desde luego, para el razonamiento global e histórico de la Economía Política. Es obvio, por otro lado, que se trata de una riqueza muy “real” para personas particulares, en contextos muy particulares.
  9. En sociedades anteriores existió trabajo asalariado. Desde el punto de vista de Marx, sin embargo, este no llegó a cumplir dos condiciones esenciales para que se las pueda considerar como sociedades capitalistas: la existencia de un mercado de fuerza de trabajo, y la existencia de un sector social de hombres libres que estuvieran en posición de venderla. De la misma manera, en sociedades anteriores existió la propiedad, incluso de medios de producción, pero no la propiedad privada, es decir, la hegemonía del libre arbitrio del propietario personal sobre la posesión de sus medios de producción y la de sus productos.
  10. Con la notable, inevitable, y eterna excepción, por supuesto, de los que requieren imperiosamente de las citas correspondientes y del lenguaje “adecuado”: las de El Maestro, invocadas casi de manera probatoria, para establecer ni más ni menos que las mismas ideas que he expuesto aquí.
  11. Hay que considerar que en la mercantilización de la educación el negocio inmobiliario es paralelo e independiente del negocio educacional. En general, la sobrevaloración de los precios que se cobran por los servicios educativos se usa como fuente de financiamiento del negocio inmobiliario. Para el argumento que sostengo es importante el que mientras el negocio de la construcción sí obedece a la lógica común de la valoración capitalista, es el negocio educativo como tal el que no la sigue. Por supuesto, algo análogo ocurre con la mercantilización de la medicina, o en las enormes infraestructuras construidas para la llamada “Big Science”.
  12. Por cierto, hay otras maneras y otros aspectos en que se puede hacer también esta distinción.
  13. Incluyo aquí, bajo el término general “servicios”, al capital financiero. Lo que me interesa es enfatizar la diferencia entre riqueza real y ficticia de manera general. Por cierto, el movimiento del capital financiero, en envergadura y modalidad, puede ser distinguido luego del capital que se emplea en servicios como la educación, la salud, el arte o la administración.
  14. Es bueno advertir aquí, aunque tenga que lamentar luego la extensión de esta nota a pie de página, que esta tesis sobre la diferencia entre riqueza real y ficticia permite una apuesta directamente empírica sobre el destino del capitalismo europeo y norteamericano. Lo que sostengo es que los procesos de desindustrialización de Europa y Estados Unidos conducirán a corto plazo a un cambio histórico en el centro geográfico hegemónico del sistema capitalista mundial. Tal como ocurrió en el siglo XVI con Italia, y luego en el XVII con España y Portugal, y luego en el XVIII con Francia y Holanda, y por fin en el XIX con Inglaterra, la industrialización de China, India y Brasil, cada una con sus respectivas zonas satélites inmediatas, terminará por sobrepasar la hegemonía de Estados Unidos y de la Comunidad Europea. O, para decirlo más directamente, la hegemonía capitalista NO se puede mantener sólo sobre la base de producción de ciencia y tecnología o de servicios financieros, y su defensa militar resultará estructuralmente agónica. Sólo una guerra nuclear, de destrucción masiva y exterminio, podría salvar la hegemonía norteamericana. Lo más probable, sin embargo, es que ante tal catástrofe, los capitalistas norteamericanos y europeos terminen aprendiendo chino y casándose con esposas hindúes. Tal como Italia, España y Portugal en los siglos XVII, XVIII y XIX, o como Holanda y Francia en los siglos XVIII y XIX, lo que espera a Estados Unidos y Europa durante los próximos cien o doscientos años es una larga y “gloriosa” decadencia, acompañada de erudiciones y arrebatos culturales, y abandonada por la vitalidad del capital.
  15. Hay que considerar que, con el avance de la organización postfordista del trabajo, se ha producido un declive muy importante en las organizaciones sindicales clásicas y, sin embargo, los enclaves sindicales que mantienen con mayor vigor sus tradiciones están justamente en el sector terciario, particularmente entre los trabajadores estatales.
  16. En todo caso, es necesario notar que parte de estas especificaciones provienen del esfuerzo marxista por caracterizar la explotación como relación objetiva, sin apelar a sus connotaciones morales de abuso (aunque lo contenga), o a un juicio meramente ético (aunque lo requiera y lo merezca). Más adelante, en la sección 2 del Capítulo II, distinguiré entre explotación y opresión, para analizar, también de manera objetiva, el contenido de estas connotaciones éticas.
