Proposición de un Marxismo Hegeliano - Prólogo Segunda Edición - Texto

De Carlos Pérez Soto
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Prólogo Segunda Edición

¿Cómo pueden los marxistas contribuir al movimiento social en alza, a las luchas por la educación, por la salud, por recuperar nuestras riquezas básicas? Es obvio que, en tanto ciudadanos, podemos hacerlo sumándonos a sus múltiples manifestaciones, promoviendo organización y programa. Como trabajadores, pobladores, estudiantes; como discriminados de etnia y género. La cuestión, sin embargo, es cómo podemos aportar en tanto marxistas, recogiendo y proyectando aquello que tenga de valiosa la enorme y compleja herencia de la que somos portadores.


En principio, marxistas significa deudores de la obra de Carlos Marx. La realidad histórica y teórica, sin embargo, es mucho más compleja que esa asociación simple. Por un lado la obra de Marx contiene una voluntad política abierta, dispuesta a recrearse y adaptarse todo lo que sea necesario para llevar adelante lo que es su propósito manifiesto, la construcción del comunismo. Por otro lado, se han llamado a sí mismos marxistas a lo largo de más de un siglo innumerables movimientos políticos, bajo las realidades más diversas, y con todo tipo de consecuencias históricas. A nadie le cabe ninguna duda ya que muchos de esos resultados están muy lejos de lo que es posible atribuir a la voluntad histórica que Marx pretendió encarnar.


Los marxistas no sólo están en el movimiento social en virtud de su voluntad radical y sus desarrollos conceptuales. Están allí también, de manera inevitable, por su historia, llena de luces y sombras. Esto hace que la pregunta por su eventual aporte sea más compleja, menos inocente que, por decir algo, la pregunta por el aporte de los nuevos movimientos, movidos por las nuevas maneras de enfrentar las viejas y nuevas miserias del mundo de la opresión.


Ante esa complejidad, muchas veces, he propuesto un corte simple, drástico y claro: para los que luchan, el futuro es mucho más importante que el pasado. Los revolucionarios no deben tener pasado, no estamos aquí porque seamos esperados, o porque seamos herederos de algo. Estamos en lucha por la injusticia, por la explotación, por la violencia institucionalizada. Sólo cuando hayamos triunfado podremos contar, entre nuestras glorias y trofeos, con el derecho de construir un pasado. La tarea de la voluntad revolucionaria es vencer, terminar con la lucha de clases. En esa tarea el pasado puede ser una bandera, pero no debe convertirse en un peso. Es ahora, pensando en el futuro, que la voluntad puede encontrar sus caminos.


Invariablemente, desde la lógica de la nostalgia y la derrota, se me ha objetado que los pueblos no pueden vivir sin historia. Que el pasado debe servirnos para aprender lecciones y trazar caminos. Estoy completamente de acuerdo con la primera afirmación: forma parte de la identidad de un pueblo tener, y esgrimir como bandera, una historia, la que ha construido luchando. Difiero, en cambio, de manera sustantiva, de la segunda: las condiciones económicas y sociales en que se desenvuelve el régimen de explotación imperante, en el siglo XXI, son sustantivamente distintas a las que enfrentaron los marxistas del siglo XX. No se puede oponer una concepción política pensada para la explotación fordista a las formas de explotación y dominio de la sociedad postfordista. La burguesía ha hecho su tarea, la burocracia altamente tecnológica también. Han transformado sus medios de dominación y las formas concretas de la explotación de una manera revolucionaria. Los marxistas no hemos asimilado esos cambios de manera suficiente. La burguesía y la burocracia han tenido, respecto de sus objetivos de clase, empujadas por sus propias dinámicas internas, una actitud y una flexibilidad revolucionaria que nosotros, que nos envanecemos de serlo mientras en realidad no logramos salir de la bancarrota de la Tercera Internacional, no hemos logrado alcanzar.