  17. Una vez más es necesario recordar que la “ficción de equivalencia” no es una ficción debido a que no se cumple respecto de la fuerza de trabajo, sino debido a que el criterio de equivalencia en juego no tiene un origen natural, ha sido históricamente construido, es ideológico, es superable. Como he sostenido en el Capítulo anterior, todo valor es inconmensurable y, respecto de ello, toda equivalencia entre valores es artificial, “ficticia”.
  18. Un giro, por lo demás, bastante hegeliano. “Realizar” es, literalmente, “hacer real”. La mercancía sólo se hace “real” cuando el proceso de su producción se completa en su venta y posterior consumo.
  19. El carácter marcadamente interesado e ideológico del discurso empresarial, variable según cada nuevo contexto, no es un misterio para nadie, y puede ser ampliamente documentado. Por un lado criticaron y reprimieron durante décadas el 1° de Mayo que ahora celebran. Por otro lado, en los discursos que explican el salario alaban los esfuerzos de los trabajadores, y lloran las penurias que les impiden pagar mejor. Pero en los discursos en que explican sus riquezas se extienden en la “flojera” de los trabajadores, y alaban sus propios esfuerzos creativos y sus riesgos.
  20. Notar que esto implica que la mercantilización de la educación, y la descarga de sus costos directamente en los usuarios debida al abandono de las políticas educacionales estatales, no hace sino encarecer el costo general de la fuerza de trabajo: los trabajadores tenderán a pedir mayores salarios, para poder solventar los gastos educacionales, a su vez, los empresarios estarán obligados a contratar trabajadores cuya educación es más cara. Por supuesto esto significa un pésimo negocio para el capitalismo como conjunto. Pero esta contradicción no es extraña en una cultura de enemigos, también el narcotráfico, la especulación financiera, el tráfico de armas, son negocios perfectamente capitalistas que contradicen globalmente la viabilidad del propio capitalismo.
  21. Cuando, en el capítulo siguiente, proponga una estratificación social posible al interior de la clase capitalista, distinguiré entre el “burgués”, para el que la satisfacción de necesidades sí tiene sentido, del “capitalista” como tal, cuyo único objetivo es reproducir el capital de manera abstracta, independientemente del medio que use para ello. Esta diferencia tiene importantes consecuencias en la política real, inmediata, y debe ser considerada también al trazar la larga marcha que puede conducir al comunismo.
  22. La primera edición realmente completa, y filológicamente rigurosa, de las obras de Marx y Engels, llamada Marx – Engels Gesamtausgabe 2 (MEGA 2), se empezó a publicar recién en 1990, por una asociación de institutos y universidades agrupados bajo la The International Marx Engels Foundation (IMEF). Su plan contempla 114 tomos, divididos en cuatro secciones. De ellos, hasta hoy, sólo se han publicado 59. La segunda sección de este plan está dedicada sólo a El Capital, considerando todas sus ediciones y sus manuscritos preparatorios. Sólo esta segunda sección de las obras completas contempla 15 tomos, que se publicarán en 23 libros. Ver, al respecto, el sitio de la edición en la Academia de Ciencias de Berlín, www.bbaw.de/bbaw/Forschung/Forschungsprojekte/mega/en/
  23. Adelanto, para los lectores más impacientes, que la estrategia pedagógica que seguiré será distinguir inicialmente entre capitalistas presuntamente “buenos” (que mejoran las técnicas, que pagan mejores salarios) de otros presuntamente “malos” (que “abusan”), para seguir la lógica que rige a los primeros y, desde ella, mostrar que tal diferencia es en realidad ficticia, y que ambos modos de la operación capitalistas son estructuralmente necesarios para el devenir histórico del sistema.
  24. Una contracción que facilita el uso coloquial de la expresión, pero que en cierto sentido es lamentable porque desplaza el interés desde los mecanismos para obtener algo, que son lo relevante, hacia el mero resultado: “plusvalía (obtenida de manera) absoluta”.
  25. Coloquialmente se suele reservar la expresión “aumento de la productividad” para las mejoras físicas, del primer tipo, y la expresión “intensificación del trabajo” para las mejoras en el orden de los procesos. No hay, sin embargo, una terminología general al respecto. Es obvio, por otro lado, que ambos procedimientos no son excluyentes. En general ocurren de manera simultánea y complementaria.
  26. Tampoco hay una terminología generalmente aceptada al respecto. Se suele discutir, de manera bastante idiota, si el Taylorismo, el Fordismo y el Postfordismo son meras técnicas aplicables a la división técnica del trabajo, o pueden ser considerados, de manera mucho más general, como modos de acumulación, es decir, como momentos o etapas que se pueden caracterizar globalmente, en el desarrollo capitalista. Omitiré por completo estas discusiones sobre definiciones, y operaré simplemente como si el criterio que he enunciado (considerarlos como modos de acumulación) fuese simplemente, para los efectos eminentemente prácticos de este texto, una definición útil.
  27. Una nota para los que tengan dificultades con las matemáticas: lo que ha ocurrido es que si el numerador es menor, y al mismo tiempo el denominador es mayor, el valor de la fracción, por ambas razones, disminuye, como ocurre al pasar de 9/3, cuyo valor es 3, a 4/6, cuyo valor es sólo 0,66. Examinaré esto con más claridad numérica en los ejemplos contenidos en las tablas que se muestran en las páginas siguientes.
  28. Podría decirse, de acuerdo a la tesis racista de Max Weber: porque carece de ética protestante…
  29. Para los que tengan dificultades aritméticas: la fracción disminuye porque el numerador tiende a ser parecido pero el denominador aumenta significativamente, como al pasar de ¾, que equivale 0,75, a 4/7, que equivale a 0,57.
  30. La estrategia pedagógica que ocuparé, en una situación que contiene muchas variables es, en lo posible, hacerlas cambiar sólo una a la vez, para captar por partes el efecto de cada variación. Obviamente, en el proceso real, todo esto ocurre junto y a la vez. Por eso es que estos cuadros deben ser considerados como partes de un solo y único ejemplo, separado así sólo para hacer visibles sus aspectos.
  31. Ver, Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905), edición crítica y traducción de Francisco Gil Villegas, Fondo de Cultura Económica, México, 2011. Hay que considerar, desde un punto de vista empírico, que una Italia perfectamente católica tuvo un desarrollo capitalista notable en los siglos XIV y XV, y que los territorios alemanes, perfectamente protestantes, se arrastraron en el atraso y la ineficacia feudal durante los siglos XVI, XVII y XVIII. De la misma manera, los anglicanos ingleses, casi idénticos a los católicos, llegaron a ser una potencia capitalista en los siglos XVIII y XIX, mientras que sus parientes ingleses más próximos, los puritanos del tipo que caracteriza Weber, sufrieron más de dos siglos de penurias (1600 -1840) en Estados Unidos, antes de alcanzar grados de industrialización parecidos.
  32. En esta situación, todavía unilateral, se puede ver que también baja la tasa de explotación. Esto se debe a que ha mantenido el nivel tecnológico (el costo en capital constante), es decir, el nivel de productividad. En el cuadro siguiente la situación de conjunto se hace más realista.
  33. Recordemos aquí que la inversión en capital constante no sólo es lo que se gasta en máquinas y herramientas, sino también lo que se gasta en materias primas.
  34. Ver, al respecto, Las venas abiertas de América Latina (1979), de Eduardo Galeano, Siglo XXI, México, 1980. Se trata de un dramático relato de los principales escenarios y épocas del saqueo, y de las complicidades que los hicieron posibles.
  35. Incluso John Locke, reputado como el gran apóstol de la tolerancia burguesa y precursor de los derechos humanos, a la hora de redactar los Fundamentos para la Constitución de Carolina (1669), entonces una colonia inglesa, consideró que si un pueblo que se encuentra en “estado de naturaleza” se niega a vender sus tierra a otro que ya está en “estado de contrato civil”, puede ser tratado como enemigo, se le puede hacer la guerra y que, en tales condiciones, incluso pierde todos sus “derechos naturales” (derecho a la libertad, a conservar sus bienes, a proteger sus vidas). Sí, pierde incluso aquellos derechos que según este autor, han sido puestos en la naturaleza misma nada menos que por el propio Creador. Tales ideas se pueden encontrar también en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1689). Ver, al respecto, Franz Hinkelammert y Ulrich Duchrow, La vida o el capital. Alternativas a la dictadura global de la propiedad (2003). Editorial Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI), San José, Costa Rica
  36. Imagino, casi con orgullo, que hoy en día sería aplicable a mi teoría sobre el poder burocrático.
  37. La más mínima revisión de la trayectoria pomposa y grandilocuente de las Ciencias Sociales, desde mediados del siglo XIX hasta hoy muestra, exactamente al revés, que su aparatoso volumen textual está compuesto casi exclusivamente de teorías meramente descriptivas, con un escaso poder predictivo, con muy poca proyección histórica y casi nulo alcance global. Todo esto es tan aparatosamente notorio que ha llegado a ser considerado por muchos simplemente… como su método y propósito.