Las “lecciones del pasado” no son muy útiles ante una realidad dramáticamente distinta. Y su inutilidad se manifiesta en que, cuando tratamos de precisarlas, no logran pasar del nivel genérico y abstracto de la moraleja. Y se manifiesta también en el rasgo ya centenario, arraigado y perverso, de que los marxistas nos hayamos acostumbrado a discutir mucho más con la izquierda que con la derecha. Nos hemos acostumbrado a poner mucho más entusiasmo, y encono, en discutir precedentes, situaciones históricas pasadas de las que pretendemos extraer analogías o, peor, meros textos, que se suponen mágicamente “clásicos”, en lugar de mirar la realidad directamente y pensar, desde ella, cómo se construyen los caminos del futuro.


Los marxistas podemos aportar al movimiento social de manera creativa y consciente si logramos salir de la rutina de la “autocrítica” machacona, que sólo encuentra defectos entre nosotros y se extasía en las virtudes del enemigo. Si salimos de la rutina del recuento, de la nostalgia, de la moraleja sobre los tiempos idos. Si dejamos de vanagloriarnos de los triunfos pasados, siempre acompañados de las correspondientes derrotas, y empezamos a pensar más sobre los deberes presentes. Si dejamos de reproducir y comentar textos escritos para otras situaciones históricas y empezamos a producir los textos y las acciones que son necesarias para esta.


Pero no sólo romper con todo el pasado que va desde Engels hasta las miserias del postaltusserianismo (por mucho que mantengamos las banderas construidas entonces, como eso, como banderas). No sólo romper con la miseria que fueron las dictaduras burocráticas que modernizaron países bajo el nombre de “socialistas” sólo para terminar ahogadas bajo la lógica más clásicamente capitalista. Sino también posicionarnos en medio de un movimiento social extraordinariamente amplio y diverso, que nos excede muy ampliamente.


Es necesario asumir que los marxistas no somos los únicos progresistas, no somos toda la izquierda, no somos los únicos revolucionarios. Nunca lo hemos sido. Asumir que la enojosa e inútil querella acerca de quiénes serían los mejores izquierdistas o los mejores revolucionarios sólo ha producido, durante más de cien años, la permanente tragedia de izquierdistas y revolucionarios luchando grotescamente entre sí, para regocijo del enemigo. Asumir que el marxismo, como una más entre las muchas formas de la voluntad revolucionaria, tiene algo que aportar a un movimiento que sólo puede pertenecer al conjunto del pueblo, sin más credenciales que la verosimilitud de sus razones y la eficacia de sus iniciativas políticas.


Lo que los marxistas pueden aportar de manera específica, junto a su voluntad y esfuerzo político práctico, es una elaboración doctrinaria. Una teoría sobre aspectos importantes, o incluso cruciales, de la realidad. Una construcción argumental que puede organizar las razones y vertebrar el discurso de las iniciativas políticas concretas que se propongan un horizonte estratégico. Puede aportar un fundamento racional a lo que la voluntad ya sabe a través de sus indignaciones, a lo que la voluntad ya tiene en su potencia creativa.


Lo que el marxismo puede aportar deriva de manera directa de los escritos de Carlos Marx: su crítica del capitalismo, su idea de la lucha de clases, su concepción de la historia. No se trata de una teoría general, que abarque todos los aspectos de la realidad. Tampoco se trata de una doctrina que sólo cabe aplicar, como si su verdad concreta estuviese decidida ya desde la pluma de Marx. Se trata de ideas fundantes, que en el campo empírico pueden ser contrastadas exitosamente hasta el día de hoy, como lo muestra la crisis económica global, y en el orden de los principios constituyen opciones plenamente válidas para el análisis social y las perspectivas políticas de tipo estratégico.


Lo que se puede desarrollar como aporte marxista hoy es la plena extensión de esos fundamentos y principios a la realidad imperante, considerando siempre como una buena parte de su fuerza las diferencias epistemológicas que distinguen tan profundamente la crítica de Marx de la deriva de las Ciencias Sociales hacia el marasmo de la reproducción académica, hacia el oficio de la legitimación del poder, hacia su progresiva burocratización.