  38. Aunque en teoría política es obvio, es necesario indicar, debido a las particulares condiciones de nuestro país, que el liberalismo es una tradición muy distinta, en general, a la de su extremo, el neoliberalismo. En muchos sentidos el fundamentalismo neoliberal, representado por Friedrich von Hayek y Karl Popper, es una reacción que rompe y se contrapone con el horizonte utópico progresista que la burguesía sostuvo en su época revolucionaria.
  39. Ver al respecto John Kenneth Galbraith, The new industrial state (1967), Houghton Mifflin Co., Boston, 1967. También, Michael J. Sandel, What Money can’t buy (2012), Farrar, Straus and Girux, New York, 2012.
  40. Se podía empatar, como en Corea, o simplemente perder, como en Vietnam, o mejor, ganar de manera ostentosa y carísima, aprovechando la abrumadora superioridad de fuerzas, sin contrapeso real alguno, como en Afganistán o en Irak.
  41. Se trata del texto “Economic Possibilities for our Grandchildren” (1930). Se puede encontrar en la antología J.M. Keynes, Essays in Persuasion (1963), Norton & Co., New York, 1963, pág. 358-373. También en Internet: www.econ.yale.edu/smith/econ116a/keynes1.pdf
  42. Es importante notar que en este aumento relativo de la jornada laboral en los países centrales influyó, en las décadas que van desde 1940 a 1980, una progresiva derivación del subempleo y del desempleo absoluto a los países del tercer mundo. Esta tendencia ahora se ha revertido con la desindustrialización del Estados Unidos y Europa y la poderosa industrialización de nuevo tipo en China, India, Brasil y México.
  43. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en 2011, en Chile, la fuerza de trabajo total era 8.980.000 personas, de las cuales, 7.564.000 tenían empleo. De estos trabajadores 1.547.000, ¡el 20,5%!, trabajaban en el sector comercio, y sólo 842.000 (un 11,1%) en la manufactura. A esto hay que agregar 125.000 personas que trabajaron en servicios financieros, 497.000 en actividades inmobiliarias y de alquiler, 521.000 como asesoras del hogar, en total 1.143.000, ¡otro 15,1 %! Ver www.ine.cl.
  44. Hay que notar que en muchos países de habla castellana se usa el término “tercerizar” para la subcontratación del trabajo (en inglés, out sourcing), que en Chile se designa como “externalización”. Seguiré las opciones terminológicas que señalo en el texto porque me parecen más naturales y menos ambiguas.
  45. De acuerdo con la clasificación de la OIT, he reunido las cifras de la siguiente manera: 1° Agricultura, pesca, silvicultura (sector 1); 2° minería, manufactura, energía, construcción (sectores 2, 3, 4 y 5); 3° comercio, transportes, comunicaciones, financieros, servicios sociales y personales (sectores 6, 7, 8 y ).
  46. Es lo que se muestra de manera trágica en el alcoholismo, la desintegración familiar, la soledad, el empobrecimiento vital y cultural, en los sectores de trabajadores acomodados de los países más orgullosamente desarrollados como Suecia, Noruega, o en las capas medias en Inglaterra, Francia y Estados Unidos.
  47. En la época que va desde 1880 a 1980 la relación centro – periferia tiene una clara base geográfica, y esta se expresa en la formación de un “primer mundo” (los países capitalistas desarrollados), un “segundo mundo” (el área de países socialistas), y un “tercer mundo”, la periferia dependiente. Desde 1980 la relación centro – periferia sigue existiendo, pero ha perdido esa base geográfica. Hay centros funcionales, y móviles, en países que antes eran periféricos, y hay periferia (miseria, sobre explotación) instalada en el centro mismo de los países considerados centrales. De una relación geográfica se ha pasado más bien a una relación funcional: la desigualdad flagrante se mantiene.
  48. Este es un fenómeno que ha sido reiteradamente observado y descrito en la rapidísima propagación de las crisis financieras, que están sostenidas en sistemas de información que en algún sentido están “sobre conectados”.