Pero también, y es necesario considerarlo como un aspecto central, el marxismo puede aportar al movimiento social con la idea de que un horizonte comunista es posible, es decir, la idea motriz de que el contenido de la voluntad revolucionaria no es sino el fin de la lucha de clases, la construcción de un mundo en que la explotación y la opresión ya no sean necesarias. Derivado de su concepción de la historia, apoyado fuertemente en la realidad del desarrollo material alcanzado por la sociedad humana, el horizonte comunista aporta el gran espíritu común bajo el cual las múltiples luchas, plenas de diferencias locales y temporales, pueden aunarse en una gran red de opositores que, en buenas cuentas, lo que piden no es sino que los seres humanos puedan gozar por fin de manera justa de las riquezas que han sido creadas socialmente, de la abundancia que ha sido creada por todos.


En la primera edición de este libro me interesó sobre todo mostrar que un fundamento filosófico distinto al que es habitual podría facilitar y potenciar una versión argumentativa y contemporánea del marxismo, más adecuada a la crítica de una sociedad altamente tecnológica. Exactamente al revés que en la marea de los múltiples kantismos que animan la progresiva burocratización de las Ciencias Sociales, propuse que una lectura de Marx hecha a través de un uso intensivo e instrumental de la lógica hegeliana podría mostrar las ventajas epistemológicas del análisis marxista respecto de las vertientes predominantes del análisis social, y fundar de mejor manera su carácter de crítica esencialmente, y antes que nada, política.


Me interesaba un marxismo argumentativo, en que se pudiera distinguir con cierta claridad entre premisas, desarrollos y consecuencias teóricas, un marxismo ajeno a los emplazamientos morales simples al interlocutor, en que se pueda distinguir con claridad la herramienta propiamente analítica de la propaganda, una diferencia que, empujados por la pobreza de la práctica, desgraciadamente se fue perdiendo progresivamente en la tradición, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX. Por eso organicé el conjunto de la argumentación desde sus premisas filosóficas, obteniendo de ellas las consecuencias que pudieran oficiar como premisas de los aspectos económicos, sociológicos e históricos. Primero una teoría general de la enajenación, desde allí una teoría general del valor, desde ella una teoría general de la explotación. Desde ese orden, la pretensión era luego presentar la explotación capitalista como un caso particular, y abrir la posibilidad de considerar a la dominación burocrática como una nueva vuelta en el ciclo histórico de las sociedades de clases.


Es un orden de premisas y consecuencias posible y coherente. Pero también producto de un momento político y social determinado. Lo que me importaba, por un lado, era la plena viabilidad y legitimidad del marxismo en el ámbito de la discusión académica. Por otro, el asunto crucial que me parecía, y aún me parece central, era elaborar herramientas que permitieran entender el altísimo grado de legitimación y hegemonía alcanzada por el pensamiento burgués tras la derrota del socialismo, y particularmente en nuestro país. La anomalía, absolutamente contingente, de la que surgieron la mayor parte de mis opciones era la enorme estabilidad política que había alcanzado Chile a lo largo de veinte años de administración de un modelo del que, paradójicamente, todos estaban de acuerdo en presentar como uno de los más violentamente explotadores y opresivos del mundo. Quería ir más allá de la explicación simple hasta lo simplón que achacaba todos los males de esta estabilidad política a “la dictadura”, a un supuesto temor histórico, de dimensiones casi sobrenaturales que los chilenos habrían adquirido tras los años del terror dictatorial.


Por un lado la abdicación casi completa y general de los intelectuales que coquetearon con el marxismo durante los años ochenta y noventa, que aparecían ahora uniforme y rutinariamente revestidos de las retóricas “postmodernas”, por otro lado la simplicidad populista de los intelectuales que criticaban esta estabilidad política a partir de fenómenos coyunturales, de manías consumistas, temores y traumas heredados, o buscaban negarla apostando de manera algo dramática al más mínimo asomo de protesta social, para diluirse y luego volver a entusiasmarse con el siguiente. Populismo, más de algún mesianismo algo evangélico en torno a los pobres o los marginados, falta de desarrollo teórico realmente profundo y, por lo mismo, realmente radical.


La crisis internacional, el agotamiento de las ilusiones sostenidas en el endeudamiento masivo, la parálisis de la pobreza política y la farándula electoralista entre dos grandes bloques que representaban lo mismo, la corrupción y la soberbia de los corruptos que entregaron el país al capital trasnacional, que gobernaron para la banca y para los grandes empresarios y aún tienen cara para decir que no tienen nada de qué autocriticarse, han abierto por fin un nuevo ciclo de luchas del pueblo chileno, y es necesario responder a ellas proponiendo, haciendo también la tarea particular, local, pero necesaria, como tantas otras, de la teoría.


Para este tiempo, para estas luchas, la parsimonia de la fundamentación filosófica ya no es suficiente, aunque siga siendo necesaria. Es necesario apuntar más directamente a las contradicciones que constituyen el centro de nuestras luchas. Es necesario poner una vez más como premisa esencial el movimiento político real, el de la voluntad de cambios, y poner la teoría al servicio, como un elemento más, de esa centralidad.


Mi tarea, como aficionado a la filosofía, es el orden de los fundamentos. Con mucho más elementos y claridad que la que pueda desplegar, los buenos economistas marxistas que tenemos en este país harán lo suyo, como lo han estado haciendo, en la penumbra del mundo académico cooptado por la Concertación, durante tantos años. Los sociólogos jóvenes, que quieran escapar al burocratismo y a las lógicas de la reproducción académica, harán lo suyo. Los trabajadores y jóvenes estudiantes en el ámbito de la salud, de la educación, del arte, se han puesto a producir saber y valiosos elementos de análisis, al calor del movimiento social, dándole una nueva vida a la tarea intelectual en Chile.


Es por esto, en este marco, que me ha parecido que esta segunda edición tiene que invertir el orden de las premisas, y desarrollar con más detalle los aspectos más políticos de la reformulación del marxismo que propongo. He vuelto a una intuición original, contenida en la lógica en que Marx desarrolló su labor teórica: desde el ámbito de “lo económico” hacia el ámbito de “lo social”, desde esas premisas sociales a la reconstrucción de una lógica histórica, teniendo presente esa reconstrucción histórica global una explicitación de las premisas filosóficas que dan cohesión y coherencia al conjunto. No creo que haya en esa secuencia argumental un contenido particularmente de fondo e ineludible. Me parece más bien una cuestión formal, que tiene que ver con el orden de la presentación, no esencialmente con el orden de la investigación o de la deducción teórica. Es por esto que relaciono este cambio, respecto del orden en que presenté la primera edición, más bien con las circunstancias políticas que rodean a ésta, más que a algún redescubrimiento de una lógica necesaria y única. Por supuesto, a los amantes de las formas les puede quedar grabada la inquietud acerca de qué tan necesario es un orden u otro. Mi impresión es que se trata de una discusión estéril, meramente formal. Bueno, quizás eso le augure un buen futuro entre nuestros científicos sociales habituales.


Cada cierto tiempo el pueblo chileno muestra que es perfectamente capaz de elevarse muy por encima de la rutina conservadora y fascistoide, centralista, arribista, dependiente en que lo ha mantenido sumergido un poder local mediocre, siempre dispuesto a usar el garrote con sus propios compatriotas y a la vez a entregar, graciosamente, nuestras riquezas y dignidades a explotadores extranjeros. Los estudiantes han iniciado, tras porfiados esfuerzos precedentes, uno de esos ciclos de dignidad y vida. Como en los años 82-86, como en el ciclo 68-73, como antes, en los primeros años del siglo XX. El desafío hoy es estar a la altura de esta nueva marcha, a la altura de Recabarren y Allende, de Víctor Jara y Manuel Guerrero. El desafío es ir más allá de la sistemática cooptación de los partidos populares por la farándula electoral y la complicidad con el mercado. El desafío es articular una izquierda múltiple, diversa, muy amplia, en que convivan las tradiciones de todos los que creen que un mundo distinto es posible. Los marxistas podemos contribuir a esa izquierda con lo que nos resulta mejor y nos es propio. Unos, entre muchos otros. “En la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”.


Santiago de Chile, Marzo de 2013.